El proyecto
1
Puesto que Valentín era el único de los tres que creía con firmeza en el proyecto, suya fue la tarea de convencer a los otros dos. Pedro no decía resueltamente no a la idea, pero tampoco llegaba nunca a decir sí; en cuanto a mí, como todo el asunto me pareció una auténtica salvajada y una locura desde el principio, le dije llanamente que no contaran conmigo. Pero Valentín apenas hizo caso de mi negativa, alegando un argumento que a él le semejaba irrebatible: El proyecto era inviable sin mi intervención, dijo, bastaba tener dos dedos de frente para comprender eso, dijo. Además, dijo, tu harás lo que yo te diga.
Puestas así las cosas, Valentín se dedicó en cuerpo y alma a convencer a Pedro, pues según él, una vez Pedro decidido, ya podíamos empezar. A mi, la verdad, esa actitud me molestó un poco, no sé, me estaba dando una sensación no muy agradable de que yo era allí poco menos que el último mono...
Se acercó el camarero con los cafés que habíamos pedido, y Valentín hizo una pausa, pero en cuanto nos quedamos otra vez solos en aquella mesa del rincón, continuó con persistencia. Mira, Pedro, está todo calculado hasta el menor detalle, nada fallará porque nada puede fallar, tu mismo has reconocido mas de una vez que no nos distingues y sin embargo estas cansado de vernos juntos desde niños, si tu no nos distingues, dime como lo va a hacer un extraño; además, no olvides que nadie, absolutamente nadie sabrá allí que tengo un hermano gemelo.
Pedro me echó una rápida ojeada y volvió la vista a Valentín. Está bien, dijo, pero quiero la mitad. Yo enrojecí cuando dije, la mitad? Pero si somos tres...
Valentín me entiende, sonrió Pedro, es como si fuéramos dos.
A mi eso me sentó fatal. Iba a decirle a mi hermano que qué narices pensaba, que a ver si íbamos a consentir, cuando él se encaró con nuestro amigo y negó con la cabeza: no te pases, Pedro, todo el plan es mío y tu intervención no justifica más de , como mucho, un 40. Y todavía somos generosos, dije yo medio indignado, serás el que te lleves mas de los tres: 40, 30 y 30, ya me dirás...pero el gesto mezcla de lástima e impaciencia de mi hermano me hizo ver que no eran esas las cuentas.
En serio, puede que yo no tenga una personalidad tan fuerte como la de Valentín, eso no lo niego, pero también tengo mi dignidad, así que levanté el dedo índice en dirección a ellos dos y dije, oye, si estáis pensando que voy a trabajar por amor al arte...
Me ignoraron. Pedro dejó en la mesa el precio de los cafés y se levantó; de acuerdo, dijo 60 y 40, pero de los billetes de avión y el hotel te encargas tú.
Y, despidiéndose con un gesto, se marchó.
2
Mis padres siempre dijeron , respecto a nosotros, que éramos un caso de gemelos anómalos, según (afirmaban con unción) la ciencia médica más avanzada. Univitelinos, ADN idéntico, aspecto físico imposible de distinguir...y, sin embargo, facultades mentales completamente distintas.
Por alguna razón, desde muy pequeños Valentín decidió que las diferencias de intelecto que hubiera entre nosotros dos eran asunto exclusivo de nosotros dos y de nuestros padres. En el colegio se encargó de que nuestras notas fueran las mismas por el sencillo procedimiento de sustituirme en los exámenes, después de conseguir, en una brillante conferencia en el despacho del director del colegio, en presencia de mis padres, convencerlos a los tres de que era mucho mas positivo para el desarrollo de nuestras individualidades que estuviéramos en clases distintas.
Luego, cuando en casa las cosas se torcieron y mi padre se encontró en el paro, Valentín dejó el colegio, cogió el mando de la empresa familiar y compró un carrito de esos de vender chucherías, alquiló al ayuntamiento un local en el mercado y nos metió a hacer turnos a mi padre y a mi en el carrito y mi madre y él en el mercado. No volvió nunca, al colegio.
