Menorca

 

Subí al barco de la transmediterránea con una sensación extraña, difícil de definir, porque en ella estaban mezclados en desorden componentes diversos.
Me sentía excitado y estimulado, iba al encuentro de algo que sabía genial, lo que dejaba atrás me producía cierta melancolía y quedaba aún un asomo de tristeza por los últimos acontecimientos
Alguien me estaba siguiendo, desde mi llegada al muelle tenia la impresión de estar siendo observado
La mañana tenía una luz especial, el aire entraba en mis pulmones limpiándolos de todo, incluso del tabaco, el aire era vida, las personas que iban subiendo conmigo semejaban un paquete de gente dormida, aunque tal vez no, quizá ellos estaban normales y yo estaba en sonambulismo semiconsciente.
El mar estaba precioso, prometedor y silente bajo la luz apacible de un sol que apenas acababa de levantarse.
Excitado y estimulado, sí, pero me apetecía un café.
Dejé el saco de mano en mi camarote, junto a la cama; lo abrí, saqué de su interior una pequeña bolsa de cuero, y entré en el minúsculo cuarto de baño. Ante el espejo me quité la peluca, dejando al aire una calva perfecta producto del pulido trabajo de mi peluquero habitual, unas doce horas antes; pegué con cuidado en su lugar el bigotillo Tom Cruise que había sacado del escondrijo de cuero, y con más esmero todavía coloqué dos lentillas de color marrón oscuro sobre mis pupilas azul claro. Me cambié de ropa y, situado ante el espejo, sonreí satisfecho del resultado conseguido. Luego salí del camarote y contesté alegre y confianzudo los buenos días de un uniformado de chaqueta blanca, impoluta, en el pasillo.
Tendremos buena mar, ¿no cree?-dije- se adivina una travesía deliciosa...
Eso creo, señor-sonrió-, el día amaneció magnífico.
Un día magnífico, pensé subiendo las escaleras en dirección a la planta bar-cafetería-sala de reunión-TV-peluquería-Shopping. Lo será...

Una rubia mechada bajaba con muchas prisas, y si no chocamos violentamente en el rellano fue porque conseguí un quiebro fácil y elegante justo en el momento oportuno; ella, tras el frenazo en su galope, se giró en mi dirección un instante, -perdón - dijo, y sonrió aún mejor que el chaqueta blanca – luego continuó con su bajada a tumba abierta.

Había poca gente en el bar, casi todos los viajeros andaban con el trasiego de su instalación en los camarotes, o bien estaban apoyados en la borda despidiéndose de alguien en el muelle.
Tomé asiento con mi taza humeante, junto a una de las ventanas que daban a estribor, y me quedé allí mirando el mar abierto, hacia donde nos íbamos a dirigir en unos minutos.
Dos gaviotas desvergonzadas se lo estaban haciendo en la punta del malecón, a pocos pasos del faro. Lucía – susurré nostálgico – cuanto amor, aquella noche.
¿Pero señor-oí a mi izquierda- no lo ha subido usted ya? Vamos a salir enseguida...
Perdón, ¿cómo dice?- me volví hacia el camarero que me dejaba un platito con la cuenta sobre la mesa.
¿ Usted ha dicho “ podría, por favor, subirme el coche”?-preguntó él, un tanto perplejo-
Desde luego que no-contesté-estaba murmurando para mis adentros, creo que ha habido un malentendido. Pagué la cuenta y él se retiró, bastante confuso. Tengo que susurrar más bajito, pensé.

Una cuadrilla de adolescentes en viaje de estudios ocupó ostentosa y ruidosamente la mesa de al lado, y se pusieron de inmediato a fumar todos menos uno; yo estaba en los dos primeros días de mi lucha personal contra el tabaquismo, de modo que decidí salir a cubierta.

El buque estaba ya separándose del muelle y encarando con la proa el faro de las gaviotas procaces.
En el cemento del muelle, detrás del barco, varias personas, en grupos pequeños, agitaban las manos; algunas daban saltitos, una desenrollaba papel higiénico de recién descubierto simbolismo, y un chaval muy bien vestido aprovechaba el despiste general para darle escobazos a un gato, me pregunté dónde demonios habría conseguido la escoba.
Estos críos de ahora crecen mucho más espabilados que nosotros, filosofé con envidia cochina.

