Si vas a ver la nieve
Sonó el teléfono y era ella.
Manolo, dijo, has ido ya a comprar la catalítica?
Hace mucho frío para salir a la calle a comprar ni catalíticas ni nada, contesté temblando como un azogado. Toda España esta nevada, ya tenemos aquí otra vez la ola esa de frío polar de cuando el hombre del tiempo de la tele quiere lucirse. Crees que voy a salir de compras ahora?
Pero no seas contradictorio, me riñó, si no quieres continuar con la casa helada tienes que armarte de valor y echarte a la calle a comprar la estufa, si no lo haces vas a pasar una noche gélida, por lo menos.
O no... dije yo sacando mi as de la manga, o quizá no, remaché, igual cojo el coche, pongo la calefacción a tope y me voy a la montaña a ver la nieve.
Ves como eres un contradictorio? Para quitarte del frío, te vas a ver la nieve...
No, veras, me expliqué, para quitarme el frío no he dicho, he dicho que si voy a ver la nieve es por ver la nieve, bueno eso es lo que quería decir, para calentarme lo que haría sería meterme en la cama.
Bueno, si decides ir a ver la nieve y te apetece... puedo acompañarte...
¿Y si decido meterme en la cama? Estuve a punto de preguntarle, pero preferí no complicar las cosas.
Cuando la conocí no me pareció nada simpática, la verdad. Tiene algo, pensé, tiene una especie de firme convicción en sus dotes seductoras, pero no es muy alegre, ni tampoco simpática, eso fue lo que pensé. A mí, desde luego, no me va a seducir, si es lo que se cree. Y eso que está como un tren.
A los pocos días salimos juntos a cenar, con nuestras respectivas parejas. Su marido era un imbecil, eso saltaba a la vista, pronto comprendí que mientras estuviera casada con él, ella no parecería nunca simpática, no se aguantaban.
No se aguantaban o, mejor dicho, ella no soportaba más a Sebastián, y se separó, en efecto, al cabo de un mes... bastante a trancas y barrancas porque no contó en absoluto con su aprobación, cuando definitivamente le dio el pescantazo. No fue lo que se entiende por una separación amistosa...
De repente, sin embargo, se volvió simpatiquísima, y mi mujer empezó a mosquearse.
Me repatea reconocerlo, pero siempre he sido un maldito débil de mierda, con las mujeres. Mi señora, que había captado esa particularidad mía cuando se decidió a adquirirme, tenía también muy presente la debilidad a la que aludo en cuanto se me acercaba cualquier otra mujer, en plan más o menos seductor y simpatiquísimo. De modo que una noche, después de un revolcón algo sudoroso (estábamos en los mas duro del verano) pero satisfactorio, me planteó el tema sin disimulos de ningún tipo: Manolo, hablaba con los brazos cruzados sobre el pecho, casi sobre los dos( son más bien pequeñitos y coquetones) Manolo, dijo, sé que tú estas determinado a que esa mujer no te seduzca, pero te conozco, eres débil con las mujeres, y si permites que se te acerque, te seducirá. Las mujeres somos muy putas, añadió.
Perdona, todas no, opuse, por decir algo. Pero ella zanjó rápidamente el asunto, tu no tienes ni idea de cómo somos las mujeres, así que mejor hazme caso. Ella te quiere seducir, y si no pones tierra por medio, lo hará. Intenté una risa medio sardónica medio de superioridad que no convenció ni a mi cachorro de schnauzer (siempre entra en el cuarto para comprobar que todo está en orden, después de nuestros revolcones) “Menut”, yo lo vi, me miró de reojo y meneó varias veces la cabeza de un lado a otro...y salió del cuarto, manifiestamente aburrido de nosotros.
A todo esto, una noche apareció en casa mi hermano, el policía, diciendo que tenía que hablar conmigo, que perdonásemos la hora (estábamos a punto de acostarnos, esa es la verdad) pero que el tema era urgente. Mi mujer, que a partir de las once de la noche experimenta un furor incontenible contra tertulias, reuniones, charlas y todo aquello que pretenda alejarle del sueño reparador, accedió, sin que se lo pidiéramos, a dejarnos solos “para que hablásemos más entre hermanos”, y se fue a dormir.