Desde entonces la cosa siempre fue así. Valentín tenía ideas, organizaba proyectos y repartía los trabajos, y los demás, mis padres y yo, íbamos haciendo según él nos iba diciendo; para mi en realidad, era muy cómodo y muy tranquilo, pensaba siempre que Valentín sabía lo que había que hacer en cada momento y antes o después nos lo diría; pero el colegio lo tuve que dejar también, por un lado necesitaba tiempo para el carrito y por el otro, desde que Valentín se había ido, los parámetros que medían mi coeficiente intelectual empezaron a caer en picado y en mi casa consideramos que antes de que fuera peor me convenía dejar de ir por allí.
Resulta curioso observar la cantidad de tiempo que uno puede vivir de rentas, en algunos aspectos. Me refiero a que cuando Valentín primero y yo después abandonamos el colegio, todos nuestros amigos y conocidos, profesores y gente de nuestro entorno pensaban que éramos ambos dos chicos muy inteligentes. Si hubiéramos permitido, quedándome yo solo en la escuela, que las pruebas objetivas a que periódicamente nos sometían los profesores delataran la realidad de los hechos, ya que Valentín no estaba allí para sustituirme, quizá en poco tiempo las percepciones que todo el mundo tenia de mi inteligencia hubieran cambiado, situándose más cerca de la realidad. Pero ante la ausencia de situaciones que despejasen el engaño, yo seguí pasando durante mucho tiempo por una persona tan inteligente como mi hermano, es decir, muy inteligente. Me llamaba mucho la atención comprobar como, una vez que a uno le han colgado ya la etiqueta correspondiente, cualquier comentario idiota que uno hace se recibe como algo ingenioso, o si no, con un doble sentido demasiado agudo para que todos puedan entenderlo. Si alguien te tiene por una persona muy lista, cuando lo que dices no corrobora eso ni mucho menos, resulta preferible, al parecer, suponer que no te han entendido que cuestionar la etiqueta que te han colgado.
En fin, crecí acostumbrándome a la sensación de que mirar a Valentín era como mirar lo que quizá sería yo dentro de diez o quince años, éramos gemelos, pero él era, excepto en el aspecto físico, diez o quince años mayor que yo.
Un día, a la salida de unos grandes almacenes me sucedió algo bastante sorprendente. Estaba enfrascado en la tarea de sortear la marea de gente que entraba, cuando noté que alguien me estiraba de la manga del jersey, desde detrás. Me giré y antes de tener tiempo para reaccionar de una forma o de otra, una mujer rubia se me abrazó y me besó apasionadamente allí mismo.
Después que hube recogido mis bolsas del suelo ella me agarró del brazo y me condujo con soltura fuera del mogollón de gente para decirme, Valentín, mi vida, como puedes ser tan cruel? Verá, señora, dije yo, pero ella no me escuchaba, seguía hablando y llevándome del brazo en dirección contraria a mi casa, hasta que nos sentó en una terraza de una cafetería;”un campari para mi, un bitter para el señor”, le dijo al camarero que se acercó, yo levanté un dedo(el bitter no me gusta) pero el camarero como si no me viera.
Yo ya había comprendido que se trataba de alguna de las conquistas de Valentín, en realidad lo comprendí bastante rápido, esta vez, porque ella me había llamado con el nombre de mi hermano casi enseguida después de besarme y abrazarme.
Con algunas personas resulta facilísimo mantener en secreto tu propia identidad, si te han confundido con alguien; como no tienes la opción de hablar un solo momento, te limitas a dejar que las cosas vayan fluyendo, y fluyen.
Vaya si fluyen. Antes de soltarme para poder ir yo a mi casa, me llevó a la suya sin preguntarme opinión y cuando estuvimos allí tampoco me dejó hablar más que un momento, después de encender cada uno un pitillo, que le pregunté donde estaba el baño y si podía darme una ducha.
Después, comiendo en mi casa, les conté la historia a los tres y aunque mi hermano rió tanto como mis padres, pero yo noté que al final, cuando ya hablábamos de otros temas, él se me quedaba mirando con cara pensativa, como si estuviera reflexionando sobre temas muy importantes.
Confusiones originadas por nuestro físico idéntico, las había habido siempre, pero Valentín eligió la estrategia, desde ese día, de propiciarlas, poniendo especial atención en lo que respecta a detalles como peinado, ropa, afeitado y corte de pelo; yo seguía sus instrucciones lo mejor que sabía y el resultado fue que incluso nuestros padres tenían dificultades, a menudo, para distinguirnos el uno del otro. Me obligo a ensayar ante el espejo sus propias formas de moverse, mucho mas fluidas y sueltas que las mías, su especial manera de hablar, plena de convicción y seguridad; me convertí en una especie de segundo Valentín, y en realidad no me desagradaba. Su personalidad siempre me había gustado más que la mía propia.