Pasamos cerca del faro, con las calderas del barco en plan chulo ya, y la brisa acarició con cierta pasión mi recién estrenada calva.
Me sentía un hombre nuevo, feliz y tranquilo, amistoso con el mundo universal, y con los pasajeros y la tripulación del buque en particular.
Un cigarrillo, en esos momentos, era la imagen de la culminación, pero no llevaba tabaco encima y además – me dije – aunque llevases, cerdo, no vas a claudicar en dos días ¿qué hay de tu voluntad férrea y tus nervios de acero?
Una pareja se acercó a mi lado, para apoyarse en la borda junto a mí, frente al mar. Les sonreí amablemente y desplacé un poco mi posición para dejarles sitio de sobra.
Hola -dijo él- preciosa mañana, no?
Pues sí – contesté, y, tras una pausa - ¿vais a Menorca?.
Se miraron el uno a la otra abriendo mucho los cuatro ojos y rompieron a reír al mismo tiempo. Verás – contestó ella – teníamos pensado ir al Peloponeso, pero hasta después de salir no hemos sabido que este barco sólo lleva a Menorca.
Así inicié mi amistad con ellos.
Después de averiguar que viajaba solo y preguntarme si conocía ya Menorca y todo lo demás, me propusieron ir al bar a tomar algo.
Clara y Javier formaban una de esas parejas que uno disfruta de mirar. Estaban tan absolutamente compenetrados que uno experimentaba la sensación de estar frente a un ente único, con dos manifestaciones, eso sí, totalmente distintas. Él era alto y fuerte, de movimientos elásticos y seguros.
Su frente, ancha y despejada, convenía con su hablar pausado y razonable.
Clara era una especie de enano saltarín; pequeñita, cuerpo maravillosamente proporcionado, dicharachera, alegre y un poco alocada; reía por cualquier motivo, con una facilidad pasmosa para encontrar algo divertido en cualquier suceso o cualquier comentario.
Estamos de viaje de –comenzó él – miel –continuó ella – nos acabamos de casar, ¿se nos nota? – y, sin apenas tomar impulsó, sentada como estaba, consiguió un salto grácil y donoso que la situó sobre las rodillas de su recién marido, al que besó apasionadamente en los morros. Se les veía tan felices que ni siquiera importaba saber si es que eran realmente idiotas o si sólo hacían idioteces por lo de la luna de miel.

Yo estaba encantado con el resultado de la calva, bigote y demás: ya no me sentía observado; aunque mi vigilante del muelle estuviera haciendo la travesía, yo había subido al barco con un aspecto que ya no iba a volver a tener durante todo el viaje.
Puede –pensé- que al llegar al hotel ya no sean necesarios ni el bigote ni las lentillas; éstas, especialmente, me estaban resultando molestas, y en algún momento noté la mirada escrutadora de Clara, a punto de preguntarme, con su natural impertinencia, si estaba triste por algo. No es que llorase a moco tendido, pero notaba los ojos continuamente húmedos, y percibía también que el asunto iba a más.

Es curioso, dijo Clara, cuando yo empecé con las lentillas se me resecaban los ojos y tenía que ponerme continuamente líquido de ese para humedecerlos. A ti te da, en cambio, por el llanto.
Iba a contestar una tontería cuando el bólido de las mechas se acercó a nuestra mesa y Javier se levantó, al verla.
Hola- dijo ella; besó en las mejillas a Clara y a su marido y luego se me quedó mirando. Hola, sonrió amistosamente.
Anda, ¿ ya os conocéis? -preguntó Clara.
Sólo un poco- contestó la rubia-casi le arrasé, antes, en las escaleras. -Amaranda siempre arrasando-dijo Javier.
Especialmente si se trata de hombres-machacó Clara.
¿Amaranda? –pregunté, ya al borde de un llanto desbordado.
Ella me miró extrañada, no sé si algo molesta.
Tampoco hay para ponerse así –dijo- no me dejaron escoger, yo hubiera escogido Carmen.
Es por las lentillas, Amy –aclaró Clara- luego se giró hacia mí-llámala Amy, es mejor.
Podríamos buscarnos por aquí sobre las dos o dos y media y comer juntos ¿qué os parece?
Javier ya se estaba levantado cuando ella terminó la frase, y se fueron al camarote,” a poner un poco de orden”, dijeron, y Amy y yo cruzamos una mirada rápida, pero no tan rápida que evitase la carcajada de Clara.
Simpáticos, no?-dijo Amy.
Y añadió: oye, se te está torciendo el bigote.


