Tapia

 

 

Nota del autor
O prólogo
O introducción...
O lo que sea

 

Cuando destinaron a mi padre al Departamento Naval de Cádiz, yo tenía nueve años, y ese es el primer viaje que recuerdo. Nunca había subido a un barco, y la travesía de Barcelona a la “tacita de plata”, que según las crónicas, duró 36 horas, no la olvidaré nunca.
Allí, asomando apenas la cabeza por la borda demasiado alta para mi estatura, empezó a gestarse que me encontrase, antes o después, con Tapia.
No sé si es fácil o no entenderlo, pero a mis nueve años, aquél día y medio de mar a mi alrededor, mañana, tarde y noche, me afectó profundamente. Y me descubrió, como algo por completo novedoso y sorprendente, que la belleza puede llegar a introducirse tan profundamente en nuestro interior que no sea posible a nuestro cuerpo contener todo aquello que nos hincha el pecho, sin compartirlo con alguien, so pena de experimentar un sordo dolor en la zona afectada.
Después de mis primeras veinticuatro horas de paseos solitarios por cubierta, con la vista ya rendida y los sentimientos conturbados por esa mezcla de soledad, melancolía, hermosura y dolor, decidí que necesitaba a alguien conmigo, al menos hasta que llegásemos al puerto de Cádiz.

Me inventé una amiga de, más o menos, mi edad; desde el mismo momento en que la sentí apoyada a mi lado en la proa, mi angustia disminuyó hasta aquietarse por completo, dejando paso a una maravillosa sensación de felicidad, que ya no me abandonó en todo el viaje.

No tardé, sin embargo, en percatarme de que aquella fantástica compañía que había conseguido no era igualmente útil para toda clase de funciones; el hecho de tenerla al lado, rodeados ambos de belleza y de música, me producía, ya lo he dicho, un notable bienestar. Pero, al principio al menos, a eso se reducía todo. No servía para nada más. Me refiero a que todos mis intentos de comunicarme con ella caían en saco roto, puesto que ni parecía oír lo que le decía ni, por supuesto, me contestaba a nada que se me ocurriera comentarle. Un día se me presentó la convicción de que debía ser sordomuda, sorda como una tapia. Y así le llamé desde entonces. Tapia.

* * * * * * * * * * * * * * * *

Cádiz es como una mujer de cuya belleza parece darse cuenta todo el mundo, menos ella misma. No se cuida, no se engalana, se muestra casi indiferente respecto a su propio aspecto y nunca llega a comprender, si es que las capta, las miradas de admiración de los demás. Vive tranquila y nada más parece interesarle. La idea de llegar a poseerla es, en sí misma, absurda.
Allí empezó mi vida escolar. En aquella época empezar el bachillerato elemental era traspasar una puerta nueva y definitiva en la infancia; lo anterior no habían sido sino prolegómenos.
Allí conocí al “Nani”, al “Piti”, a Anamari, al “Keo”...
Allí descubrí, maravillado y sorprendido, en el colegio, que las palabras no servían solamente para usarlas. Que podía, en ellas, encontrarse encerrada la belleza y que también para bucear en esa belleza se nos habían dado las palabras.
Y allí estaba el mar. Dios mío, el mar. Aquella larguísima (infinita, para mis diez años) playa de mareas anchas, de arena plana, acariciada cada pocas horas por la espuma que luego se retiraba para dejar libre nuestro paseo diario a Tapia y a mí.
Rocas bajas que se introducían desde la playa hacia el mar, como un malecón irregular e interminable, estrecho y oculto a pedazos por el agua. Pescadores de caña, de los cuales solamente se podía casi adivinar la figura en la distancia, formando parte del paisaje.
Yo ignoré desde casi el primer día el autobús para ir al colegio; pasaba de largo ante la parada, aún vacía de gente, y continuaba hasta llegar al borde del mar, para, una hora antes de que empezasen las clases, agarrar la mano de Tapia y dejar que mis piernas me llevasen lentamente hacia mi destino matinal, mientras mis ojos se llenaban de mar y mis oídos de música, mis pulmones de aire fresco y mi olfato del olor de las algas marinas.
Anamari Benavente fue, por aquellos días, la persona que me hizo comprender porqué Tapia era una chica y no un chico. El “Nani” y el “Piti” son los principales responsables, sin duda alguna, de que desde entonces mi vida no haya tenido nunca sentido alguno sin los amigos, sin mi amigo.

Y Tapia, todo el tiempo. No tardé en ir descubriendo que, si bien su principal función continuaba siendo atemperar el dolor de la belleza en mi pecho, sabía también conseguir otros resultados interesantes. Por ejemplo, acudía sin que yo notara haberla llamado cuando la monotonía de un domingo de lluvia hacía aconsejable pegarle un silbo. Entonces, sin decir una palabra, se sentaba a mi lado a mirar llover. Nunca conseguí que hablase... pero pienso que tampoco lo noté a faltar demasiado. Ella sabía siempre lo que yo estaba pensando, como me encontraba yo en cada momento. De eso no me cupo duda nunca.

Estuvimos viviendo en Cádiz durante cuatro años. Cuando mi padre nos comunicó que nos íbamos a Madrid, la idea de dejar de ver, quizá para siempre, a mis dos amigos del alma y también a Anamari, obligó a una reunión de urgencia con ellos y con Tapia. Yo tenía entonces trece años, ya. Me consideraba bastante mayor, y no estaba para perder el tiempo en tonterías ni dejar nada al azar.

“Ezo, no ze pué zabé, quiya” sentenció el “Nani” cuando Anamari, su hermana, lacónica y triste, aseguró que nunca más íbamos a volver a vernos. El Piti evitaba hablar; siempre fue un chulillo y un pragmático, y sabía que, callado, le resultaría más fácil evitar un sollozo: es muy difícil apretar los dientes mientras uno habla, y yo podía ver sus mandíbulas a través de la piel. Por mi parte, yo estrechaba fuertemente la mano de Tapia y ella me ayudaba, entendiendo mi demanda, a evitar la mirada de Anamari.

“Vozotro zos quedai lo tré hunto, pisha....er que ze va, ma zolo que la una a eze madrí de mierda, zoy yo”dije. Anamari, entonces, miró a Tapia, me miró a los ojos, y yo no pude eludir su mirada, esta vez. Para mi asombro, Tapia se había separado de mi lado y, colocada detrás de Anamari, la abrazaba por la cintura y por el cuello, apoyando su cabeza junto a la de Anamari, que seguía mirándome con aquellos ojos azules, inmensos, tranquilos, directos. Nunca antes se me había ocurrido que Tapia pudiera tener otra razón de ser que estar junto a mí. En aquél momento estuve a punto de pedirle que se quedara con Anamari. Pero, antes de que hubiera tiempo para otra cosa, Anamari, sin dejar de mirarme, dio dos palmaditas en el brazo que abrazaba su cintura, lo separó suavemente de ella, y, siguiendo su petición, Tapia volvió junto a mí.

