El trabajo

1

- Sintiéndolo mucho, no puedo aceptar su solicitud. Reúne usted condiciones, pero...

Etcétera, etcétera; el mismo cuento de otras veces. “No es que no valoremos sus cualidades, no se trata de nada personal, nos hubiera gustado poder seleccionarle”, en fin. Lo de siempre.

Salió a la calle con una amarga sonrisa en los labios. ¿Qué puede hacer un hombre, cuando le dicen que nació quince o veinte años antes de lo debido? El problema no lo tuve a los veinticinco, lo tengo ahora ¿qué sugieren que haga con los años que me sobran?

El tráfico era intenso a aquella hora de la tarde. Las calles semejaban un hormiguero de personas atareadas, desplazándose con rapidez, a pesar de la aglomeración, como si todos estuvieran de acuerdo en moverse de tal modo que nadie obstaculizase la prisa de los demás al buscar pasillos por donde colarse ágil y apresuradamente.

Además – pensaba Eric – qué absurdo. Si poseo la experiencia y los estudios que exigen es porque... tengo la edad que tengo. Sería imposible haber terminado la licenciatura de empresariales y la de económicas... y tener una experiencia mínima de cinco años en dirección de empresas, si uno recién hubiera cumplido los veinticinco. Lo que pretenden es una contradicción. ¿Quizá quieren dejar desierto el puesto de trabajo para después entregárselo sin competidores a un amiguete del jefe de recursos humanos?

Anduvo unos metros distraído en sus pensamientos. Su ritmo, mucho más lento que el de los viandantes ocupados, que le adelantaban o se cruzaban con él, se ralentizó más aún al acercarse a la terraza de un bar sobre la acera. Tenía seca la garganta.

Ocupó una mesa vacía, junto a una pareja de adolescentes que tomaban el sol sin otra ocupación, en apariencia, que investigar posibilidades nuevas en sus móviles.

Al camarero que se le acercó con solicitud le pidió una cerveza bien fría, y agradeció con una sonrisa de aprobación que se la trajera en jarra helada. Te has ganado la propina, macho, pensó.

Eran las siete de la tarde, pero el calor estaba todavía apretando fuerte.



2

- Suena a lugar común, lo sé; imagino que estás harto de escuchar la misma frase miles de veces. Pero la verdad es que... ya no lo soporto...
Julián se encogió de hombros. Con la frente llena de surcos horizontales, miró a su amiga.
- No importa nada, si es o no es un lugar común. ¿A qué viene eso ahora? Lo que me interesa saber es por qué sigues con él, si no lo soportas.
- Sigo con él porque no puedo hacer otra cosa – Ana miró a Julián con beligerancia – y no lo soporto porque está cada vez más insoportable.

- ¿Qué es eso de que no puedes hacer otra cosa?

- Es tan hermoso...

- Satanás es hermoso, dicen. Y dicen que es malvado.

- No me fastidies.

Julián abrió las manos. – Vamos – dijo –quiero enseñarte mi nuevo telescopio.

Salieron a la terraza; el atardecer ofrecía un cielo limpio y aromático, se sucedían los días mas calurosos del verano. Como quien no quiere la cosa, Julián pasó el brazo sobre los hombros de Ana, y la condujo despacio y en silencio hacia el antiguo trastero que había transformado en observatorio astronómico.

El perro del vecino, a través del cañizo no muy tupido que separaba las dos terrazas, les ladró moviendo la cola, en un gesto de buena vecindad. El ocaso se acercó un poco más, oliendo a madreselva.



3

- ¿Qué haces aquí solo, niño? ¿Te has perdido?