2

Me presenté, unas horas más tarde, en el comedor, sin bigote y sin lentillas. Pero antes de eso sucedieron algunas cosas...

Todo esto es absurdo, había pensado en dirección a mi camarote, seguro que quien fuera que me observaba en el muelle se ha quedado en tierra, eso suponiendo que lo de sentirme vigilado no hayan sido imaginaciones mías.
Estaba hasta las narices de las lentillas, y el episodio del bigote con Amy me acabó de decidir.

Amaranda, por cierto, se había empeñado en entrar a ayudarme en mi regreso de la metamorfosis a un estado natural; a pesar de mi insistencia en asegurar que me sentía perfectamente capaz de quitarme unas lentillas y un bigote por mí mismo, comentó algo respecto a la torpeza masculina y se coló, sin ningún tipo de escrúpulo, en mi camarote.
Me obligó (con cierta suavidad, no lo niego, pero me obligó) a sentarme en la cama y, como si jamás hubiera hecho otra cosa en este mundo que quitar bigotes a la gente, separó el mío dulce y lentamente sin que yo apenas sintiera estirones.
Los dedos de Amy son algo especial, algún día escribiré un poema sobre dedos, creo.

Luego me hizo inclinar un poco la cabeza y pasó con cuidado una toallita húmeda sobre la zona recién huérfana, para terminar la faena con un pañuelo seco que sacó de su bolso.
Me sentí progresivamente más huérfano y más a gusto, y cuando ya iba a pedirle que me adoptase, me dio dos palmaditas en la espalda y dijo- ahora al baño, lo de las lentillas es cosa tuya.

Terminé mi liberador trabajo en menos de un minuto, pero al volverme hacia la habitación, ella estaba parada en la puerta del baño, mirándome a los ojos.

Directa, fija, insistentemente. Yo estaba un poco cohibido.

¿ Ocurre algo?-pregunté-¿los tengo inyectados en sangre, por la conjuntivitis?,aventuré.
A veces me pasa eso, verás, en realidad, desde muy joven he tenido siempre..
Pero ella me tomó de la mano y dijo, tomada ya su decisión – ven, tenemos que hablar.
(Yo estaba hablando), pensé. Sin embargo la mirada que he explicado me indujo a seguir sus directrices y no dije nada.
Sin soltar mi mano me condujo hasta la popa del barco, y allí nos quedamos un rato mirando la estela blanca que se abría hacia los lados y sobre la que varias gaviotas jugaban a cambiar el ritmo de persecución de nuestro buque, subiendo y bajando repentinamente pero sin alejarse nunca de nosotros,

Luego ella me dijo:
En cuanto lleguemos al comedor, Clara y Jaime te reconocerán; ellos te estaban siguiendo desde que llegaste al muelle. Pero, escúchame, no los veas como enemigos, no lo son. Simplemente, han adquirido un compromiso y quieren cumplirlo. Son buena gente, y juegan limpio. Además...yo estoy de tu lado. Conseguirás tu propósito, pero entre tú y yo podemos, estoy segura, convencerles a los dos de que tu causa es justa, y eso será suficiente para que no intenten obstaculizarte.