Desembucha, tú, que son las tantas; Le serví un lingotazo de güisqui, me puse otro a mí, y me senté en el sofá, junto a la chimenea, en actitud de espera.
No esperé más que unos segundos. Se jaló la bebida de un sorbo, y en cuanto hubo pasado elegantemente el dorso de su mano por los morros, empezó: acabamos de detener a Sebastián, por intento de homicidio. Homicidio de quién, pregunté. De su ex, dijo mi hermano. Pero la ha matado o no, pregunté. No, contestó, se ha cargado un jarrón chino de un tiro.
Y añadió: y si vengo a contarte esto a altas horas de la noche es porque se da la circunstancia de que en la comisaría, cuando le hemos tomado declaración, él ha alegado ofuscación transitoria al enterarse por su mujer (todavía no dice su ex) de que sois amantes. La mitad de mi güisqui se desparramó por el sofá. Amanqué?, grité. ¿Ese imbecil ha dicho que él y yo somos amantes?. No, bestia, corrigió mi hermano, su ex y tú, sois amantes.
¡Lo sabía, te avisé!, oímos los dos, al tiempo que la puerta de la sala se abría. Cariño, la miré con algo de desaprobación en mi gesto, ¿no dormías? No está bien escuchar detrás de la puerta.
¿Cómo has podido? Se me acercó ella rebosando cólera, te he estado avisando y tú has tenido el valor...mi hermano intervino, oye, no te precipites, nadie está diciendo que Manolo tenga una amante, solo tenemos la afirmación de Sebastián.
Mi mujer, entonces, me miró intensamente a los ojos y preguntó: dime, tienes una amante?
2
Siempre me extrañó de mi hermano que, al escoger profesión, le diera por la policía. Él es todo lo contrario de la imagen que uno tiene de un aguerrido servidor de la ley. Se despidió con cierta precipitación, una vez me hubo puesto al corriente con detalle del asunto y de sus posibles consecuencias. Quedamos en que al día siguiente yo me presentaría en su despacho para precisar algunas cuestiones, y se marchó; y nos dejó la casa, que era un remanso de paz y armonía antes de su llegada, convertida en una especie de cabaña oscura sobre la que había caído un cable de alta tensión.
Tengo la costumbre de repasar mentalmente los hechos previos, cada vez que el ambiente en mi casa se vuelve amenazante, para detectar cuál ha sido el error que pueda haber cometido. Yo podía haber tenido en cuenta, por ejemplo, que junto a la sala tenemos un cuarto de baño y también podía haber recordado toda la parafernalia de manipulación de lentillas, limpieza bucal, descarga fisiológica y demás que precede a la entrada de mi mujer en el dormitorio, cuando se va a dormir. Pero, aún así, ¿podía haber previsto lo que diría mi hermano respecto a las declaraciones de Sebastián?
Me encaré con mi mujer y le reiteré mi argumento más sólido: era imposible tener un amante sin saberlo, y yo me acababa de enterar del asunto, como ella misma, por las palabras de mi hermano, y eso demostraba...
Ella me atajó el razonamiento con cierta brusquedad: déjate de tonterías, dijo, no encuentro nada divertido en este asunto, así que abandona esa actitud. De acuerdo, mañana tienes que ir a la comisaría...pero antes de eso llamaremos a esa pelandusca y le preguntaremos por qué razón le ha dicho a su marido que ella y tú sois amantes. ¿Quién de los dos, llamaremos?, pregunté. Tú llamarás, contestó ella. Ahora nos vamos a la cama, a dormir.
Al día siguiente, el teléfono sonó tres veces antes de oír su voz ¿sí, dígame? Hola, dije, soy Manolo, oye mira, siento mucho lo que ha pasado. Ah, hola, no te preocupes, era un jarrón horroroso. No, pero no me refiero a eso, puntualicé, imagino que debes estar...bueno, verás, al parecer tu marido dice - mi ex, corrigió ella - de acuerdo, tu ex dice no sé que respecto a ti y a m,i, y me gustaría...
