Calinga
Llevaban dos años casados, y se habían ido a vivir en medio del campo. La finca que ocupaban, propiedad de los padres de ella, tenía una casa vieja, edificada pensando más en el espacio que ocuparían los animales en la planta de arriba que los payeses en la de abajo. La remozaron y adecentaron y aprendieron a vivir sin electricidad.
Había que recorrer, una vez abandonada la carretera, cinco kilómetros todavía de camino sin asfaltar hasta llegar a la finca y este hecho confería aún más carácter de retiro y alejamiento de la civilización al lugar en que vivían.
Ella trabajaba en un colegio en el pueblo más cercano, y él tenía, algunos kilómetros más lejos, su oficina, en otro pueblo.
Un día, al salir él de su trabajo, cuando todavía no había abandonado las calles del pueblo para lanzarse a la carretera hacia su casa, un conductor despistado invadió el carril contrario y se produjo el accidente, inevitable. No iban rápido ninguno de los dos, y salieron ilesos los dos conductores, pero la frágil chapa de los coches resultó tan espectacularmente dañada que no parecía siquiera pensable poder continuar viaje hasta la finca. Sin embargo, esa misma fragilidad permitió que, a base de músculos y pocos miramientos, el mecánico del pueblo liberase las ruedas delanteras de los escandalosos roces metálicos que impedían la marcha normal, y, pendiente de arreglar al día siguiente los desperfectos, el hombre continúo su rutinario viaje hacia la comida que él mismo y su mujer habían cocinado la tarde anterior, según costumbre.
Al acercarse a las barreras metálicas que daban entrada a su finca, reconoció inmediatamente, detenido frente al portal de la casa, el coche de su amigo. Este se ganaba la vida, en aquellos días, como visitador médico, en representación de un laboratorio farmacéutico; y periódicamente, por tanto, se veía obligado a visitar los pueblos de Mallorca, incluido el del recién estrenado campesino.
Después de las muestras de alegría por el reencuentro y los efusivos puñetazos de rigor en el estómago ajeno, el amigo reparó en el estado del coche y puso cara de espanto.
Ondia, dijo, qué te ha pasado? Y luego se giró alarmado, oye, estás bien, te has hecho algo? No, no me he hecho absolutamente nada, estos coches de ahora tienen la chapa como cartón, ya lo sabes Le contó el accidente mientras se dirigían a la cocina, ponían la mesa y se repartían lo que había para comer Hablaron de lo divino y lo humano, recordaron juntos al resto de los seres queridos que vivían en la capital, bucólicamente abandonada por los aspirantes a agricultores y cuando su amigo le preguntó por la mujer, el contestó: sale dentro de media hora del trabajo, estará contentísima al verte llegar conmigo, yo voy cada tarde al pueblo a recogerla con el coche, por las mañanas la acompaña el payes vecino y ella se queda a comer en el colegio. Tenemos que esperar un poco para poder comprar el segundo coche....
...Pero- apareció una expresión preocupada en la cara del amigo – ella se llevará un susto de muerte cuando vea el coche en esas condiciones. Pensará que te ha pasado algo.
Eso durará sólo el segundo que tarde en mirar al volante y verme completamente normal, contestó, tranquilo, el hombre...A no ser... Y en sus labios apareció una sonrisa.
Se conocían de toda la vida, desde niños; juntos habían hecho las mejores gamberradas, juntos y con esa capacidad de compincharse, de entenderse sin hablar, inventaban sobre la marcha canalladas con las que tomar el pelo a cada una de sus novias, cuando aún eran solteros los cuatro. Les bastaba una mirada para transmitir al otro que empezaba la comedia, y seguirla inmediatamente a dúo, lo cual les había facilitado siempre el éxito en sus malévolos proyectos.
Vamos, dijo el hombre, es hora de acercarse al colegio.