¿Quién eres, Amy?-esta vez fui yo el que la miró a los ojos, directa, fija y tal.
Mi padre-contestó-es el presidente del Consejo de Administración de tu nueva empresa. En realidad yo he subido al barco acompañando a Jaime y Clara...lo lógico sería que estuviera del mismo lado que ellos.
¿Y por qué no lo estás? –pregunté.
Volvió a coger mi mano. Ya te he dicho por qué. Opino que lo que vas a hacer es lo más justo.

Comprendí enseguida que era inútil hacerse el sueco, Amy, con toda evidencia, estaba enterada del asunto.
Y me inspiraba confianza. Seguimos hablando un largo rato.
Las gaviotas continuaban sus rápidos loopings y el aire del mar nos mandaba su caricia directamente a nosotros dos. La melena de Amy intentaba a momentos emular a las gaviotas. Y yo la escuchaba hablar de mi propio proyecto como si fuera un poco suyo, con pasión y con serenidad de estratega, ilusionada y convencida de que iba a convertirse, finalmente, en algo real

En el comedor, la pareja nos estaba ya esperando sentados en una de las mesas Ninguno de los dos mostró señal alguna de sorpresa, cuando llegamos. Clara sonrió levísimamente y Jaime se me quedó mirando con su habitual tranquilidad.
¿Qué tal unas cañas antes de empezar? sugirió.
Durante la comida charlamos de esto y de lo otro, obviando el tema en el que estábamos pensando los cuatro.
Clara le daba la comida en la boca a Jaime, y Jaime se la daba a Clara. Amy y yo cometimos la torpeza de imitarlos, por ver de hacerles evidente lo bochornoso de su imagen; ellos ni se dieron cuenta, pero en cambio sí que conseguimos, entre los cuatro, que al cabo de un rato todas las parejas de las mesas cercanas estuvieran haciendo la misma memez.
Lamentable.
Se produjo un silencio mientras tomábamos café, y Jaime, sin parar de dar vueltas a la cucharilla dijo: Tenemos la misión de impedir que realices tus planes en Menorca- y levantó la vista para mirarme de frente.
Lo sabe – habló Amy – yo se lo he contado.
Está loca por ti- dijo Clara acertando con una miga de pan en mi ojo derecho, y Amaranda se ruborizó, sólo un poco.
Pero se repuso con rapidez, y les dijo: escuchad, él sólo quiere darle a esa persona lo que le corresponde, lo que es suyo legalmente; o, al menos, moralmente.
Jaime habló con tono reposado pero firme. Nosotros- afirmó- vamos a hacer los que nos han encargado; nadie nos ha pedido que elaboremos un criterio moral o ético sobre este asunto.
No digo eso- rebatió Amy – ¿Podéis, al menos, escucharle? Dejadle que explique qué es lo que va a hacer y por qué, y considerad después si queréis impedirlo.
Eso me parece bien – dijo Clara – tenemos tiempo de sobra, antes de llegar a la isla. Jaime se limitó a mirarme en silencio.
Yo comprendí que nadie iba a decir esta boca es mía hasta que yo empezase, así que empecé.





3

Como seguramente ya sabéis, la empresa de mi padre ha llegado a ser la primera del país en su gremio, por razón, primordialmente, de las magníficas dotes de iniciativa, capacidad de trabajo y mente privilegiada que mi progenitor atesoraba.
Sin embargo, hay algo que quizá ignoráis: todas esas cualidades no hubieran servido de nada, hace dos años, para impedir que la empresa entrara en la quiebra más irreversible.
Cuando mi padre ya saboreaba las mieles del triunfo, cuando los frutos de su labor estaban ya catapultándole a la cima del éxito que hoy conocemos, se produjo un desastre de terribles consecuencias para la empresa: la guerra de Irak, y el posterior bloqueo económico que USA y demás padres de la paz determinaron.