La mujer se acercó, observando fijamente al chiquillo. - ¿dónde están tus padres? – preguntó
- No tengo – contestó el niño – murieron.
- Ay, dios mío, pobre criatura....!!! Pero, entonces...¿con quién has venido? ¿estás con tus abuelos? ¿quien te ha traído aquí?
- Mis abuelos también murieron – el crío levantó sus grandes ojos azules hacia la mujer – en el mismo accidente, íbamos todos en el autobús.
- Por Dios, Virgen Santa – la mujer, horrorizada, miró a su alrededor, como buscando algo o alguien - ¿con quién vives? No debes tener más de cinco años...
- Seis – corrigió seriamente el niño – los cumplí el domingo pasado.

Con un repentino arranque de determinación, la mujer le agarró de la mano. – Ven conmigo – dijo – vamos a seguridad, no puedes andar solito por aquí.

El niño se dejó llevar; buscaron por entre la multitud que atiborraba a esa hora los grandes almacenes, hasta que una dependienta solícita, se acercó:
- Parece usted estar buscando algo – sonrió amable - ¿puedo ayudarla?
- Señorita, necesito encontrar a alguien de seguridad, este niño...
- Anda...!!! – saltó la dependienta – pero si es Felipito...!!! ¿otra vez haciendo de las tuyas, gamberrete?
La mujer la miró estupefacta - ¿le conoce? Me lo acabo de encontrar junto al departamento de Hogar y Enseres, parece estar perdido y, santo cielo, es huerfanito , y...
- Es el hijo del dueño, señora – la sonrisa de la dependienta denotaba cansancio y paciencia a partes iguales – imagino lo que le habrá contado, nos tiene fritos a todos con sus historias.
- Venga, Felipito – añadió – vamos con tu padre, que igual ya terminó y te anda buscando por todos lados. Gracias, señora – se dirigió a la mujer – disculpe si el niño la alarmó, personalmente lo mandaría al colegio, no sé si me entiende, pero yo aquí soy sólo una dependienta.
Agarró al niño de la mano y se dirigió con él hacia las oficinas.

4

El Ministro de la Gobernación observó a su colega, actualmente al frente de ministerio de Defensa. Nunca le había gustado el aspecto falsamente aristocrático de Meléndez. Se conocían bien, ambos, eran los dos miembros más antiguos del Gabinete y no existía apenas cartera ministerial que no hubiera ostentado cada uno de ellos. El hecho de mostrarse siempre como rivales irreconciliables era sin duda el principal motivo de que en las sucesivas remodelaciones se hubiera considerado estratégicamente aconsejable mantener las dos tendencias más marcadamente opuestas, para garantizar el equilibrio en el equipo ministerial de turno.
- Así que – concluyó Meléndez con sonrisa meliflua – nuestras posibilidades en las próximas elecciones están totalmente en manos de ese cretino. Si no conseguimos quitar de en medio – pareció alisar el aire con la mano al decirlo – a Reina, y , con ello, asegurarnos de que la información que obra en su poder no se divulgue, estamos fuera de toda opción.
- Agradeceré a mi ilustre colega – el tono del Ministro de Gobernación era intencionadamente adusto – toda la precisión que pueda aportarnos para interpretar adecuadamente la expresión “quitar de en medio”.

Se hizo un incómodo silencio. Meléndez miró con gesto airado hacia el que acababa de hablar, pero se contuvo al percibir que el Presidente levantaba la mano.

- Todos somos conscientes – dijo en un claro intento de poner paz – de que la situación es difícil, y creo que estamos de acuerdo... en que el amigo Reina se ha convertido en un elemento muy peligroso para nuestros fines. Debemos mantener la calma y buscar la forma de minimizar ese riesgo.


5

Eric experimentaba la extraña sensación, en la terraza de la cafetería, de estar siendo observado. Dejó sobre la mesa la jarra espumosa y helada y se giró. Nadie parecía, sin embargo, haber reparado en él. Los dos adolescentes continuaban con sus pesquisas en el mundo del gsm; un par de ancianos tomaba el sol con los ojos cerrados; el matrimonio de extranjeros que al llegar Eric se estaban filmando alternativamente el uno al otro, seguían haciéndolo.
Decidió hacer caso omiso y volver a su cerveza; pero la sensación seguía, extrañamente, con él.
Se esfumó con la misma facilidad con que se había presentado, al oír una estridente parodia de la cuarenta de Mozart que procedía del bolsillo de su americana. Agarró el teléfono móvil y la voz del que le había estado entrevistando hacía menos de una hora le sorprendió por completo.

