Luna
El aire de la noche de verano Con su tibieza de silencio calmo Ha convertido como por ensalmo Mi dolor lacerante en un cercano Sentimiento de cosa establecida.
Parece que reconocer la herida En su propia dimensión, su justo precio, Consigue reducirla en su medida Y me rescata de ese empeño necio En creerme de la muerte tan cercano
Mis pasos me conducen quedamente A la orilla del mar, allá en el puerto.
No hay nadie, mi caminar incierto Me aleja poco a poco de las luces De los barcos en la oscuridad anclados Hasta llegar donde la roca sabe De la insistencia del agua en su patente Intención de desgaste permanente; Ella, sin embargo, no se inmuta.
Yo he completado al fin mi ruta. Y ahí me la encuentro nuevamente
Redonda, blanquecina, inalterable Ilumina con esa luz amable La oscuridad de mi noche casi eterna Ahí está incansablemente tierna Esperando atenta mis lamentos Para darme una vez más esos momentos En que me siento por alguien asistido Sin juicios, deseos ni contrastes Análisis, razones y mil lastres Mentales de un corazón que ha muerto.
Por eso vengo a verla con frecuencia Porque ambos hacemos lo que es propio Yo hago el loco hablándole a la luna Ella me escucha con calma y con paciencia Y al volver a casa he conseguido Enfrentar sin tanto horror aquella ausencia Que empezó, día más o día menos, Al siguiente de haberte conocido.