Yo había conseguido una marcheta de crucero en la exposición de mi tema a los que escuchaban, y creo que hubiera continuado así hasta concluir toda la historia de un tirón, si no hubiera sido por los dedos de Amy. Ella, creo que inadvertidamente ( o eso parecía) había situado su brazo derecho sobre el respaldo de mi silla y, desde allí, sus dedos, como por descuido, estaban ejerciendo un suave e irregular masaje en la parte posterior de mi cuello.
Eso me estaba haciendo perder la concentración.
Pero me pareció de mal gusto demostrar de cualquier forma que deseaba detener las actividades de esos dedos, especialmente de los pulgar e índice que, tal como yo ya sabía, eran los primeros de la clase.

Disimulé durante unos pocos minutos, pero cuando estaba llegando a la madre de todas las batallas y sus funestas consecuencias para los objetivos de mi padre, no pude más. Decidí que era momento para un cambio.

-¿Porqué no continuamos en otro lugar? ¿No estáis un poco cansados del comedor? Vayamos a otro sitio...
Como quieras- accedió Jaime- pero añadió: Iba a proponeros un chupito de algo aquí mismo, todos se han ido y el ambiente es tranquilo y agradable, pero, si quieres...
No- casi grité, arrebatado por una idea feliz- tienes razón, quedémonos a tomar chupitos, vamos a buscarlos tú y yo.

Cuando volvíamos a la mesa, cada uno de los dos con una copa en cada mano, tomé ventaja suficiente en una carrerilla para llegar antes que Jaime, y me senté como sin darme cuenta al lado de Clara. Jaime no pareció ni notarlo, y se situó junto a Amy.
Las cejas de ella y de Clara se levantaron imperceptiblemente, pero fue sólo un segundo.

Cuando hube precisado finalmente las especiales circunstancias de dependencia que atenazaban a mi padre respecto a la situación en Irak, cuando vi en sus caras que mis interlocutores estaban captando a la perfección lo terrible de la situación en que mi padre se encontraba, fue cuando creí llegado el momento de hacer aparecer a Hannan.
Yo había conocido a Hannan algunos años antes, en un viaje, siendo adolescente, en el que mi padre nos llevó a mí y a mi hermano, a Egipto, a un crucero por el Nilo.
Fue un viaje inolvidable. Nos tocó en suerte una guía musulmana, que resultó ser, pronto lo descubrimos, una mujer de una tremenda fuerza vital, una guía excelente que rebosaba cultura y amor a su país por los poros de la piel, y una convencida y apasionada defensora del Islam y sus tradiciones.
Hannan era además muy simpática y afable, hablaba un español perfecto y mi hermano y yo no nos separábamos de ella en ninguna de las excursiones culturales a que nos conducía.
De vuelta a España, tardé poco en comprender que mi padre y Hannan mantenían correspondencia, y en alguna ocasión encontré a mi padre, hablando con ella por teléfono.
Una noche, mientras cenábamos los tres, mi padre nos preguntó cómo nos lo tomaríamos si él se volviera a casar.
¿Con Hannan?-preguntó mi hermano. Claro, pardillo, con quien va a ser- intervine yo.

No volvió a hablarnos nunca más del asunto, pero nosotros percibíamos señales, de continuo, de la presencia de Hannan en la vida de mi padre.
Unos meses antes de la Guerra del Golfo, recibió una llamada. Con cierta excitación, nos comunicó que íbamos a tener en casa a Hannan durante un par de días. Se le notaba satisfecho y alegre, pero también había una sombra de preocupación en el fondo de sus ojos.
Cuando, al día siguiente, la recibimos en el aeropuerto, mi corazón dio un vuelco al verla. Habían pasado solamente dos años, pero ella parecía haber envejecido diez. Nos abrazó estrechamente a los dos hermanos, que nos habíamos adelantado veloces a su encuentro. Luego, mi padre y ella se quedaron uno frente al otro , quietos, mirándose. Cuando, al final, él abrió los brazos para acogerla en ellos, su abrazo fue más distendido, menos intenso que el nuestro, pero mucho más largo.
Mi hermano me dijo con la mirada: eso está hecho, tío...