* * * * * * * * * * * * * * * *

En Madrid, me puse enfermo, y los médicos le dijeron a mis padres que me quedaban pocos meses de vida.
La reválida de cuarto curso había puesto punto y final a mi etapa de bachillerato elemental. Esa reválida era el obstáculo, el único verdaderamente difícil, para salir ya definitivamente del mundo de los pequeños, en el colegio, y pasar a formar parte del de los mayores, los del Bachillerato Superior. Consciente mi padre de la dificultad objetiva de la prueba (eran mayoría las reválidas que quedaban pendientes para septiembre, y, a menudo, para el curso siguiente...) y consciente también de cuál era el premio de los premios que me podía ofrecer, me prometió que, si aprobaba el primer intento, me iría a pasar el verano a Mallorca, con mis tíos que vivían en Palma.
Cuando, por la ventana de mi dormitorio, vi correr hacia mi casa como alma que lleva el diablo a mi amigo Carlos, vi en sus saltos y en su ansiedad por llegar, por haber llegado ya, que yo había aprobado la reválida a la primera. Lo vi por la ventana de mi cuarto... desde la cama. De la cual me había dejado entrever el médico que tardaría meses en poderme levantar.”Tendrás que tener paciencia, hijo”, esas fueron sus palabras y el alma me cayó a los pies.
Mi padre se apresuró en asegurarme, cuando Carlos nos dio la noticia (pobre papá), que el premio me lo había ganado y que iría a Mallorca en cuanto estuviera bien y el médico lo permitiera. Después, años después, he sabido que ese día, ellos, mis padres, ya tenían veredicto de desahucio por parte del médico.

Pasé un año entero en la cama, solamente me levantaba para ir al baño.

Leí montañas, auténticas montañas de libros, durante ese año. Escuchaba música horas y horas, me adormilaba durante el día, de puro aburrimiento; y por la noche, cuando todos en casa dormían, yo leía y leía, dibujaba y escuchaba música bajito, y cuando ya no podía más, Tapia lo notaba, y venía. Se sentaba en el borde de la cama, me cogía de la mano y me miraba a los ojos, sin decir nada. Antes incluso de cerrar yo los míos, ya pasaban ante mí las imágenes del mar de mis nueve años, la playa de Cádiz y mis paseos por la arena con Anamari; aquellas dos gaviotas en la popa del barco, siguiéndonos durante horas, acercando su vuelo a veces hasta tal punto que casi bastaba estirar el brazo para tocarlas. Su vuelo, de apenas movimiento alguno perceptible. Indefectiblemente mis ojos se cerraban, para ver mejor, Tapia acariciaba mi mano, y yo me dormía feliz.

Mi madre se negó, desde el primer día, a aceptar el veredicto. Durante los dos primeros meses su comportamiento y el de mi padre no mostraban diferencias perceptibles, pero cuando las vacaciones de verano empezaron su último tercio y mis hermanos iniciaron ya sus matriculaciones para el siguiente curso escolar, mi madre me dijo que me matricularía en el primer curso del bachillerato superior, que yo tenía mucho tiempo para estudiar en casa, que vendría un profesor si es que ello me hacia falta, y que me examinaría para no perder curso. Yo no tenía malditas las ganas de matricularme, y así se lo dije. Mi argumento era sencillo: si yo no podía disfrutar la parte deseable de los chicos de mi edad, porqué tenía que tragarme la indeseable...?
Ella contestó, impertérrita, que nadie tenía la culpa de que yo estuviera enfermo, pero que ella, mi padre y yo tendríamos siempre la culpa de que yo perdiera un curso, si eso era lo que decidíamos. Y que ella había tomado ya su decisión.
Jamás hubiera imaginado una actitud tan ruda, obstinada, intolerante y “militar” en mi madre. Todos en casa estábamos acostumbrados a lo contrario. Mi padre era el recto (rectilíneo), el representante de la disciplina y sus convicciones irrefutables, el que sabía lo que estaba bien y lo que estaba mal, sin que jamás ello pudiera ser cuestionado. Mi madre hacía de puente (lo intentaba, más bien) entre él y sus hijos; puente suave y amable entre dos orillas a veces demasiado alejadas la una de la otra como para que a veces, inevitablemente, la pereza a intentar cruzar el puente se hiciera invencible, y mi madre lo sabía, lo comprendía y vivía para facilitar el paso de una a otra orilla.
Mi asombro llegó a sus límites, cuando al sacar el tema, llegado mi padre de su despacho, él se puso de mi lado.
“Así están las cosas, pensé, los papeles se han cambiado. El que manda en casa es papá, lo tengo fácil”. Y sonreí para mis adentros.
Yo no sabía entonces, por supuesto, que los médicos no me daban ya más de un mes o dos de vida.
Esa noche, cuando me levanté para ir al baño a una hora en que habitualmente todo el mundo en la casa dormía desde horas antes, al pasar junto al cuarto de mis padres, oí que hablaban con la luz apagada. Sorprendido por lo anómalo de la situación (eran las dos o las tres de la madrugada y mis padres se levantaban pronto por la mañana) me detuve un momento, preguntándome qué podía ocurrir.
Oí claramente la voz de mi padre diciendo”: Mujer, ¿no es mejor dejarle que viva lo más feliz posible el tiempo que le queda? ¿Porqué esa terquedad?”. Mi madre sólo dijo: “Manolo no se morirá”
Atónito, me quedé unos segundos quieto en el pasillo. Del cuarto de mis padres llegaban sollozos entrecortados y mal contenidos, de ambos. Salí precipitadamente hacia mi cuarto y llamé a Tapia a gritos, sin emplear la voz, con desesperación.
Esa noche Tapia hizo dos cosas que nunca antes había hecho: me besó... y me habló
Besó mis lágrimas, que se deslizaban por un rostro, sin embargo, tranquilo y aquietado desde que ella llegó. Acarició mis sienes y mi pelo, largo rato, mientras esperaba con paciencia que determinadas imágenes se presentaran ante mí. Y cuando, con ellas, yo recuperé totalmente la paz, Tapia habló por primera vez. Dijo:” No es importante si estudias o no. Pero es importante que sepas que tu madre tiene razón, no vas a morir, todavía no” Sonrió y yo, que ya conocía su sonrisa y acababa de conocer su voz, llamé entonces con urgencia al sueño para dormirme justo en ese momento, con ese sonido en mis oídos y esa imagen en mi mente.

Al día siguiente les dije a mis padres que me quería matricular, que quería estudiar el curso y que al terminarlo seguiría estudiando hasta conseguir ser aviador, que ese era el sueño de toda mi vida.

Tapia me volvió a sonreír, un poco más tarde...