Ah, eso...- ella soltó una risita – fue por darle en las narices, nada más; además es un plasta insoportable y pensé que igual así me lo quitaba de encima de una vez. ¿Qué tal estáis vosotros, cambió de tema, vais a la fiesta de Julia el sábado?
Pero yo no me dejo manipular tan fácilmente, a veces, y le dije: verás, perdona, pero ¿no podías haberte buscado otro amante imaginario? Sí, claro, contestó ella riendo, pero tú me caes bien. Pues, la verdad (y aquí hice acopio de mi tono de voz más digno y estirado), lamento tener que recordarte que soy un hombre casado y me gustaría...Ella rompió a reír nuevamente: me encantas, dijo, eres tan gracioso, tan tierno...ahora tengo que irme, llego tarde, os espero el sábado en lo de Julia, eh?...y colgó.
Las oficinas del diario en que trabajo están en el centro de la ciudad, y desde mi casita en el campo tengo cada mañana quince minutos largos para entretenerme con mis pensamientos mientras conduzco de forma mecánica. Cuando llegué a mi visita diaria al despacho del Gran Jefe a recoger instrucciones para el día, los pensamientos de esos quince minutos me tenían bastante confuso. El Gordo, así le llamábamos cariñosamente, me sacó sin contemplaciones de mi abstracción.
Hola, Manolo, dijo, a las diez te esperan en la guardería municipal, hay una manifestación contra el ayuntamiento por la subida de los precios de la guardería; a las once y media, la concejala de educación ha convocado rueda de prensa en el Consistorio.
A la una, te espera en su casa una mujer que ha sido objeto de un intento de asesinato por parte de su ex marido, nos ha prometido no hablar con nadie de la prensa antes de hacerlo con nosotros, le he explicado la campaña de nuestro diario en el tema de la violencia familiar. Aquí tienes su dirección.
Y me dio un papelito.
3
Calculé que tenía tiempo de ir a ver a mi hermano antes de acercarme a lo de la manifestación, me dirigí a la comisaría y nada más llegar me encontré a Sebastián, acompañado de una especie de trotskista con trenca, melena y gafas redondas que, deduje, debía ser su abogado; estaban charlando los dos con mi hermano y otro policía. Cuando Sebastián me vio entrar, me lanzó una mirada cargada de odio y le dio un codazo al abogadillo. Al tiempo que mi hermano me salía al encuentro, entraron en la comisaría dos agentes acompañados de cinco mujeres de aspecto un tanto “batallador”; dos de ellas se acercaron inmediatamente a Sebastián y se colocaron frente a él con los brazos en jarras y actitud desafiante; una de las tres que habían quedado rezagadas, me pellizcó el trasero al pasar y me sonrió con frescura al girarme yo alarmado; Sebastián había sacado la cartera del bolsillo y estaba entregando unos billetes, lo cual producía efectos visiblemente pacificadores en las dos reivindicativas de marras; mi hermano me agarró del brazo y me condujo hacia su despacho, esquivando a un borracho que estaba argumentando ante un agente: al parecer la razón por la que había estado orinando en una de las estatuas de leones del Borne era un asunto de territorialidad, si uno no marca su propio territorio ( y aquél, insistía, era su barrio desde que nació) se merece todo lo que le ocurra después, con los leones o con quien sea.
Mi hermano sacó un papel de uno de los cajones de la mesa y lo puso delante de mí para que lo firmara.
Dices que conoces a los interfectos y que te consta que llevan varios meses separados, también dices que tu única relación con ambos es de amistad...aquí se interrumpió y se me quedó mirando. ¿Cómo has dejado a tu mujer?, me preguntó. Bastante mejor de lo que me la dejaste ayer tú, le contesté. Oye, lo siento, pero...Déjalo, no te preocupes, esta mañana he telefoneado a la mujer de Sebastián para preguntarle porque había dicho esas bobadas, y ha quedado claro que solo había tenido la intención de cabrear a su marido. Bien, todo está bien entonces, dijo mi hermano; hizo una pausa y precisó, bueno, de momento al menos. Enarqué las cejas en interrogación, pero él solo hizo un gesto, nada, cosas mías, tú ten cuidado. Le di un puñetazo amistoso en el estómago, él se dobló con un gruñido, y yo me fui.
