Marina

 

Marina quería escribir, pero no sabía cómo hacerlo.

¿Cómo hago para que no me salga cursi?, se preguntaba una y otra vez.

Quería escribir, sobre todo, porque sus recuerdos no la dejaban tranquila, y estaba convencida de que si los sacaba de su encierro y los dejaba ordenados en un papel, no la molestarían más.
Básicamente por eso. Aunque intuía también que podía conseguir ciertas mejoras en su estado de ánimo por el hecho de dar un camino de salida a la expresión de sus sentimientos. Incluso le rondaba la idea en la cabeza de restablecer por ese medio su propio sentido de la justicia.

Pero Marina le tenía pánico a las lunas plateadas, los puentes sobre el río, los momentos de paz y ternura, los recuerdos de armonía y belleza, y las rememoraciones de un primer amor.

Pánico a que todo aquello, que tan plena le había hecho sentirse, se convirtiera en un amasijo de lugares comunes, de cursilerías infectas, de imágenes sin autenticidad, al depositarlo en palabras escritas.

Así que se decía a sí misma:

“Sí, estaría bien, eso de escribir. Pero hay personas que saben hacerlo y otras que no; yo soy de las que no”

Y se dedicaba a otras cosas.
Le regalaron un palo de lluvia, su hija se lo regaló. Y Marina movía el palo, y el sonido de la lluvia llenaba su habitación, de modo que sólo con cerrar los ojos ella podía ver perfectamente una cortina de agua sonora y persistente cayendo sobre toda la existencia, cubriendo el cielo y las paredes de las casas, las ventanas y los árboles.

Se dedicó a colaborar en un centro de ayuda para niños discapacitados.
Allí, empleaba la música como elemento de reconciliación, una especie de puente extendido sobre ese río que había apartado a algunos niños de la comprensión.
Ellos no conseguían comprender del todo ese mundo absurdo al que habían llegado sin consulta previa, y la música, palo de agua incluido, les llevaba de la mano hacia el puente.

Cuidaba de sus padres, ancianos y necesitados de ella.
Muchas noches de velar en el hospital donde de vez en cuando tenía que ingresar a algunos de los dos, Marina pasaba ratos sola en la habitación, donde el enfermo que había hecho que ella naciera, dormía su agotamiento de lucha desigual contra el tiempo y el desgaste.
Se quedaba mirando la noche por la ventana. Y la luna redonda y grande allá arriba establecía un pacto de quietud y paz con Marina. Quédate quieta como yo-parecía decirle- deja, como yo, que las cosas sean como son, y limítate a verlas como son; bastará con eso para que las veas hermosas y plateadas.

Un día, a la salida del Mercadona, se encontró a la Magia, a punto de entrar para la representación anual del “compre tres pague uno”.
Hola – dijo Marina- ¿tu por aquí?
-Sí, pero no vengo a comprar nada – se disculpó- Es que me han llamado para la campaña esa de tirar una casa por dentro de una ventana, ya sabes.
-Ya – sonrió, comprensiva – oye, por cierto, si tuvieras un ratito libre para venir a tomar el té por la tarde. Me gustaría hablar contigo de un proyecto.
- Lo sé, lo sé – la Magia parecía algo abatida – te tengo apuntada en mi agenda desde el viernes, pero, hija, llevo un tute... tienes que disculparme. Te prometo que pasaré en cuanto pueda.

Se despidieron con un gesto amable, y Marina marchó a su casa, a preparar la comida para ella y su hija, repasar unas facturas urgentes, dar los medicamentos a sus padres y preparar su próxima sesión de músicoterapia.

Al llegar, descargando como estaba los paquetes de las bolsas en la cocina, oyó de repente un ruido extraño en el otro extremo de la casa. Dejó los bricks de leche en la mesa de la cocina, y las bolsas, aun sin deshacer, en el suelo. Se dirigió a la sala portando una lechuga en una mano y un bote de nescafé descafeinado en la otra, y abrió la puerta.
Allí estaban: con sendas tazas de té en la mesita del tresillo, su hija y la Magia estaban charlando amigablemente envueltas en un halo de luz que llegaba de la calle, a través de la ventana; la luna plateada las iluminaba a las dos, dejando una franja brumosa y llena de misterio a su alrededor, donde dos niños manipulaban el palo de lluvia y provocaban con ello un diluvio al otro lado de la ventana.

Marina se asomó y vio como la calle se había convertido en un torrente incontenible, los coches eran ya de madera y navegaban ligeros y gráciles sobre las aguas. El agua alcanzaba los niveles del primer piso, y, desde su tercero, Marina vio en la ventada del edificio de enfrente, a su altura, un hombre observándola fijamente. Lo reconoció en cuanto sus miradas se encontraron

Miró un momento hacia atrás, y su hija y la Magia, en el centro de la luna plateada, asintieron a la vez, sin decir palabra, y siguieron tomando el té como si nada

-Puestas así las cosas... - pensó Marina

Esperó sólo unos segundos a que el puente terminase de alargarse desde una ventana a la otra, bajo la luna plateada, claro, y comenzó a andar, en dirección al hombre que ya lo estaba cruzando.

-Qué cursi es todo esto-pensó, feliz