* * * * * * * * * * * *

En Madrid hice los dos cursos de Bachillerato Superior en mi casa. Una vez al año, el médico permitía que me sacaran a la calle, exageradamente abrigado, con un coche esperándome a la puerta, la piel de mi cara blanca como el papel y un montón de críos morenos como gitanos, mis compañeros de antes de la enfermedad, mirándome salir del coche.

Luego nos vinimos a Mallorca, ¡¡ al fin ¡!. Toda la familia estalló de alegría, cuando mis padres nos confirmaron, con una sonrisa de palmo, que por fin volvíamos a Palma.

Volví a ver el mar... y dejé de ver a Tapia.

Estaba tan excitado de haber vuelto a casa, a mi país pequeño después de tantos años, que tardé un tiempo en advertir la ausencia de Tapia. Se avecinaba el momento de escoger carrera, no sólo tenía la sensación de empezar una etapa nueva y definitiva de mi vida por ese hecho; ello sucedía además justo de vuelta al lugar donde yo quería vivir toda mi vida, y el médico, al venirnos para acá le había dicho a mis padres que nunca entendería la evolución de mi enfermedad, pero que podían considerarme de alta a la normalidad... eso sí, matizó, debería llevar una vida sedentaria y escoger una profesión adecuada: nada de aviador ni de marino.

En Mallorca, Tapia desapareció. Alguna vez la noté a faltar, pero, con el tiempo, decidí que aquello eran historias de mi niñez, y que las personas mayores no necesitan esas fantasías. Las secuelas de mi enfermedad desaparecían a pasos agigantados, yo me encontraba avanzando con mucha rapidez en mis sensaciones de autosuficiencia y libertad, independencia y facultades personales. Y... la vida tenía una deuda pendiente conmigo, yo debía recuperar todo lo no vivido en los cuatro años anteriores.

Comencé mis estudios de abogacía con cierta indiferencia. Las materias me resultaban fáciles, algunas de ellas muy interesantes, y a mí me gustaba estudiar, de modo que no me resultó nada difícil progresar en mis estudios mientras dedicaba la mayor parte del tiempo a disfrutar intensamente de mi nueva situación.

Hice muy buenos amigos, en aquella época, amigos que todavía permanecen en mi vida después de mas de treinta años. Empecé a saborear esa particular impresión que producen en la auto-estima las relaciones bilaterales (más que en grupo) con una persona del sexo opuesto. Sentirte atraído de una forma diferente, y sentir que esa atracción es también distinta para la otra persona.

Me casé antes de terminar mis estudios, con la previsible oposición de mis mayores, pero especialmente de mi suegro. Me convertí, cada vez más, en un luchador, en un defensor incansable de mi independencia y mi autodeterminación respecto a cualquier autoridad impuesta, que rechazaba con cada vez mayor convicción y seguridad. Si quería trabajo para ganarme el sustento, lo encontraba sin mayor dificultad. Si quería organizar mi vida en pareja con alguien, nadie me lo podía impedir ni limitar. Además tengo que decir que me casé con una mujer que, no solo estaba realmente enamorada de mí, sino que en su personal forma de ser no se encontraba precisamente la habilidad, ni la intención, de disimular sus sentimientos.

Tapia no estaba... porque no tenía ya ninguna razón de existir. Sin tener yo la más mínima idea de cómo había empezado, ni cuando ni porqué el proceso, mi corazón se endureció. La belleza estaba a mi alrededor, yo recuerdo largas horas de estar sentado frente al mar, la máxima representación de la belleza en toda mi vida, y haber experimentado intensas emociones en su contemplación. Pero el dolor por la necesidad imperiosa de compartir, de encontrar una válvula de escape a mis emociones con la presencia de otra persona, ya no aparecía. Josefina estaba conmigo, Tapia era un hermoso recuerdo de unos años en que la necesité, pero nada más. El vuelo de las gaviotas, los niños pequeños, el silencio en las noches de verano, la figura encorvada pero irreductible de mi abuela preparando el café por las mañanas, ese movimiento especial, estéticamente indescriptible, de dejadez y abandono en el cuerpo de mi cuñada cada vez que abrazaba a mi hermano, los olores inconfundibles del horno vecino a primera hora, la luz del atardecer en mis frecuentes excursiones a la montaña, los ojos de mi madre cuando se abrían en expresión de sorpresa.
La belleza estaba a mi alrededor, pero Tapia se evaporó.

Un día mi mujer y yo decidimos irnos a vivir al campo, en medio de la naturaleza.
Dejábamos amigos muy entrañables en la capital, pero ambos éramos jóvenes, no nos daba ninguna pereza la carretera y estábamos seguros de que seguiríamos frecuentándonos con la misma asiduidad, al menos, que antes de esa decisión. Sin que los médicos encontraran la explicación, y a pesar de nuestras enormes ganas de tener hijos, éstos no llegaban. Nuestra libertad de movimientos, en este aspecto, era total.
Pasaron dos años. Aprendí a sembrar árboles y verlos crecer, a seguir el ritmo de la naturaleza y adaptar el mío personal a una mayor lentitud y serenidad. En mi trabajo yo continuaba siendo un luchador nato, y eso aumentaba mi sensación de influencia sobre mis compañeros, de capacidad para arrastrarlos a un terreno de ideas y teorías en el que me sentía especialmente cómodo y suficiente. En mis tardes de bucólica tranquilidad y apacible comunión con la naturaleza, yo era casi feliz por completo.

Casi. La ausencia de algo apenas perceptible pero que nunca conseguí obviar por completo me producía, en momentos esporádicos, un profundo desasosiego que no podía explicarme. Y continuó en aumento, cada vez más, la frecuencia y la intensidad de esos momentos. Eterno insatisfecho. Un velo de tristeza permanente en la mirada. Mi mujer y mis amigos, que tan bien me conocían, empezaron a generar frases. Capacidad de palabra... y capacidad para dañar con la palabra. Claridad de ideas... y sumisión de la humanidad en mi trato con los demás al reino de los ideales. Inteligencia notable... y excesiva preeminencia de la razón sobre los sentimientos. Soltura y precisión en el manejo de los argumentos lógicos... y abandono radical de la comprensión ante las debilidades humanas. Cosas así, en fin.

Empecé a encontrarme francamente mal. Yo sabía perfectamente que ellos estaban poniendo el dedo en la llaga, y sabía que su amor por mí era, como mínimo, tan profundo y sincero como el mío por ellos.
Siempre he sabido que sin mis amigos yo no era nadie, y en aquella época ese sentimiento se consolidó para siempre. Moriré pensando lo mismo.

Le expliqué a mi mujer que necesitaba irme a estar solo, y ella estuvo inmediatamente de acuerdo, me abrazó y subí a un barco que me llevase lejos.