Delante de las verjas que daban entrada a la guardería municipal se había formado todo un espectáculo, para cuando llegué. Una muchedumbre de papás, mamás y niños abarrotaba el acceso a la entrada. Alguna que otra pancarta haciendo alusión al parentesco de la concejala de educación con el actual alcalde socialista ( todo el mundo sabe en la ciudad que son primos hermanos), un nutrido grupo de inmigrantes trabajadores de la construcción rodeaba al vicepresidente de la Asociación de Padres de Alumnos escuchando obnubilados su perorata parlamentaria respecto al Estado de Derecho y las subidas de cuotas en las guarderías; otro grupo algo más reducido había decidido montárselo a su aire y jugaban con sus niños al corro de la patata comeremos ensalada, mientras dos maestras progresistas procedentes de la flor y nata de la burguesía ciudadana intentaban explicar el concepto “precio político” a dos cargadores de muelle cuya única percepción de todo el asunto era que de golpe y porrazo se habían enterado de que mantener a sus críos en la guardería les iba a costar este curso exactamente el doble que el anterior, por causa de la concejala de educación que, dicho sea de paso, ni siquiera tenía un buen polvo.
Acerqué la grabadora al vicepresidente para recoger sus palabras, no sin antes presentarme y hacerle saber que mi diario estaba dispuesto a apoyar sus reivindicaciones. El hombre, ni corto ni perezoso, se caló sus gafas de concha, atusó su bigote perfecto y sacó un papel del bolsillo de la americana. Hizo una seña leve para que mi grabadora se pusiera en marcha y empezó a leer. Esta asosiasión de padre dalumno de la guardería munisipá se ve en la obligasión de denunciá a lo medio púrblico er comportamiento inasetable de laztuá consehala deducasión, y en conzecuencia y cohabitasión, de su primo, er zeñó arcarde...
Distraída mi mirada entre los que rodeaban al orador, me encontré súbitamente con un rostro alegre, iluminado, precioso. Ella estaba allí detrás, con su pequeño en brazos, mirándome directamente a los ojos y sonriendo encantada.
Desconectaba yo la grabadora mientras ovaciones y gritos de la gente aprobaban el final del discurso vicepresidencial y ella me agarró del brazo. Vamos a tomar algo aquí al lado, dijo, falta media hora para lo del ayuntamiento. Verás, intenté disculparme, yo quería aprovechar ese tiempo para hacer algunas cosas...No seas memo, me cortó, si despachamos ahora tu trabajo de la una en mi casa, luego tendrás más de media hora para hacer tus cosas. Comprendí que, visto así, ella tenía razón, y me dejé llevar.
Yo ya lo imaginaba, pero ella me confirmó con su jolgorio ante la sugerencia, que la simple idea de un artículo sobre malos tratos conyugales en su caso era totalmente absurda. ¿Sebastián? Sebastián no se hubiera atrevido, ni loco, a tocarme...Pero, de hecho, ha intentado matarte, opuse. Vamos, dijo ella, el jarrón que se cargó estaba a tres metros de mí, solo intentó asustarme; es un pobre hombre, te lo aseguro, incapaz de matar una mosca.
¿Entonces, pregunté, la campaña de mi diario contra la violencia familiar...? Olvida eso, en lo que a mí respecta, concluyó. En cambio, todo el montaje que vamos a organizar con este asunto de la guardería, os interesa. Esta noche cenaremos en mi casa el presidente de la APA, la coordinadora de maestros, tú y yo. Perdona, protesté, lo siento pero...Nada de perdona, dijo, nada de lo siento, añadió, ya les he prometido a los demás que tendremos un periodista en la cena y ahora no puedo echarme atrás; mira, vamos a llegar tarde al ayuntamiento, todo el mundo se ha ido ya, terminó, oteando a través de los cristales de la cafetería.