3
Valentín se había casado muy joven, y se había casado muy bien, como solía decirse en aquella época. Su mujer era la única hija de un terrateniente muy conocido en las altas esferas de la política del país. Eso le llevó a relacionarse con mucha gente importante y su ambición se encontró con montones de posibilidades y de puertas abiertas.
Pero algo no marchaba bien en mi hermano, me di cuenta de eso antes que nadie porque en cierta forma era como si algo no marchase bien en mí.
El podía haber llevado una vida más que satisfactoria si no hubiera sido porque esa palabra, satisfactoria, tenía con toda evidencia un significado muy diferente para él que para la mayoría de los mortales y, sin duda, para mí. Lo tenía todo a favor para prosperar y desde luego prosperaba a pasos agigantados, pero su ambición de riquezas avanzaba a velocidad mucho mayor que su prosperidad.
Un día nos convocó a Pedro, su amigo íntimo de la infancia, y a mí en un bar de la localidad. Nos llevó a la mesa mas apartada y nos explicó un proyecto que tenía, y para el cual necesitaba nuestra colaboración.
En resumen el proyecto consistía en que Valentín tenía la oportunidad de ganar un montón de dinero a condición de estar en dos lugares distintos
en el mismo momento.
“ Escuchad con atención – dijo – en los ambientes en que se mueve mi suegro, se conoce mucha gente; la característica común a todos ellos es el dinero; otra cualidad no tan común pero si frecuente es la excentricidad. En un condado de Inglaterra, existe una costumbre de los más curioso entre los señores potentados del contorno. Son gente muy rica y muy trabajadora, con poco tiempo para destinar al ocio y a la farándula. Presidentes de grandes sociedades, directores de Banca, navieros y constructores...
Pero, siguiendo una costumbre ancestral, cada año, por primavera, organizan una gran apuesta. Ellos pretenden mantener la tradición de sus antepasados que creían firmemente que el trabajo diario y un poco de ejercicio matinal son suficientes para mantenerse en buena forma física, sin necesidad de especiales condiciones atléticas. A tal fin, organizan cada año una carrera en que solo pueden participar gente de alto nivel económico, puesto que condición esencial para inscribirse es depositar 100.000 libras esterlinas que pasan a formar parte del increíble lote de dinero que se lleva el ganador de la carrera.
Como podéis imaginar, todos hacen trampa. La carrera era limpia y el fairplay predominaba en los inicios, hace varias generaciones, de la apuesta. Pero el montante del premio ha llegado a ser tan extraordinario ( cada año hay mas participantes, y la cuota de participación aumenta su precio ) que apenas nadie ya está dispuesto a permitir que factores como el azar o la buena condición física habitual sean los que decidan. Así que me consta que muchos de los participantes se preparan intensamente en gimnasios desde un par de meses antes de la prueba, a pesar de que las normas de la carrera prohíben expresamente tal cosa. Y desde hace años, no es solamente el que llega a ese día mejor preparado físicamente el que suele ganar el premio exorbitante de que os hablo, sino que con frecuencia la astucia y la inteligencia son parte muy importante de la carrera.”
Mi hermano hizo una pausa y me miró: “ni tú-dijo- ni yo somos personas excepcionalmente dotadas para el deporte. Pero vamos a ganar esa carrera.
Necesito la aportación de Pedro en dos cuestiones. La primera es financiera, yo solo no puedo reunir las 100.000 libras, necesito que Pedro invierta al menos la mitad. Además tendrá un trabajo que hacer allí, he estudiado el terreno y he alquilado una casa desde cuya terraza y con la ayuda de unos prismáticos se puede controlar todo el circuito de la carrera.
El plan es sencillo: iremos los tres por separado, una semana antes de la prueba, nos instalaremos en esa casa, que está en medio del campo, Pedro y yo. Tú, en cambio, estarás en un hotel en el pueblo, no quiero que nos vean juntos porque si eso ocurre todo el plan se derrumba. El día de la apuesta, a la hora que te diremos y vestido de una forma idéntica a la mía, harás que un taxi te conduzca a un lugar prefijado, junto a un bosque que bordea casi todo el circuito. Cada uno de los tres llevará un teléfono en el bolsillo de la chaqueta.