* * * * * * * * * * * * *


Teníamos un grupo de amigos navarros que habían venido no hacía mucho a Mallorca, y con los que habíamos conectado con muchísima facilidad. Uno de ellos me ofreció la llave de una cabaña en la Sierra de Urbasa, y hacia allí marché. Había embarcado mi coche y me dirigí a Pamplona, donde me encontré a Reyes y Pilar que me esperaban con la llave de la cabaña.
Para entonces yo ya sabía que iba a hacer es esa cabaña, y estaba asustado. Hablé de ello durante la cena en Pamplona con mis amigas. Las dos se confesaron tan asustadas como yo; pero Pilar, la más extrovertida de ellas, añadió que ella no estaba en disposición, por circunstancias personales, de prestar colaboración alguna. Reyes se ofreció a subir a la cabaña una o dos veces por semana, para traerme alimentos (galletas y queso) durante los quince días que yo iba a estar allí.

Allí arriba se produjo un lento, obstinado y voluntario “suicidio”.
En mi afán devorador de lectura, yo había leído abundantemente a Herman Hesse, Rabindranath Tagore, Alan Watts, Kalil Gibran, Krishnamurti...
Y llevaba mi propia idea preconcebida. Porque el riesgo de teorización que suponía mi enfrentamiento de situaciones personales a partir de la lectura de letra escrita, mis amigos se habían encargado de desvanecerlo con la colaboración a que he aludido antes. Todo coincidía, y yo quería saber quien demonios era yo. O si realmente era alguien. O qué.

Me encerré en la cabaña, observé atentamente con los ojos cerrados, y finalmente vi una esfera. Estaba formada por sucesivas capas superpuestas y entrelazadas de material flexible y fácilmente desplazable, a la manera de una cebolla.

El suicidio consistía en ir levantado las capas de la esfera, irlas quitando de en medio para saber qué había en el centro, si es que había algo; yo no sabía, realmente, si había nada, y la idea de que en algún momento tendría que levantar la última capa o detenerme me llenaba de un pánico casi irracional.
Cuando llegó Reyes yo no sabia cuanto tiempo llevaba allí; me encontró sencillamente aterrorizado. Ella quiso saber, y a medida que fui hablando, me tranquilicé.
“ No puedo estar contigo- le dije- porque soy Manolo el autosuficiente, y tú eres Reyes, la ecologista. Están hablando un autosuficiente con una ecologista, no TU y YO. Si me decido a separar mi autosuficiencia y tú quitas de entre tú y yo tu ecologismo, podremos encontrarnos conectando a Manolo el mallorquín con Reyes la navarra, y el asunto continuará igual. Solventado eso, seguramente seremos Manolo el razonador y Reyes la sincera. Quiero terminar con eso. Cuando comprenda que, eliminadas todas las capas, todas las etiquetas, no soy ni independiente, ni lógico, ni razonable, ni agresivo, ni pacífico, ni nada de nada de lo que nos denominamos para intentar conocernos... ¿qué queda?, ¿queda algo?. Si hay algo ahí dentro, eliminada toda la parafernalia de etiquetas, eso soy yo, y eso eres tu. Sospecho que ver eso es ver que todas las personas son iguales, necesitan realmente lo mismo y quieren realmente lo mismo. La conexión, entonces, entre las personas es instantánea y total. Y desaparece la competitividad, la lucha por la propia imagen, la separación, el distanciamiento, la aversión y la intolerancia por razones estúpidas y ficticias entre las personas. Si lo que hay es lo que pienso que hay, ahí está el Amor. Y eso es lo que somos. Pero eso puede ser solamente una idea literaria, una ficción fantasiosa, un engaño romántico y absurdo. No tengo otra forma de saberlo que seguir con mi locura hasta el final. Tengo miedo”
Reyes es la persona que más se ha acercado nunca a desempeñar una función que pueda recordarme a Tapia.
¿Porqué no estaba Tapia en la cabaña?¿porqué no la llamaba yo, siquiera?...


· * * * * * * * * * * * * *

Renuncio, voluntaria y conscientemente, a explicar lo que sucedió allí dentro, porque no soy capaz de hacerlo de forma comprensible a través de la palabra.
Pero cuando volví a Mallorca, Reyes y la Sierra de Urbasa quedaron ya como un hito único y definitivo en la evolución de toda esta historia. Jamás olvidaré aquellos días y lo que allí viví.
Llegué a mi tierra en un estado de euforia, optimismo pletórico y eclosión de una vida nueva por completo tales, que en pocos días todos nosotros, los que ya antes éramos una piña, nos decidimos a alquilar una casa lo bastante grande para acogernos, todos juntos en la misma vivienda a las nueve, entre adultos y criaturas.
Allí vivimos durante algo más de un año. Aquella casa se convirtió en un lugar por el que continuamente estaba pasando gente que venían a investigar qué era lo que estábamos haciendo, cuál era la idea, como nos organizábamos, cuales eran los objetivos... Gente de Mallorca, pero también de Navarra y de Madrid, amigos que hablaban con amigos, venían a pasar unos días, a veces unas semanas, en alguna ocasión todo el verano. La curiosidad se convertía en entusiasmo, y éste generaba nuevos eslabones en la cadena. Aparecieron, entre muchos otros, Juan Carlos (que terminó quedando a vivir con nosotros) y Julio; Maria José y Javier, Canito y Macamen, Manolo Caramé y Jackie, Pepe el alucinado y Tomeu, Gelitos y Mª Luisa, Jesús Mari y Reyes, Arantxa y Pilar, Iñaqui y Benjamín...Con la mayoría de ellos se iniciaron unas relaciones con los que vivíamos allí que ya nunca se ha truncado.

Yo estaba feliz... pero Tapia no aparecía.

(Mejor así. Yo estaba feliz y pletórico, pero ahora comprendo que no estaba aún preparado para asumir determinadas realidades que ahora conozco y que, en aquellos tiempos, de haberse presentado en toda su increíble maravilla, me habrían provocado un bloqueo mental tan definitivo que seguramente habría perdido la razón)





O O O O O O O O O O O O






TAPIA
(historia de un milagro real)




Capítulo I

Mariam abrió los ojos a la luz a bordo de un buque de la transmediterránea que viajaba de Barcelona a Cádiz, una mañana del mes de marzo de 1954. Se encontró, algo sorprendida, junto a un niño de su misma edad, de ojos azules y expresión angustiada que miraba hacia el mar, al borde del barco.