4
El verano terminó. El otoño, que, según Sabina, dura lo que tarda en llegar el invierno, no duró apenas nada. Una noche me encontré sentado frente a la chimenea llameante y cálida, analizando filosóficamente la rápida transición de leño en llama, de llama en brasas, de brasas en ceniza... en ocasiones me da por hacer esas cosas.
Mi mujer, que estaba leyendo una revista, dejó en un momento dado las gafas en la mesa, levantó la vista y me dijo: quiero separarme. ¿de quién?, pregunté yo ¿Cómo que de quien? Tú eres mi marido: de ti. ¿De mí? Pero, mujer ¿por qué? ¿cómo se te ocurre?.
Me lo explicó. Habló conmigo en términos amables y mesurados, como quien hace un esfuerzo para que un niño entienda algo demasiado complicado para él. No le faltaban motivos: de hecho yo no estaba entendiendo apenas nada de lo que me decía, al principio.
Pero al final conseguí entender algo: mi mujer no era feliz, conmigo.
Ella quería, dijo, una relación adulta entre dos personas adultas y estaba convencida ya de que no tendría nada de eso conmigo. Habló de personas que se instalan cómodamente en el papel de despistado, atolondrado, irresponsable, dejando a su pareja como única opción hacer siempre las veces de la persona sensata, ordenada y responsable que se encarga de que todo vaya como debe. También señaló con benevolencia algo referente a mi ausencia de malicia, y aunque no hizo mención expresa a mi coeficiente intelectual, ni habló tampoco para nada de mi edad mental, yo, no sé por qué, sentía todo el tiempo que iba a introducir ese tema de un momento a otro.
Algunas semanas más tarde, cuando ya mi familia y mis amigos habían aceptado la separación como algo irreversible (conocían a mi mujer y sabían de su carácter voluntarioso y decidido) me insinuaron que realmente lo que había ocurrido en mi pareja era que, sin darme cuenta, yo generaba inseguridad en mi mujer, y que eso era lo que de verdad ella no había querido soportar por más tiempo...
En cualquier caso yo me encontré de la noche a la mañana con toda mi vida vuelta de patas arriba. El Gordo me vio tan desorientado que consideró oportuno presentarme una oferta opcional: o unas semanas de vacaciones, o enviarme de corresponsal a cualquier parte del país o del extranjero durante un tiempo, hasta que me hubiera centrado un poco. Si es que eso es posible, me sonrió cariñosamente. Le contesté que me lo pensaría y que gracias.
Fui a ver a mi amigo el psicólogo para que me invitase a un chupito y de paso me dijera cual de las dos alternativas me convenía más; me preguntó si en algún momento, antes de ir a su casa, no había tenido tentaciones de llamar por teléfono a mi mujer para que fuera ella la que me aconsejara, le contesté que no se hiciera el listo, que conmigo no tenía porqué intentar lucir el ingenio, y destapamos una botella.
Siguiendo sus instrucciones, al día siguiente le dije al Gordo que me tomaría tres semanas de vacaciones. Le pedí a un amigo las llaves de un bungalow que tenía en la costa, y con ellas en el bolsillo, me dirigí a lo que durante los últimos años había sido mi hogar, con la doble intención de preguntar a mi mujer( ex, corrigen ellas siempre) si le parecía justo que una de las dos maletas que allí habían quedado me la llevase yo... y si tenía algún inconveniente en que Menut se viniera conmigo ya, puesto que ella había considerado que el perro era mío pero que no me lo entregaría hasta que hubiera encontrado un lugar en condiciones, y, si fuera posible, alguien que cuidará de los dos.
En cuanto paré el motor del coche y me acerqué a la puerta de entrada, comprendí que ella no estaba sola; varias voces distintas mezcladas con risas apagadas me impulsaron, momentáneamente, a volverme al coche y dejar el asunto para mejor ocasión; pero pensé qué bobada, y entré.