No sé si os lo he dicho aún, pero los participantes no iremos vestidos de atletas, sino de gentlemans de la city, eso forma parte también de las normas.
El resto es fácil. Pedro vigilará toda la distancia a recorrer con los binoculares
Y me avisará en que lugar y en que momento no tengo a nadie lo bastante a la vista como para que mi desaparición en el bosquecillo colindante pueda ser percibida. Lo mismo hará contigo, que estarás situado a pocos metros de la meta, dentro del bosque.
Cuando llegues vencedor, tú serás yo, o yo seré tu, como prefiráis. Solo tendrás que sustituirme en ese momento y poco más, para recoger el premio. Luego nos encontraremos en la casa y organizaremos la vuelta al redil por separado.”
A mi todo aquello me pareció una barbaridad, francamente, y lo hubiera argumentado si me hubieran dejado, pero estaba seguro de que aquellos dos no me iban a escuchar y además pensé que si ellos eran al fin y al cabo los que se exponían a desgraciar 100.000 libras, debían saber lo que hacían.
Transcurrió todavía una semana antes de que emprendiéramos viaje, y durante ese tiempo estuvimos repasando concienzudamente todos los detalles y analizando las posibles modificaciones en caso de que surgieran imprevistos.
Al fin, una mañana soleada de domingo, dos días después que Valentín, y al día siguiente a que lo hiciera Pedro, subí a un avión que me llevaría a Inglaterra.
4
En aquél hotelito pequeño, absolutamente silencioso, de paredes con colores crema, y comedor que te hacía pensar en una casa de muñecas, no tardé en opinar que la mayoría de las precauciones que habíamos tomado eran innecesarias. En Inglaterra la gente no te ve; excepto en el caso hipotético de que te dirijas directamente a alguien saltando como Tarzán y dando gritos roncos y amenazadores ( y en ese caso tengo mis dudas ) los ingleses, en general, no te ven. Puedes pasar delante de ellos dos, cinco, ocho veces andando como un simio, puedes hacer el pino ante sus narices mientras volteas aros con los pies...ellos no te ven.
Esa particularidad británica me animó bastante. Pensé que las probabilidades de que el taxista que me llevaría al día siguiente a mi bosquecillo de marras se fijara en mí, me hiciera preguntas o intentase averiguar si tenía un hermano gemelo que iba a participar en una carrera, eran nulas. Y si no tenía que preocuparme de eso, no tenía porqué preocuparme de nada.
Me veía a mí mismo recogiendo tranquilamente el premio ante la indiferencia de todos los presentes, parando un taxi para que me llevase de allí al aeropuerto sin que siquiera me dirigiera nadie la palabra, y volviendo a casa sin más anécdotas que contar que las veces que pasaría por el detector del aeropuerto antes de que dejase de pitar por mis llaves y mechero y etcétera.
El día de la gran aventura, así pues, me levanté de la cama de un humor excelente, pleno de confianza y buenos presagios. Después de una estimulante ducha, me vestí meticulosamente con todos los accesorios previstos para que ni el más mínimo detalle permitiera distinguirme de Valentín, y bajé a desayunar. Me permití dar dos palmaditas en el hombro de la camarera al saludar good morning y desayuné de forma sobria pero alimenticia, sana pero medianamente abundante, como conviene a todo aquel que se dirige a ganar la carrera de su vida.
Tal como estaba previsto, el taxista me dejó en mi destino diez minutos antes de que la carrera empezase. Salté la cuneta que me separaba del bosque y me introduje sin prisa pero sin pausa entre los árboles.
Solo había caminado unos metros cuando pude divisar, detrás de la espesura, el tramo de camino semi arenoso, dibujado claramente entre la hierba, donde aparecería yo segundos después de que Pedro hiciera sonar mi teléfono móvil. A escasos doscientos metros hacia la derecha... la meta.
Me acerqué un poco más a la pista de carreras, para estar preparado cuando sonase la llamada de Pedro.
Y entonces todo se volvió loco.