“Hola-le dijo- adonde va este barco?”. El niño no contestó. Se quedó mirándola fijamente sin dar muestras de haberla oído. Mariam hizo otro intento: “¿Cómo te llamas-preguntó- porqué estamos aquí?”.
En vista de que sus tentativas resultaban inútiles, giró la vista en la dirección en que el niño miraba cuando ella llegó, y el corazón se le encogió de repente. Una música mágica y profunda llegaba a sus oídos procedente de las olas al resbalar por el navío. Las nubes bailaban al son de esa melodía, y los rayos del sol, a través de ese movimiento, enviaban rayos de luz que parecían tintinear alegremente sobre la superficie del mar. Instintivamente, cogió la mano del niño.
Mariam desvió un segundo la vista hacia él y observó que su expresión había cambiado radicalmente, pasando de aquella angustia mal contenida del principio a una apariencia de paz y felicidad ilimitadas.
En ese mismo momento, Mariam averiguó dos cosas importantes: ella estaba allí por causa de ese niño. Y, además, ese niño pertenecía a un mundo extraño y fantasioso, distinto del suyo propio, y esa era la explicación de que él no pudiera oír sus preguntas ni tampoco hablar con ella.
“Pero porqué estoy yo aquí”, se preguntó Mariam.
Más adelante, la niña fue descubriendo que en el buque había muchas otras personas similares al niño, pero más extrañas aún para ella, puesto que ni siquiera parecían verla, tampoco. Su certeza de que la razón por la cual ella había llegado a tan extraño lugar era el niño, se intensificó. Además, por instinto, el niño le caía bien, le resultaba lejanamente conocido, como si le recordase algo o a alguien, y ese sentimiento le gustaba. Se quedó con él, en espera de que alguna señal, de las que tan oportunas resultaban en su mundo, llegase para saber qué era lo que debía hacer.

Mariam tenia solo nueve años, entonces. Los acontecimientos que al principio la asustaban, por tanto, terminaron divirtiéndola. Así, la brusca retirada con que las primeras veces intentaba eludir un encontronazo con todas aquellas personas que, sin verla, pasaban literalmente por encima de ella, vino a ser sustituida por pases de baile y saltos artísticos cuando el choque se acercaba inevitable. Aquella extraña gente y ella se “traspasaban”, parecía como si la composición de los habitantes de aquel mundo fuera gaseosa, inmaterial.

Un día, cuando ya el barco había tomado tierra y Mariam se encontraba paseando por la playa junto a su amigo, ocurrió algo que advirtió a la niña de los curiosos poderes que su particular situación le concedían en aquel mundo extraño. La marea, en una de sus bajadas tan típicas y repentinas, había dejado embarrancada entre las rocas bajas una barca ocupada por dos adolescentes que en su afán por la pesca, habían distraído la vigilancia. Los jóvenes hacían esfuerzos tan desaforados como inútiles por sacar su bote de las rocas. Mariam, mirándolos sudar y reventarse, se compadeció. Imaginó cuán fácilmente saldrían de su apuro si el mar volviese a subir, imaginó una ola bondadosa trasladando dulcemente la barca hacia la arena... y en aquél mismo momento el mar pareció responder a una orden, y la barca fue depositada con suavidad sobre la playa. La niña palmoteó encantada y su amigo la miró extrañado.

En esa ocasión, Mariam tuvo que enfrentarse a la duda de que quizá el niño no había visto nada de lo sucedido.

Pasaron algunos años y crecieron juntos. Sus situaciones eran tan dispares que resultaba sorprendente que pudieran sentirse increíblemente unidos en algunas ocasiones concretas en que así lo requerían las circunstancias. La vida de Mariam transcurría como en un dulce sueño. Ella se limitaba a acudir cuando el niño pensaba, aunque fuera durante un segundo, en ella. El resto del tiempo se comportaba con la misma sencillez que si no hubiera salido de su propio mundo, es decir, esperando tranquilamente.
Algo inesperado interrumpió, solo una vez, ese statu quo al que Mariam se había, al parecer, adaptado sin dificultad. Un día se reunieron en la cabaña los tres amigos de siempre y Anamari; Mariam acudió con la misma naturalidad que lo hacía siempre que sentía la llamada del niño. Cuando él, sin siquiera darse cuenta, abría la mano para coger la suya, Mariam ya estaba allí.
En la cabaña ocurrió algo imprevisto. Nunca había pensado en ella nadie más que el niño, Mariam sabía eso, y sabía que, en consecuencia, nadie sino él la veía. Esa tarde, sin embargo, en un momento de la reunión Mariam sintió un repentino ramalazo y se encontró sin saber como, abrazada a Anamari. Por unos instantes no supo que hacer: dos personas distintas la estaban viendo, estaban pensando en ella al mismo tiempo.¿Con cuál de ellas había de quedarse, si no se fusionaban? ; eso era algo, además, que allí parecían no saber hacer, no les había visto hacerlo nunca... Anamari disipó sus dudas enseguida, le dio unos golpecitos significativos, apartó su brazo y dejó de pensar en ella. Mariam volvió con el niño.

En Madrid Mariam tuvo un año de presencia continua en la vida del niño. Estaba continuamente con él, pasaban horas juntos, casi siempre leyendo historias apasionantes que a Manolo le ayudaban a que el tiempo no transcurriera tan lento, además de proporcionarle (Mariam lo notaba bien) momentos de gran placer... y a Mariam le producían a menudo cosquilleos en el estómago, sensaciones encontradas de lugares nuevos pero no totalmente nuevos para ella; como si su mundo ya olvidado quisiera asomar en aquellas historias.
Una noche Mariam besó a Manolo. Antes incluso de empezar a hacerlo ya supo que todo iba a cambiar, que terminaba una etapa y comenzaba otra para ella. El muchacho le había llamado con una desesperación que ella antes nunca había conocido en él. Cuando llegó y lo encontró llorando sin ningún control, algo se movió en el interior de Mariam y ella quedó estupefacta: estaba moviéndose en su interior algo que no estaba previsto en ningún lugar que se moviera; ella no supo qué era eso, pues fue la primera vez que se lo encontró. Pero sí supo que no tenía más opción que seguir sus indicaciones.
Sus labios detenían el camino deslizante de las lágrimas de Manolo, una y otra vez. Mariam temblaba en todo su cuerpo, pero no era exactamente su cuerpo. No tenía la menor idea de lo que le estaba pasando, pero no podía detenerse. Y cuando el muchacho estuvo ya tranquilo y relajado, para asombro del uno y de la otra, Mariam le habló, y Manolo oyó sus palabras.


Capítulo II

Abandonar Madrid y marchar a Mallorca, qué prometedor
Lo que mejor había aprendido Mariam en los años que llevaba viviendo en ese extraño, a veces desconcertante, mundo, era que las personas no parecían estar bien o mal, mejor o peor, de forma siempre individual y separada, como de su propio mundo ella recordaba.
A menudo, había comprobado, no parecían ser totalmente conscientes de su propio papel, para seguirlo correcta y regularmente; por el contrario, con frecuencia daba la impresión de que se comportaban como si no tuvieran papel asignado, o bien como si lo hubieran olvidado, de modo que la mayoría del tiempo resultaban impredecibles.
Sorprendentemente, cosas para ella tan inamovibles como el estado de humor, el ánimo, el espíritu latente....eran en su nuevo lugar de estada materias variables en grado sumo y, además, muy sujetas a la influencia que pudieran tener los estados correspondientes en el ambiente cercano. Las personas de aquel lugar, por ejemplo, se ponían tristes de repente sin aparente motivo, y lo más curioso era que Mariam lo había comprobado más de una vez) eso podía provocar tristeza también en otras personas que anduvieran cerca. Les pasaba como con las enfermedades, que se podían trasmitir de uno a otro sin que ni el emisor ni el receptor tuvieran que pensar en ello. El alma, los sentimientos, las sensaciones, los humores... todo eso tan estable y predecible en su propio mundo... eran como una enfermedad contagiosa en el mundo de Manolo y sus semejantes.