Menut se abalanzó hacia mi estómago en cuanto entré, mi mujer se levantó precipitadamente de sobre las rodillas de un hombre, el cual dejó caer sin querer un cenicero al suelo; ya acaricié al perro y saludé a los presentes. Hola a todos, dije, que tal os va? Hola, dijo Sebastián, recogiendo el cenicero, no pienses lo que no es. Una mujer desconocida para mí bailaba con el de la trenca al son de la música romántica que salía del compact y continuó bailando sin que mi llegada pareciera ser advertida por ninguno de los dos.
Por cierto, tengo que hablar contigo, dijo mi mujer; de acuerdo, contesté mientras me dirigía a la habitación que hacía las veces de trastero, yo también.
Vengo a buscar una maleta y también querría aclarar el asunto del chucho. ¿Te vas?, preguntó. Sólo un par de semanas, pero quizá sea buen momento para que me lleve a menut; ella me había seguido dejando a los demás en la sala, y yo noté que estaba algo nerviosa. Mira, dijo, eso que has visto antes, lo de Sebastián...No he visto nada, me hice el desentendido, solo quiero una maleta y llevarme al perro, si no tienes inconveniente. No, no, llévate lo que quieras...pero tendríamos que hablar un momento, antes de que te vayas.
Ya en el coche, terminando de instalar a Menut en el asiento del copiloto, me giré y la encaré, tú dirás...
El abogado de Sebastián dice que, con tu consentimiento firmado, conseguiríamos el divorcio en poco tiempo, es decir, podríamos pedir la separación judicial y el divorcio en el mismo acto y eso aceleraría el proceso. Si a ti no te importa..., terminó ella. Bien, contesté, yo me voy mañana por la tarde, dile que si me trae los papeles por la mañana podemos dejar eso arreglado antes de marcharme.
Entre en el coche y arranqué. ¿Estás molesto conmigo? preguntó ella. No, ¿por qué iba a estarlo? No sé, te noto distante y como con prisa por alejarte de aquí. Tengo cosas que hacer en casa, me voy mañana, como te dije, contesté. Quizá cuando vuelvas tomemos un café juntos, sugirió, quizá, dije, y me marché.
Al día siguiente llegó la sorpresa, vestida de trenca y gafas redondas; yo me había estado preguntando por qué extraña razón el abogado de Sebastián había terminado siendo el abogado de mi mujer pero cuando a esa pregunta acudía la imagen de la sala con mi ex levantándose de encima de las rodillas de Sebastián, yo, simplemente, la rechazaba como algo no operativo ni ecuánime.
Sin embargo todo eso dejó de repente de tener importancia, ante la proposición insólita del abogado. Mi ex, según dijo, estaba dispuesta a cederme la casa y su contenido, puesto que ella pensaba trasladarse a otra ciudad. Lo único que pedía a cambio era la propiedad del jardincillo que rodeaba la propiedad, para montar en él un invernadero. Me quedé estupefacto. Pero... la casa está dentro del jardín...¿pretendéis que para acceder a mi vivienda tenga que entrar cada día en un jardín-invernadero ajeno?. No, corrigió él, pretendemos dejarte unos metros delante y al oeste, vallados convenientemente para separar las dos propiedades. Luego me estuvo mostrando unos planos en los cuales se habían marcado nuevos lindes alrededor de la casa, de forma que le quedaba un minúsculo jardín junto a ella y más de la mitad del resto quedaba separado por una pared. Yo no sabía si me estaba tomando el pelo o si hablaba en serio. Para qué quiere ella un invernadero precisamente allí, sobre todo teniendo en cuenta que se va a vivir fuera?
El de las gafas me miró fijamente. Lo que deberías preguntarte, matizó, es por qué motivo se te da la oportunidad de quedarte con la casa sin litigio alguno, que seguramente perderías, además. Bien, pues por qué, pregunté. Pues sencillamente, porque tenemos prisa, y un juicio retrasaría mucho el comienzo del negocio del invernadero. En cambio, una firma en este papel- y me puso delante un contrato para que lo firmase- nos permitiría poner en marcha el asunto inmediatamente. Y, ya que estamos...¿por qué tanta prisa?, iba a preguntar yo. Pero sonó el timbre de mi piso recién alquilado y fui a abrir la puerta. Entonces, desenvuelta, perfumada, sonriente y arrebatadora entró ella.