- Han surgido novedades, señor Gallardo...me he permitido molestarle porque, si lo recuerda, me quedé con su número de móvil precisamente para el caso de que apareciera algún imprevisto que modificara nuestra decisión. ¿ Cuándo le iría bien que volviéramos a hablar sobre un trabajo para usted?

Eric miró asombrado el aparato, como si no terminara de creer lo que estaba oyendo. – Bueno – contestó al fin – en realidad estoy muy cerca de sus oficinas, me he detenido en la cafetería de la esquina a beber algo...¿quiere usted que vuelva a subir a su despacho?
- No, haga una cosa...quédese donde está y yo me acerco un momento. Quiero hablarle de una posibilidad que me acaban de ofrecer y que podría interesarle a usted. Hablaremos más relajados ante una cerveza. Espéreme.

6

- Por Dios, que guapísimo es...!!!
- Ana, un poco de seriedad, este chisme es para mirar estrellas, planetas y esas cosas, no para...
- Deja, deja, quita la mano de ahí, y déjame mirar tranquila.
Ana apartó la mano de Julián, que intentaba levantar el telescopio hacia el cielo, y siguió observando a través de él al hombre que hablaba, en la cafetería de enfrente, por un teléfono móvil
- Pero, además...- alegó su amigo -¿no estábamos en que no podías dejar de pensar en tu novio, por muy insoportable que sea?¿A qué viene ahora ese repentino ataque de lujuria por un completo desconocido?
- Nada de lujuria, Julián, no seas basto; pero ¿tú has visto cómo está ese hombre? Precisamente lo que te dije de mi novio es que no lo soporto, que si no lo he dejado es solamente porque está buenísimo, y...resulta que este tío que tengo ante las narices está mucho mejor que él, ya ves.
- Desde luego, las mujeres sois la repera – rió Julián. Voy a por un par de cervezas y vuelvo; procura refrenar tus pasiones, no quiero encontrarme el telescopio quemado al volver.

7

- Serán diez minutos, te lo prometo. En cuanto termine con el balance voy para casa. Si prefieres dejar al niño aquí, no hay problema, enseguida iremos los dos para allá
El Director de los grandes almacenes aseguró a su mujer, por enésima vez, que podía marcharse tranquila, que su hijo estaba jugando en la guardería de la tercera planta, bajo la vigilancia de una cuidadora especializada, que mientras ella llegaba a casa y calentaba la comida, él terminaba el balance... que enseguida irían Felipito y él a cenar...

El niño, sin embargo, vio a su madre bajando por la escalera automática, salió rápido y silencioso de la guardería y bajó tras ella. Llevaba una planta de retraso y por eso, cuando llegó a la planta baja, ya no la pudo ver.

8

- Asunto solucionado, Reina no molestará más.
El Presidente enarcó las cejas. - ¿Estás seguro?
- Completamente, deja que se ponga en marcha lo que he maquinado y te garantizo que podemos olvidarnos del tema.

La aprobación admirativa que vio en la mirada de su Presidente colmó de satisfacción al Ministro de Defensa. Palmeando dos veces en la espalda de Meléndez, el Presidente se retiró.


9

Julián Reina dejó las cervezas en la mesa de la cocina, y fue a abrir la puerta; el timbre insistió todavía dos veces, antes de que tuviera tiempo de llegar y dar entrada en la casa a un niño de seis años, que, con aspecto preocupado y semi lloroso le preguntó
- ¿ están aquí mis papás?