Por eso parecía tan prometedor lo de ir a Mallorca. En cuanto el asunto se mencionó, todos en la familia mejoraron instantáneamente de humor, fue como si algo pasase de mano en mano, circularmente, y dejase en cada persona que lo tomaba un estado optimista y feliz.

Pero, al mismo tiempo, Mariam empezó a percibir cambios importantes, los había notado ya como algo que se acercaba rápidamente la noche en que había conseguido que Manolo oyera sus palabras y sintiera sus besos.

A poco de llegar a la Isla, Mariam notó que la frecuencia con la que Manolo la “llamaba” era cada vez menor; lo veía cambiado, sin saber definir con precisión en qué, aunque eran indudables, por ejemplo, sus estados de hiperactividad galopante, su determinación inquebrantable en todo lo que iniciaba, su elección diaria, sin necesidad de reflexión previa, de vivir cada vez más plenamente su vida propia en su propio mundo.

Una mañana en que ella le había visto marchar con la misma celeridad que todos los días anteriores, un café en la cocina sin siquiera sentarse, cariñosa pero abstraída respuesta a las protestas de su abuela por tantas prisas... y sus pisadas bajando la escalera a toda velocidad, Mariam se preguntó, por primera vez en su vida, si tenía sentido seguir cumpliendo su eterna función y quedarse allí, esperando.
Ella no podía explicarse como había ocurrido, pero había ocurrido, de eso estaba completamente segura: desde la noche, en Madrid, en que sus labios habían roto el guión en mil pedazos, y ella había constatado como, milagrosamente, uno de ellos podía oír lo que el otro decía, nada había vuelto a ser igual. Sus esperas ya no eran nunca tranquilas y dulces, siendo así que, desde la llegada a Mallorca, se estaban convirtiendo en algo eterno y permanente.
De repente tomó una decisión.




Capítulo III

El instructor de vuelo le concede unos segundos más antes de hacer la señal de siempre, dedo índice hacia delante, un niño y su pistola, norte nordeste, combustible, ni gota de viento, qué estará haciendo él ahora mismo, indicador de aceite... Dios, si solamente...
Ahora ¡!!
La avioneta da una sacudida de aprobado sin nota, y la pista de despegue empieza a moverse. Toma velocidad. Más, más. Mariam tiene la mano cerrada sobre la palanca y, cuando la velocidad le parece suficiente, espera un segundo y tira de ella suavemente hacia atrás...

Sobrevolando las últimas alturas de la Isla, aparece el mar, ahí enfrente. Estabilizar, velocidad de crucero, ruido mínimo, ronroneo suave, qué azul tan increíble, Santo Dios, relájate, ahora puedes, sólo disfruta, ¿porqué no está él aquí?...
“El gordo” sonríe ¿porque lo hago bien, porque todo va bien... o porque nota lo que me pasa? Es buena gente, “El gordo”...
Mucho mas abajo, planeando sobre la playa, a la derecha y abajo, ¿qué es? Mira al instructor, señala con un movimiento de su cabeza, el gordo se inclina un poco para ver y le hace seña para que gire. No puede ser un ave, aún a esta distancia es demasiado grande para eso. Se acercan. Es un hombre con su ala delta. Qué delicia, ni siquiera el ronroneo del motor, completamente solo. El hombre vuelve la cabeza al oír la avioneta, aguanta la barra estabilizadora con una mano y levanta el otro brazo, moviéndolo de izquierda a derecha; El Gordo devuelve el saludo, y Mariam sonríe, feliz.

Dos meses después de ese día, en la terraza atiborrada de un bar, Mariam se acerca a una mesa donde, saludándole con una sonrisa, está esperando Ernesto.
“Hola!!!”
“Hola, ¿llego tarde? Tendríamos que mirar, ya, lo de la lista de invitados, tus padres se están poniendo neuróticos por momentos.”
“No te preocupes de mis padres, salero; yo los controlo”. Se han besado en la mejilla, Mariam se ha sentado a su lado y continúan hablando, haciendo caso omiso de las miradas, mas o menos disimuladas de la gente de las mesas vecinas. Mariam se pregunta por qué no está más nerviosa, más excitada. Falta apenas un mes para su boda... Ernesto interrumpe sus palabras y sus gestos, para dirigirse a un camarero que ha venido junta a Mariam; ella lee, mal que bien, en sus labios: “Es inútil, la señora no le está oyendo, la señora es sordomuda. Tráigale un café, por favor” Mientras el camarero, algo cortado, se retira, Ernesto sonríe a Mariam, y vuelven ambos a su conversación de rápidos, a veces frenéticos, a veces imperceptibles gestos.

“Ya tengo los visados-dice Ernesto-y dentro de 30 días nos estará esperando el director de la Agencia en la India; seguramente nos mandarán a vivir a un pueblo cerca de Nueva Delhi, y, desde allí, yo iré haciendo mis salidas” Tú tendrás, así, la civilización relativamente cercana, pero al mismo tiempo tendrás movilidad suficiente para ir allí donde quieras pintar”

Mariam asiente.

A su espalda, sorteando mesas y sillas para entrar en la cafetería, Manolo se dirige directamente a la barra, hacia el teléfono verde y negro; introduce unas monedas con cierto nerviosismo, y marca un número.

“¿Hola?...Sí, soy yo... Escucha Juan, tenemos un problema... No, no, escucha... el coche me acaba de dejar tirado, no hay forma de que arranque...
Sí, si, ya lo sé, por eso me he venido lo primero a un teléfono, a llamarte. Lo único que se me ocurre es que cojas un taxi, te vengas rápidamente para acá, metemos tu ala en mi coche y tú sigues hacia el aeropuerto. En dos días yo tendré las dos cosas en condiciones, coche y ala, y dentro de tres días nos vemos en tu casa con el chisme arreglado... Bueno, de acuerdo, pero eso lo podemos discutir allí, ahora lo que interesa es que vengas lo más rápido posible, si no quieres perder tu vuelo... en la esquina de la Plza. España, estuvimos la otra noche con aquellas dos ¿recuerdas?...Vale, hasta ahora.”