5
Me besó en las dos mejillas y al ver al de las gafas, hizo un gesto de desagrado, al tiempo que parecía decir ya me lo estaba imaginando...
He sabido que te vas, y quería tomar una copa contigo antes...pero veo que estás ocupado. Por cierto, espero que no hayas firmado ningún convenio con ese sujeto cediendo parte de tu jardín- sonrió- lamentaría saber que has permitido que te tomen el pelo.
El de las gafas enrojeció súbitamente y yo, que estaba ya con el bolígrafo en la mano, me detuve. A qué te refieres? , pregunté. Todavía no hay nada firmado, aclaré...y me quedé mirando al abogado.
El de la trenca hizo un movimiento extraño, como si fuera a decir algo que acababa de recordar, levantándose curiosamente sobre las puntas de los pies y señalando al cielo con el dedo. Menut, que nunca gruñe, gruñó, la sonrisa esplendorosa abrió la puerta sin decir nada, pero quedándose en casa, el abogado salió por la puerta abierta mascullando algo referente a las personas entrometidas y ella, todavía sonrisa esplendorosa, chocó manos con menut mientras reía; luego, cerró la puerta. Cerró la puerta y se me acercó. Invítame a un café, anda, me lo merezco porque acabo de hacerte un hombre rico; bueno, en realidad ya lo eras, pero he evitado que te esquilmen como a un borrego. De qué hablas, pregunté ya en dirección a la cocina. Existe un pedazo de tu jardín que vale más que diez o veinte casas como la que te ofrecían en ese contrato que ibas a firmar, dijo. Yo estaba de pie frente a los fogones, colocando la cafetera sobre el fuego y ella parecía estar dispuesta a esperar vigilante hasta que el café empezara a borbotear, puesto que, desde detrás de mí, apoyó la cabeza en mi hombro y, como al descuido, me abrazó por la cintura, y así se quedó, mirando soñadoramente hacia mi cafetera negra modelo italiano.
Puedes explicarme-balbuceé-en que consiste ese extraordinario valor de tu pecho izquierdo, perdón, de mi jardín; y como te las arreglas para oler siempre así?. Haciendo un esfuerzo, la separé suavemente para colocar dos tazas vacías sobre la mesa, y me senté en una silla, señalándole la otra.
Sebastián, dijo ella, vino a verme, pretendía convencerme de que volviera con él; y no se le ocurrió mejor argumento al efecto que confesarme que tu ex y él han firmado un contrato de explotación conjunta de una veta de galena que hay en el subsuelo de tu casa. Galena, repetí yo estúpidamente. Galena, dijo ella: sulfuro de plata. Y de donde ha sacado Sebastián la idea...De un zahorí, me interrumpió. No creo mucho en los zahoríes, dije. No tienes porqué creer, sentenció. Sólo tienes que esperar los resultados de la prospección y no firmar convenio alguno de separación antes de eso.
Tomó un sorbo de café mirándome fijamente por encima de la taza. Yo bebí un sorbo de la mía mirando distraído su escote.
Las mujeres interpretan las miradas distraídas como le parece bien a ellas, la verdad es que yo estaba pensando en mis cosas, en aquel momento: vetas de galena, el bungalow que me esperaba, un barco de vela de esos no tan caros, las islas del Egeo, lo de la varita de los zahoríes, que siempre me había parecido un cuento...
Pero ella, al parecer, tenía otros temas en la cabeza. Terminó su café, se acercó a mi silla y me besó.