Detrás de los últimos árboles, al borde mismo del camino me encontré lo siguiente:
Tres caballeros correctamente vestidos, estaban sentado ante una mesa de camping mientras una especie de mayordomo les servía un tentempié; a escasos metros de ellos, dos hombres con apariencia de agentes de bolsa hacían flexiones preparatorias, como los jugadores de fútbol antes de salir al campo. A mi izquierda, un gentleman miraba con sus prismáticos en dirección a la salida de los corredores. Siete u ocho caballeros más, andaban paseando con bastón y sombrero en las cercanías.
Los observé a todos un segundo y en un arranque le pedí con un gesto al de los binoculares que me los dejase un momento, a lo que accedió amablemente. En dirección a nosotros pude ver como corrían con elegancia y donosura varios calcos exactos de las personas que estaban a mi lado. Devolví los prismáticos a su dueño y me senté en el suelo, anonadado. No había nada que hacer, el plan era un fracaso.
Pero, de repente, me levanté con un impulso . Con la misma luz cegadora de un relámpago en la noche, pasaron por mi mente una serie de pensamientos con una madre común: yo iba a, tenia que, ganar esa carrera.
Tenía ante mí la oportunidad de ser, por primera vez en mi vida, alguien más que el hermano de Valentín. Yo no iba a ser el hermano del que ideó el proyecto, él iba a ser el hermano del que ganó la carrera. El proyecto, siguiendo sus planes paso a paso había resultado un fracaso total, pero yo podía conseguir que fuera un éxito, no por sus capacidades, sino solamente por las mías. Todo lo que él había organizado, todo lo que Pedro y él habían hecho, no servía absolutamente para nada, solo servía lo que yo hiciera, solo en mí residía la posibilidad de que un proyecto de tres fructificase finalmente por causa de uno, de mí. Montones de Valentines podían tener la misma idea de mi hermano, los hechos lo estaban demostrando, pero solo yo podía ahora correr y ganar. Todos esos años de estar supeditado a las iniciativas de Valentín, toda esa dependencia de mis más nimias decisiones en mi vida cotidiana...
Sonó el móvil y apenas oí el “ahora” de Pedro y yo ya estaba corriendo en medio de la pista junto a un montón de personas más que respondía también a un aviso similar.
No veía a ninguno de mis competidores, no veía nada sino el final de aquel camino en el que ya se divisaba rápidamente la pancarta de llegada, no sentía mis pies tocar el suelo y yo era plenamente consciente de que no corría como alma que lleva el diablo solamente para llegar a la meta, sino también y en especial, para huir, huir como un loco de una vez y para siempre de una situación que ya no quería que durase más en mí.
Crucé la meta y perdí el mundo de vista. Cuando volví a estar consciente me encontré en la habitación de mi hotel y había un cheque a mi nombre con una cantidad absurdamente increíble escrita en él, depositado en mi mesita de noche. A mi lado se encontraba un señor muy serio, vestido impecablemente de negro y observándome con cierta atención discreta.
“La llave que encontramos en su bolsillo nos dio la dirección de su hotel-dijo-
felicitaciones de todo el equipo organizador por su premio. Se encuentra usted bien, necesita usted algo?”
Miré nuevamente el cheque y sonreí “Me encuentro estupendamente y no necesito nada más, gracias” El hombre me dio la mano y se despidió.
Cuando llegué al aeropuerto de mi ciudad me di cuenta de que llevaba unas ropas incomodísimas que no había siquiera notado durante el tiempo de la carrera y me habían estado molestando terriblemente todo el viaje de vuelta. Fui a mi casa, me duché y me puse ropas cómodas. Luego me dirigí con el cheque en el bolsillo a la oficina más cercana del banco; allí ingresé el cheque en la cuenta de mi hermano y luego me fui a pasear por el parque.
Valentín y Pedro llegaron al día siguiente, y mi hermano me llamó por teléfono a las pocas horas de su llegada.
“Enhorabuena-dijo, y añadió: he dejado en mi cuenta el 5% de las ganancias para cubrir gastos de viaje y en concepto de porcentaje en los beneficios por nuestra colaboración ,y también para recuperar Pedro y yo nuestra inversión. El resto del cheque lo tienes a tu disposición en tu cuenta.”
Los dos sabemos que yo no soy bueno para administrar tanto dinero, y que él será el que lo haga, pero eso da igual. Ninguno de los dos tiene dudas, ahora, de que quizá algún día yo invente un proyecto, y que puede ser un éxito o un fracaso, así como quizá algún día Valentín tenga que participar en una carrera, y es posible que la gane...o tal vez no.