Manolo cuelga el teléfono, pide una caña y se vuelve distraídamente hacia la puerta, sin moverse de la barra del bar. Su mirada se pasea sin destino concreto, a través de las paredes de vidrio del bar, desde su coche mal aparcado a la terraza del bar. Con la mente en otro lugar, observa el movimiento de la gente que abandona alguna mesa de vez en cuando para que el lugar que ha quedado libre sea ocupado al poco por nuevos ociosos.

Algo le llama la atención, al cabo de un rato, en una mesa cercana a la puerta. “Ah, Ernesto, el periodista. Ese es de los que triunfan”, piensa “Se lo ha montado bien, ya lo conoce todo Palma”; sentada al lado de Ernesto, completamente de espaldas a Manolo, está sentada una mujer. “Por favor, ¿tienen tabaco?-pregunta al camarero de la barra- Camel, si puede ser” Esa nuca...”Sí, gracias, me cobra ya? me voy enseguida”. ¿A quién me recuerda?
En el otro lado de las avenidas se ha parado un taxi, y Juan está haciéndole
señas moviendo ostentosamente los brazos. Manolo sale casi corriendo por la otra puerta del bar y se dirige hacia allá.


Capítulo IV

Mariam no consiguió pintar. Un hijo de tres años y una hija que acababa de cumplir el primer año de vida. La India, demasiado seductora para competir con ella, se había apoderado de Ernesto. Sus reportajes ya no eran motivo de partida para volver a casa una vez terminados: se habían convertido en una mal disimulada excusa para recorrer el cuerpo de su nueva amante, hasta que llegó el día en que ya no hubo voluntad propia que decidiera en cada momento qué quería hacer con ella, y solo quedó la necesidad de dejarse llevar, de fundirse con su amante para que ella fuera la que estableciera ya para siempre que iba a hacer con la vida de Ernesto.
Tapia descubrió que su marido estaba en manos de la droga demasiado tarde.

Cuando, al fin, volvieron a España, Ernesto era una piltrafa. Mariam dejó a sus hijos en manos de sus abuelos, en Madrid, y ella se instaló en Toledo donde montó un taller y se entregó al trabajo frenéticamente. Su marido estuvo internado en un centro de rehabilitación, y ella tuvo que aprender a vivir sola durante un tiempo. Iba a Madrid a ver a los críos cuando el trabajo se lo permitía, y a menudo, en la soledad de su habitación, los ojos dejaban de recorrer las líneas del libro de turno y se detenían en recuerdos, para ella no bien definidos, pero que no dejaban nunca de hacerle visitas imprevistas.

Una noche dejó en un impulso el libro que estaba leyendo sobre la mesita de noche. Se levantó y salió al exterior.

“Hola-dijo-me pareció haber oído algo”. Una luna grande, redonda y blanca, iluminaba la verja. Manolo sonrió”: Hola, Tapia” Ella ayudó a continuar el movimiento ya iniciado de la verja hacia dentro, y le abrazó. Le cogió de la mano y entraron.

Al día siguiente, Mariam condujo el coche hasta Madrid. Entró en las oficinas de un banco y estuvo hablando un rato con el director; después, ya en la ONG, estudió largamente unos planos que sus compañeros le estuvieron mostrando. Todo el proyecto dependía ya solamente de una cosa, y Mariam se dirigió al Centro de Rehabilitación, donde Ernesto le pudo confirmar que, efectivamente, el siguiente fin de semana él abandonaba el Centro definitivamente y el director de su diario estaba conforme con el plan previsto. Marcharían, él y dos compañeros a Perú. Y, cuando volvieran de hacer su trabajo, el campo estaría abonado para que Mariam y su ONG comenzaran el suyo.
Ernesto miró fijamente a Mariam a los ojos; su mirada era limpia y sus palabras eran esperanzadas. “Volveremos a empezar de nuevo; si recuperas tu coraje y tu pasión, todo volverá a estar donde estaba, mi amor”

Y Mariam, de vuelta a casa, le explicaba a Manolo las montañas de los Andes, y los pueblos abandonados de la mano de Dios, y las nubes por debajo de las cumbres, y las selvas amazónicas y el poblado que iban a construir para aquellas gentes.
Manolo, sentado a su derecha, en el coche, escuchaba y asentía. Toledo se iba acercando poco a poco, Mariam sentía que todo iba a salir bien.

Ernesto había salido hacia Perú dos días antes, prometiendo que desde el diario le mandaría una nota en cuanto llegase.
Mariam comprendió que algo había sucedido cuando vio, al acudir a la llamada en la verja, que no era un mensajero del diario sino el director, el que venía con noticias. Pedro habló lentamente, con gravedad:”La avioneta se estrelló, no hay supervivientes”
Ella se apoyó en Manolo, que se había colocado a su espalda y la abrazaba por la cintura.

Capítulo V

A las diez de la noche, las cercanías del Auditórium en el Paseo Marítimo estaban llenas de gente. Grupos mas o menos numerosos, parejas que saludaban a otras parejas y aumentaban el número de grupos haciendo que cada vez resaltasen más los pocos solitarios que habían acudido sin compañía. Viernes por la noche, noche de un día que había sido extremadamente caluroso, la gente no tenía prisa por entrar, se estaba bien en la calle, ahora que la temperatura iba derivando ya de lo soportable a lo agradable.
Un mastodonte de metro noventa y cinco y unos 120 kgs de peso, barbudo y chilabado, se apresuraba en transmitir a los numerosos componentes de uno de aquellos grupos, instrucciones precisas y rápidas: “a la salida, todos al Mar Chica”. Se acercó, en su ruta, allí donde Juan Carlos gesticulaba con Macamen y Manolo, y éste, con el programa enrollado en forma de tubo, le disparó un zurriagazo en la entrepierna. Julio se llevó instintivamente la mano a la delicada zona dolorida, sonrió torcidamente y, con voz ronca, dijo.”a la salida, todos al Mar Chica”.

En el Mar Chica, dos horas después, el ambiente era de viernes por la noche El camarero que les recibió estuvo haciendo combinaciones espacio-temporales hasta conseguir colocarlos juntos a todos en un rincón formado por varias mesas reunidas.
Allí estaban prácticamente todos.
Mª José y Javier mantenían una sorda disputa sin treguas ni concesiones, en defensa, cada uno, de si un día era mucho tiempo o era poco tiempo. Julio improvisaba un poema para recitar, rodilla en tierra y ojos en blanco, a la camarera que les traía los cubatas. Felipe, explicaba anécdotas expresivamente mientras Manolo, Macamen, Nana y Malen le escuchaban entre risas. Tomeu, ojos cerrados y postura del loto, estaba en meditación trascendente, mientras José Luis Guerra aseguraba a los oyentes que quisiera ser un pez. Luis explicaba con todo lujo de detalles la parada nupcial de los halcones peregrinos a Josefina, Angeles y Canito, el cual, andaba mucho más pendiente de las posibilidades nupciales que pudiera tener él con la hermana de Benjamín ,a la que no dejaba de vigilar constantemente tras el moño de Gelitos.