Creo que ya he hecho alusión a mi maldita debilidad con las mujeres. En mi habitación me aseguré firmemente que aquello no era un caso de seducción, hablando en puridad. Mientras ella se desvestía, y yo jubilaba con urgencia mi viejo axioma de que las mujeres que más prometen siempre pierden vistosidad sin ropa, me dije a mí mismo que dos personas libres pueden tener una aventura sin más trascendencia, si a los dos les apetece, que no me estaba dejando seducir, y que hay que ver como estaba la niña...pero no me dio tiempo, tampoco, a pensar muchas cosas más. En fin.
Ya puestos, y en vista de que dos personas libres pueden tararí tarará, ella dejó a su pequeño con la abuela y se vino conmigo las tres semanas al bungalow. Fueron unos días magníficos y a mí me encantaba la sensación de vivir como si no fuera mi amigo, el psicólogo, sino yo mismo, el que había parido aquella profundísima frase de “hoy es hoy, y mañana es mañana”. Tuvimos puestas de sol en el horizonte marino, rape con salsa de mariscos en nocturnidades de restaurantes con velitas en las mesas, mañanas de hacer el vago en la cama, el vago paseando junto al mar, el vago escuchando música en la cabaña, el vago.
Hablamos de lo divino y de lo humano, de la libertad en las relaciones, de las Islas del Mar Egeo, de los faroles en el poker, de un mundo de solo bicicletas, de la limpieza de los chiclés en los termos de gas, de la libertad en las relaciones, del sexo con palabras y el sexo sin palabras, de cuando los estorninos te ponen el coche perdido, de la libertad en las relaciones, del vuelo en ala delta, de los distintos tipos de pijamas, de las libertad en las relaciones, de Woody Allen.
De la libertad en las relaciones.
A los dos meses, nos casamos. El zahorí de Sebastián encontró trabajo de camarero en un mesón de propietarios salmantinos, y yo me quedé sin barco de vela ni islas del Egeo, sin casa en el campo (se la quedó, finalmente, mi ex) y sin libertad en las relaciones, porque ella, una vez casada, resultó poseer una avanzada técnica en adelantarse a la libertad en la relación, se me adelantaba siempre y, para cualquier ocasión en que se me pudiera ocurrir ir a ver a alguien o a hacer algo, me encontraba siempre con un programa ya prefijado y exhaustivo para mi tiempo no laboral; llegué a dudar, un día, si mi trabajo en la prensa podría continuar mucho tiempo sin conflictos de dedicación y competitividad con las instrucciones diarias de mi señora. Ella es una persona dulce, suave y con un estilo tranquilo y elegante. Ella es amistosa, relajada, seductora y fantástica.
Un día le dije que me estaba ahogando, que llevaba una cantidad de tiempo increíble y desmesurada sin ver a mis amigos ni a mi familia, le confesé que me gustaba tocar el piano de vez en cuando, leer, escribir, ir en bicicleta, volar en ala delta, jugar al tenis, salir de juerga con los amigos. También me gustaba, confesé, me encantaba, estar con ella y que cuando hacíamos el amor, o sea, que qué demasiado y qué todo, pero , me gustaría que lo entendieras, no puedo seguir así...
Pareció muy sorprendida. ¿Has conocido a alguien? me preguntó. Me di cuenta de que no había entendido nada. Luego pensé en los antecedentes que teníamos los dos: ella era la que había dejado a Sebastián, a mí me había dejado mi mujer. Ella era de las que decidían terminar, yo era de los que eran terminados por mi pareja. ¿Qué estaba pasando?...
Fue una separación difícil. Algunos meses después de la última vez que nos vimos, una tarde, fui a pasear a mi perro por una zona que no era la acostumbrada, tenía ganas de ver el mar y me lo llevé andando hasta el paseo marítimo.
Allí me la encontré de nuevo, frente a los barcos anclados en el puerto. Cuando me vio se le iluminó la cara, se agachó para acariciar a menut y luego, volviendo otra vez la mirada a los veleros, me dijo: aquel zahorí era un maldito gilipollas.
Luego nos preguntamos mutuamente como nos iba y todo eso. Le expliqué que mi piso es muy frío en invierno, que las placas eléctricas no eran suficientes y que, antes o después, tendría que comprarme una catalítica de esas.
Remago