10

- Yo habré puesto ya en antecedentes al Sr. Reina – explicaba a Eric el amigo del ministro de Defensa.
Eric desconocía, obviamente, la relación que pudiera tener el hombre que le estaba haciendo esa oferta, con cualquier miembro del Gobierno. Lo único que estaba entendiendo entre la primera y la segunda cerveza era que “al final, mira por donde” le estaban ofreciendo un trabajo.

- El Sr Reina fue en realidad cliente nuestro hace años, nos encargamos de la contabilidad y fiscalidad de sus empresas hasta que decidió, por cuestiones familiares, trasladarse al Sur. Ahora acaba de volver a la capital y nos solicita un experto para dejar en sus manos el reinicio de sus actividades empresariales.

Bebieron en silencio durante unos momentos. El sol, cada vez más bajo, mostraba los primeros síntomas de misericordia.

- Le he traído este sobre, puesto que hoy es viernes y mi intención es que el lunes a primera hora se ponga en contacto con Reina. Contiene los datos relativos al último estado de cuentas de sus empresas, y les puede ayudar a ustedes dos como punto de partida, como primer contacto. Vaya usted a la dirección indicada en el sobre y entrégueselo a Reina el lunes.

Cambiaron unas frases corteses, agradecimiento, buena suerte, ha sido un placer, espero que todo...etcétera.

Eric volvió a quedarse solo, pero en la mesa, junto a la jarra, había un sobre con un nombre y una dirección. Un trabajo para el lunes.

Con la atención repartida entre sus pensamientos filosóficos y las características del sobre en cuestión, Eric no se percató de la presencia de tres personas ante su mesa. Dos y media, quizá.

Filosóficamente, Eric recapacitaba en cómo la coincidencia en lugar y tiempo de circunstancias inconexas podía generar situaciones inesperadas. El sobre tenía, por otro lado, textura ligeramente rasposa y color gris oscuro que sugería contenidos poco románticos.

De las tres personas ( igual eran dos y media ) la más pequeña del grupo señaló a Eric con el dedo. Era un niño de unos cinco o seis años y dijo claramente: - Este es mi papá.
Las otras dos, un hombre y una mujer, adultos los dos, miraban a Eric con distinta intensidad. Mucho mayor la de la mujer, notó Eric cuando finalmente, ante la afirmación del crío, levantó la cabeza.

- No entiendo – dijo
- Es un placer – se apresuró Ana
- Este sobre lleva mi nombre y dirección – se sorprendió Julián
- Hola, papi – sonrió el niño
- ¿Usted es el Sr. Riera? – se asombró Eric – no pensaba encontrarlo hasta el lunes...No me llames papi, niño, haz el favor.
- Es amigo mío – afirmó rotunda Ana – nos conocemos desde, puf, ni me acuerdo desde cuando...!!! Trabajamos los dos en la televisión, empezamos juntos en los informativos. ¿No le suenan, nuestras caras?

- ¿Me permite? – preguntó Julián – y sin esperar respuesta, abrió el sobre.


11

El mecanismo de relojería dentro del sobre estaba programado para explotar el lunes a primera hora.
En el móvil de Eric estaba grabado el número de teléfono de quien se lo había entregado. Una conversación, breve pero en términos muy claros y terminantes, que mantuvo Julián con él, permitió conocer sin demasiadas dificultades el origen de la trama.

Después de proceder a devolver a Felipito con sus auténticos padres, Julián aseguró tener cierta prisa en llegar a los estudios de televisión. – Hay algunas cosas que deben salir al aire cuanto antes, a ser posible en el informativo de esta misma noche.
Ana accedió amablemente, a petición de Julián, a invitar a cenar a Eric – su intervención, bien que involuntaria, ha sido providencial - afirmó Riera – hablad de las posibilidades de encontrar algún trabajo para él en nuestra cadena, hablad de vuestras cosas, hablad de lo que queráis. Yo me voy a la tele, a hablar de los miembros del actual Gobierno de la Nación.


Remago