Manolo, que ya se sabía casi todas las anécdotas de Felipe, se acercó a echar una mano a Javier, que mostraba ya evidentes síntomas de agotamiento. María José, sintiéndose fuerte en sus argumentos, los machacaba sobre el desesperado Javier, repitiendo hasta el infinito que un día puede ser muchísimo tiempo, según lo que ocurra en él. Para refrendar sus razones, Mariajo estaba en fase de poner ejemplos prácticos, y Javier envió una mirada a Manolo en la que éste leyó su explícita petición de misericordia. Manolo asintió.
“Acompáñame a buscar un gin-tonic”-dijo, y cogió el brazo de su amiga y estiró de él. Mariajo le miró sorprendida y le siguió. Inmediatamente, reinició su tesis, buscando el apoyo de Manolo.
En la barra, mientras escuchaba atentamente los planteamientos generales de tan apasionante tema, miró distraído hacia la calle. A través de la puerta abierta, en las aguas oscuras del puerto, pudo ver como entraba muy despacio, preparando la maniobra de atraque, el buque nocturno de la transmediterránea.

Una de esas repentinas certezas que él acostumbraba, con cierto ironía, a llamar “sus pálpitos”, se apoderó de Manolo. Dejó boquiabierta a Mariajo en el momento sublime en que ella, como demostración final, le empezaba a relatar lo largas que fueron las veinticuatro horas antes de decirle a Nacho que estaba embarazada. Porque Manolo, sin transición, le dio un beso en cada mejilla y echó a correr hacia el coche.

La madrugada del 23 de mayo del 1999, cuando el barco procedente de Barcelona se acercaba al muelle de Palma, Mariam tenía 29 años. Hacía, por tanto, veinte años desde aquél viaje en barco que nunca llegó a saber donde empezó para ella y porqué.

Lo que sí sabía ella con toda seguridad era el motivo y la pretensión del viaje que en aquellos momentos estaba a punto de terminar.

No sabía dónde estaba él, pero sabía que, antes o después, lo encontraría. En cierto modo, tenía la agradable sensación, tan arraigada en los últimos años, de que era suficiente pensar en él para tenerlo delante...y conocía los mecanismos que operaban para que este hecho se produjera indefectiblemente cada vez. Sonrió. Conocía tan bien esos mecanismos que “obligaban” a Manolo para con ella... porque durante tantos años fueron los que estuvieron funcionando en ella para con Manolo.

Todo está bien, pensó, haré lo que tengo que hacer.




Capítulo VI

Ni fuegos artificiales, ni estrellas girando en el firmamento, ni el tiempo deteniéndose, ni la infinitud haciendo guiños a ninguno de los dos.
Mariam dejó su maleta en el suelo en cuanto hubo terminado de descender la escalera metálica del barco. Se quedó quieta, mirando a Manolo acercarse.
Al llegar a su lado, Manolo arrimó sus manos a las mejillas de Mariam y ambos se quedaron unos momentos buscando en los ojos del otro. Cuando iniciaron con una sonrisa el abrazo que los fundió largamente, ya se habían asegurado que iban a abrazar a una persona real, por primera vez, los dos. Los dos, por primera vez, eran dos personas que se fundían en un largo abrazo.

En “Mar Chica”, Javier estaba advirtiendo en sus propias carnes la ausencia de Manolo porque, después de explicarle la salida precipitada de su amigo, Mariajo había decidido quedarse con Javier otra vez, a hacerle compañía.
Juan Carlos concentraba sus pensamientos en la visión mentalista de una copa de coñac Suau con cubitos, y paseó la mirada por el grupo en busca de su aliado de siempre para estos menesteres.”Dónde está Manolo”, le preguntó a Julio, el cual absorto en la elaboración de poemas metafísicos mientras su vista recorría con ternura infinita la grupa de la camarera, contestó “¿quién es Manolo?”
Gelitos le dio las dos primeras chupadas al porro; casi instantáneamente se encontró recuperando la fe, por enésima vez, en que un día desaparecería de sus pesadillas nocturnas el recuerdo de las dos únicas veces en su vida que había subido en un coche conducido por Manolo. Le buscó con la mirada. Si pudiera matarle sin hacerle daño...
Luis, afirmando a voz en grito que todos lo guardias civiles son unos hijos de puta, miró con el rabillo del ojo por ver si Manolo iba a salir con sus malditas matizaciones; no le vio y gritó un poco mas fuerte que a todos los militares había que pasarlos por la quilla de un barco y que además todos los fumadores son unos asesinos legales. Sorprendido de sí mismo y feliz, se atrevió con un sorbo del güisqui de Malen y a los dos segundos notó como la depresión iba a por él.

Y Mariam y Manolo, completamente solos ya en el muelle, el último pasajero recién bajado subiendo a un taxi, se habían sentado sobre la maleta, en la oscuridad, y paseaban sus dedos por las manos del otro, una y otra vez, asegurándose a través de los sentidos de que estaban tocando manos reales, físicas, sólidas, manos que presionaban levemente y respondían a la presión propia.
“Tu puedes hablar-pensaba Mariam- yo solo tengo mis manos, cuando está oscuro”
“Sí-contestaba él- lo sé; no hay movimiento de labios ni hay gestos útiles para hablarnos, en la oscuridad. Pero ahora no queremos hablar. Más tarde hablaremos. Ahora, no”
“Cuando murió Ernesto me hubiera vuelto loca si no llegas a venir”
“Tenemos que aprender Tapia, todo es diferente ahora. Yo no vine, no era yo. Tenemos que aprender quienes somos ahora”
“Dime, porqué podemos seguir hablándonos sin hablar, pues? Es como entonces, es como si alguno de los dos no fuera real”
“Tenemos tiempo, hay tiempo por delante para lo que queramos; no necesitamos saberlo todo, entenderlo todo ahora. Ahora estás aquí y no permitiré que te vayas nunca”

Rodeó sus hombros con un brazo y se levantaron; metió la maleta en coche y se la llevó donde estaban los demás.

Cuando entraron en el “Mar chica” Javier dormía plácidamente, Macamen se los quedó mirando, Felipe miró hacia Josefina con cara de circunstancias, Mariajo sonrió interrogante, Malen sonrió complacida, Juan Carlos saludó haciendo un grácil paso de baile, Julio se levantó con la intención de hincar rodilla en tierra ante Mariam... y volvió a sentarse rápidamente al ver la mirada de Manolo. Canito aprovechó el momento para pasar el brazo con disimulo sobre el respaldo del sofá, alrededor de la espalda de la hermana de Benjamín.

Manolo dijo: “Si alguno de vosotros está en estos momentos elaborando un comentario ingenioso para recibir a Tapia, os adelanto que es sordomuda”