Aparcado el auto muy cerca de la salida del instituto, cambiaron de asiento. Y de expresión, en cuanto vieron salir a la mujer. Al llegar ésta junto al coche su rostro expresó al alimón horror y ansiedad. Se acercó a la ventanilla del conductor y allí se encontró con la sorpresa del amigo ocupando el lugar en que debería estar su marido. El cual, en el otro asiento, había conseguido un gesto lelo y como perdido, mirando el horizonte de través, y moviendo lentamente los labios, sin emitir sonido alguno. ¿Qué ha pasado, que tiene, que se ha hecho??? El amigo, cara preocupada y conciliadora hizo amago de intentar calmarla. Tranquilízate, dijo, sólo ha sufrido un fuerte golpe en la cabeza. El médico dice que si en las próximas doce horas deja de repetir esa palabra y vuelve a la normalidad, no habrá de que preocuparse. Si no...habrá que ir a urgencias, por si hubiera lesiones cerebrales. ¿esa palabra???qué palabra???La mujer estaba a un paso del histerismo Calinga Solo dice calinga, desde el accidente ¿cómo, calinga?¿eso que significa? Y sin esperar respuesta se movió rápidamente hasta la otra ventanilla desde donde poder dirigirse directamente a su marido. Le agarró frenética por un brazo, sintiendo que su histeria aumentaba al ver la cara de subnormal con que su marido la observaba y le preguntó a gritos: dime, estás bien, te sientes bien??? Calinga, contesto él. Pero dime algo-chilló la mujer-dime si te duele en alguna parte...!!! Calinga, repitió.
Al ver el pánico en la cara de ella, el amigo consideró llegado el momento de poner fin a la broma y bajó del coche sonriendo alegre y amistoso, el marido de ella le imitó y acto seguido recibieron con deportividad y estoicismo la lluvia de bofetadas que indiscriminadamente llegaron para los dos. Todo el camino de vuelta a casa estuvo amenizado con insultos, improperios, pescozones y risas.
· * * * * * * *
Pasaron los años. El matrimonio se deshizo, como tantas veces sucede. La amistad continuó, como ocurre casi siempre.
El hombre se volvió a casar, más por hastío que por verdadero amor, y naturalmente pagó las consecuencias. Al cabo de un año comenzó a hablar con su segunda mujer de la conveniencia de separarse para no seguir haciéndose daño, a lo que ella, sin embargo, se negó. Transcurrió un año muy duro para los dos y durante ese tiempo la relación entre ellos era cada vez peor, hasta el extremo de que ella, convencida de que todo se debía a deficiencias mentales de su marido, inició una campaña entre la familia de él, haciéndoles conocer su preocupación por la situación síquica que atravesaba su marido. Consiguió el efecto contrario al deseado, sin embargo, y el amigo, en cuanto se enteró de la historia, llamó al hombre para decirle: me gustaría oírte hablar, tu mujer nos dice a todos que estas loco, y tu no dices una palabra. Yo sé que no estás loco, pero no sé porqué no hablas conmigo, porqué no hablas con todos nosotros.
El hombre estaba francamente alicaído. Realmente no tenía ganas de hablar con nadie ni de ver a nadie. Pero comprendió que su amigo le estaba ofreciendo apoyo y quedó en ir a cenar a su casa esa noche. Vivían lo bastante cerca el uno del otro como para hacer el camino a pie, dando un paseo, y eso hizo el hombre. La sombra del mundo oscuro en que se había convertido su casa durante el último año le continuó aplastando los hombros durante las dos primeras manzanas de casas. Pero al girar una curva apareció ante su vista aquél bar donde habían convencido, entre su amigo y él, días antes de su primer matrimonio, a la novia del primero, de que él estaba visitando una prostituta nueva cada día porque temía decepcionar a su novia si se casaba virgen y sin experiencia sexual, recordó el espanto en la cara de su cuñada, y sus protestas estupefactas. Se animó un poco. Sonriendo levemente, se acercó a los grandes almacenes donde, ante una multitud de clientes se habían puesto los dos a bailar cogidos de la mano cantando somos lirios, somos rosas, somos lindas mariposas, contoneando todo el cuerpo y viendo a sus dos novias salir corriendo, con las caras rojas como tomates, para alejarse de ellos y que nadie los relacionase con ellas. Su sonrisa se acentuó. Recordó, ya junto al portal de su amigo la escena del coche junto al colegio de su primera mujer. Y es ésta, pensó divertido, la que les está diciendo a todos que estoy loco... Apretó el botón del portero automático, sacó de las profundidades de su garganta la voz mas amenazante que encontró , y para responder a la rutinaria pregunta del telefonillo, contestó
Calinga, calinga.