Pero pronto nos dimos cuenta de que Hannan sólo estaba de paso. Mi padre, además, parecía cada vez más preocupado y había una sensación de premura en el ambiente. Ella, por otra parte, dedicaba gran parte del tiempo a hacer llamadas telefónicas y sus conversaciones, en lengua materna, eran ininteligibles por completo y pasaban con frecuencia de un tono de voz calmado a expresiones de alarma y elevaciones del tono de su voz.
Dos días después de llegar se despidió en casa de mi hermano y de mí, negándose a que nadie excepto mi padre la acompañase al aeropuerto.
Supimos más tarde que se había ido a Menorca, pero mi padre nos hizo prometer que nadie más iba a conocer su paradero.

Hacía dos meses, entonces, que Irak había invadido Kuwait.

En este punto de la historia, Clara colocó sus manos en forma de T como un entrenador de básquet.
Necesito ir al lavabo- dijo.

Me levanté para dejarla pasar y Amy propuso que la esperásemos en cubierta.

Cumpliéndose las mejores expectativas, hacía un día realmente esplendoroso. El sol había cumplido ya una parte de su viaje desde el cenit y el mar, liso como una azul pista de baile, abría un único surco perfecto por donde el buque se deslizaba hacia delante y dejaba una estela blanca.
Nubes de algodón se desperdigaban en pequeña cantidad en las alturas celestes y parecían observar estáticas nuestro paso.

Cuando, en pocos minutos, Clara se incorporó de nuevo al grupo, nos sentamos los cuatro junto a la piscina del barco.

Reanudé mi monólogo:

Los hechos demostraron en poco tiempo, como todos sabéis, que la alarma de Hannan y mi padre no era infundada. Efectivamente, USA atacó a Irak y las repercusiones que eso tuvo, además del consiguiente bloqueo, en la producción y distribución del petróleo, son sobradamente conocidas. La Organización de las Naciones Unidas prohibió a Sadam la exportación de su petróleo.

No había duda para mí de que la empresa de mi padre corría serio peligro y un día, cuando llegó a casa y nos dijo que había noticias importantes, yo creí saber cuál era el tema antes de que él empezara a hablar.

Pero me equivoqué. Dijo: vais a tener un hermano.

Yo esperaba cualquier cosa menos eso, me quedé de piedra; pero mi pregunta fue inmediata: ¿Os casáis, finalmente?
Hannan está tramitando su divorcio todavía, el asunto es complicado-contestó.- Su marido es una persona muy poderosa y no está nada interesado en liberar a Hannan de su dominio. Por eso ella ha huido de su país. Y por eso no debe saber nadie donde está.




4

El barco de la Transmediterránea entró lentamente en el puerto de Mahón.

Las especiales circunstancias en que me había encontrado después del fallecimiento de mi padre iban ahora a poner a prueba el orden prioritario en que era posible establecer las preferencias y los intereses de varias personas.

Mi hermano sabía, como yo mismo, de la renuncia de Hannan a su libertad, volviendo con su marido a cambio del apoyo de éste a la empresa de mi padre.
Conocía también del compromiso adquirido por ella de mantener esa renuncia hasta que su marido recuperase la inversión que había hecho y que había salvado a nuestra empresa del desastre total.

El testamento escrito, la norma legalizada, era clara y concisa: mi hermano y yo heredábamos todos los bienes de mi padre a partes iguales.
Pero el testamento oral, su mensaje antes de morir rogándome que liberase a Hannan y su hijo, solo me lo había transmitido a mí.
Los intereses comunes de mi hermano y del padre de Amy en orden a mantener el negocio incólume, ahora que volvía a ser floreciente, habían determinado la contratación de Jaime y Clara, miembros del gabinete de abogacía más prestigioso del país, en aras de la estabilidad de la empresa, para impedir que yo llevase a término la cesión de mi parte. Ni mi hermano ni su aliado estaban en condiciones de comprar mi mitad, tanto si el propietario era yo como si era Hannan. Eso suponía acudir a soluciones mercantiles que de ningún modo deseaban.

Pero Hannan había tomado partido mucho tiempo atrás, en lo concerniente a la conflagración Occidente-Islam, que con la guerra no había dado sino su primer paso. Y su marido tenía todos sus intereses personales y económicos en el bando contrario. Yo quería, por encima de todo, ver a esa mujer libre de la opresión a que se había sometido por ayudar a mi padre, especialmente ahora que él no estaba; no se trataba solamente de cumplir su última voluntad, sino también la mía. Ella había vuelto por última vez a Menorca a recoger sus cosas y cerrar la casa y yo le haría comprender que podía quedarse ahí para siempre, si quería...

Jaime me preguntó sí yo tenía algún tipo de impedimento en que ellos conocieran a esa mujer en otro ambiente más natural que el que se podía esperar ante un juez. Amy contestó que podían venir con nosotros en el coche que íbamos a alquilar en el puerto, pero que cuando yo quisiera estar a solas con Hannan ellos tres se irían a tomar un bloody mary, o en el mejor de los casos, una pomada menorquina de ginebra con limón.

En la pasarela de salida parecíamos cuatro turistas más, mezclados con la gente que venía a pasar unos días de playa y tranquilidad en la Isla. Ya en el coche, sentado frente al volante me imaginé a mí mismo diciéndole a Amy palabras semejantes a “Mira, eres encantadora y no quiero herirte, pero la realidad es que lo que deseo es ir yo solo a ver a Hannan; vosotros tres podríais esperarme en tal o cual lugar, y luego os lo cuento todo”
Creo que hubiera sido lo más lógico, despedirles a los tres de forma similar a la expuesta...pero no lo hice.

Superadas las montañas de Alaior, en dirección ya directamente al pueblo de Ferrerías, destino final de mi viaje, apenas nadie hacía comentario alguno. Escuchábamos música en el coche y disfrutábamos de la belleza que la carretera nos brindaba a ambos lados. Un cernícalo, uno de esos “xorics” que tanto abundan en la Isla, movía las alas sin desplazarse un milímetro del lugar que había escogido para vigilar la aparición de su alimento del día. Mujerucas vestidas completamente de negro, cubrían su cabeza con un oscuro pañuelo y se inclinaban sobre la tierra, aquí y allá. Navetas y talaiots mantenían a la vista del viajero la evidencia de una tierra que llevaba siglos sin moverse, permitiendo que todo y todos pasasen por ella, sin estremecerse, dejando hacer.

(Nadie va a impedir que ella recupere su amada libertad, la vida de Hannan será lo que mi padre y ella querían que fuese, lo que ellos dos habrían hecho que fuera. No hay empresa, ni negocio, ni hermano amado que pueda evitarlo.)

Ferrerías nos esperaba con la paz y el silencio de los pueblos de persianas cerradas para protegerse del sol y el calor en la hora de la siesta.

Aparqué el coche cerca de la casa donde todo iba a empezar y a terminar, respecto al viaje que había emprendido aquella misma mañana.

Llamé al timbre y apareció una mujer en la puerta entreabierta. Pero no era ella. Era una señora mucho mayor que Hannan, llevaba un niño en brazos.

Me presenté, y nos invitó a pasar. El recibidor estaba lleno de gente, todos ellos sentados en derredor de un ataúd, sin decir nada. Miré con duda y espanto a la mujer mayor, y ella asintió.

Elle est dejá libre – musitó



5

El sol comenzaba sus guiños dorados detrás de Monte Toro. Yo conducía en dirección a Ciudadela, en busca del barco de vuelta a casa. Menorca nos veía pasar, indiferente.
Jaime apoyó su mano en mi hombro, nos miramos un segundo por el retrovisor.

¿Es un error vender tu libertad por amor a alguien?
La pregunta de Amy resonó como una pregunta de todos, en el silencio que no se había roto desde Ferrerías.

Quizá sea un error intentar recuperar la libertad para otra persona-contestó Jaime, y apretó mi hombro un segundo.
Clara le pegó un bofetón amistoso, no muy fuerte, pero muy espontáneo, y besó mi mejilla.
Amy palmeó mi rodilla derecha un par de veces.

Hannan y mi padre eran, realmente, libres.
Estaba entre amigos

Puse la radio y los cuatro marcamos el ritmo de don’t worry, be happy.