Primavera
Un cachorro de pastor alemán salta repentina y ferozmente sobre una mariposa, y rueda torpe por la hierba tras su fracaso. Cuando la bola de lana negra y dorada se detiene, una de las orejas del temible cazador deja caer su punta en doblado triángulo, mientras la otra atiende enhiesta, con infantil y rápido cambio de interés, a los cantos que de improviso está soltando, con una especie de desespero, un ruiseñor instalado en las ramas de un árbol cercano.
Una procesión de orugas asciende lenta y disciplinada por el tronco liso del mismo árbol. Los rayos del sol, en primavera recién estrenada, hacen brillar la sinuosa línea de lo que parece un único lomo de oruga monstruosamente larga, y las gotas del rocío mañanero relucen sobre las briznas más crecidas.
Es primavera. El calor incipiente del sol atempera la mañana, que todavía amaneció fresca, y la va acariciando con dulzura, sin prisas, permitiéndole abandonar su amanecida en un bostezo de largo placer, de desperezamiento amodorrado.
Luis sale al porche con una taza de café en la mano, y el cachorro abandona fulminante sus actividades matutinas para lanzarse a olisquear zapatos y saltar cabriolas de buenos días.
- Hola, Globo – sonríe Luis - ¿qué andabas haciendo, eh?
Globo hace oscilar su cola, cubre de lametazos la mano libre de Luis. Luego, en un repentino alarde de memoria, sale corriendo hacia la mata de alcachoferas donde quedó ayer la pelota de sus juegos compartidos con Luis.
Pero éste, ensimismado en sus pensamientos, no pone atención al cachorro, y se dirige pausado hacia la puerta del garaje. Allí, termina su café en un último sorbo, deja la taza sobre una repisa de madera y abre la puerta de su reciente adquisición, un bmw reluciente de color azul.
En el asiento de atrás, la bolsa de lona verde y gris continúa tal como la dejó la noche anterior. Luis casi puede ver su contenido a través de la tela, y un escalofrío recorre su espalda.
Saca la bolsa del coche con cuidado y prevención y entra con ella en la casa.
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En la parcela 23 de la misma urbanización, Amparo está llevando a la práctica el consejo de su hermana: puedes tener conversaciones subidas de tono, con tu pareja, pero no subas el volumen.
-Mira –está diciendo, con voz tranquila y cortés- dame una excusa, solo una excusa más antes de terminar el verano, y me voy. Te vas a dónde- pregunta su amado Miguel- No importa donde, me voy, te dejo. No busques excusas para dejarme-continúa el debate- si es lo que estás deseando hacer, hazlo. No quiero que te sacrifiques por mí...
Y así durante un rato, sin levantar, si no el tono, al menos el volumen.
Simple mueve los ojos, su cabeza apoyada en las patas delanteras, del uno a la otra, siguiendo con un interés relativo la conversación de sus dueños. Sabe que puede durar un poco más, pero no demasiado; también sabe que si, como en otras ocasiones, la disputa termina encerrándose los contertulios en el dormitorio, no hay posibilidad alguna para él. Pero a veces, recuerda, uno de los dos decide terminar la discusión saliendo de la casa, con o sin portazo demostrativo, y entonces parece que el más socorrido recurso es sacarle a él a pasear.
Simple espera.
En la parcela número 26 Luis ha dejado el paquete encima de la cama de su dormitorio.
La cámara Kirllian.
La ha visto funcionar, no tiene duda alguna respecto a su eficacia... en cuanto a los objetivos que perseguían los artífices de la demostración. Pero Luis tiene proyectos algo distintos, la aplicación que le va a dar a esa máquina no es precisamente leer el aura de la gente para descubrir su estado de salud y actuar en consecuencia.
Luis sonríe y saca la caja de cartón de la bolsa, rompe el papel que la envuelve y recupera, al fin, la cámara de su interior
Veremos, piensa. Si mi idea es acertada, leer el aura de las personas que yo expresamente decida puede tener algunos resultados bastante más interesantes que la recomendación de cuidar la dentadura o ir a hacerse revisar el colon...
Ha llevado bastante trabajo conseguir ese artilugio tan reducido de tamaño, pero ha valido la pena; un armatoste como el original no hubiera sido de ninguna utilidad para mis proyectos. Discreción, nadie debe darse cuenta de que la estoy utilizando.
Sopesa el pequeño aparato en una mano y sonríe de nuevo, satisfecho. Luego comprueba una vez más que cabe perfectamente en el bolsillo de su pantalón.
La deja ahí, llama a Globo y , feliz y optimista, se lo lleva a dar una vuelta. La mañana es preciosa, invita a caminar por la urbanización, Luis decide llevar a Globo hasta el final de la misma, y bajar a la playa. El perro brinca entusiasmado con la idea, y Luis piensa que, en ciertos aspectos, algunos animales llevan una cámara como la que él esconde. Ese perro me lee las intenciones. Siguiendo un impulso, saca la cámara del bolsillo y mira por el visor hacia el cachorro.
El cuerpo del animal está, efectivamente rodeado por unas capas translúcidas, increíblemente hermosas, superpuestas en distintos colores que – según ya ha estudiado antes Luis – indican no sólo un perfecto estado de salud en su perro, sino también, y eso es lo más importante, su actual estado de ánimo. Una especie de rayos de un intenso color dorado y azul parecen emerger desde dentro del cachorro y expandirse hacia el exterior. Rebosante de energía, alegría de vivir y excitación ante la expectativa de ir a la playa con su amo, Globo es un emisor de rayos ultravioletas que le rodean como un arco iris ovalado de intensísimo brillo.
Luis sonríe encantado y guarda de nuevo la cámara en el bolsillo.
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El camino hacia la playa deja atrás las últimas casas de la urbanización y desciende progresiva y suavemente hacia el mar. Pinos de grandes raíces levantan de vez en vez la vereda sin asfaltar y Amparo camina con la mirada pendiente de las desigualdades del terreno. Simple, por el contrario, no ha hecho mas que abandonar el asfalto y una recarga energética ha acelerado sus idas y venidas desde la alta hierba salpicada de amapolas hasta su dueña. Simple es feliz. Es simple, y es feliz.
Amparo no lo es tanto. La conversación con Miguel le ha reafirmado en su dolorosa impresión de que el punto muerto en que se encuentran tiene difícil salida, en caso de que tenga alguna.
No ha habido reconciliación, esta vez. ¿Ha habido, siquiera, una hermosa pelea, para poder después reconciliarse?. La dura realidad es que no parece que la facultad de hacerse daño esté ya en sus manos. ¿Han llegado ya a la bendita – y maldita – frontera de la indiferencia?. Amparo camina lentamente, acariciando distraída de vez en cuando la cabeza de Simple, cuando éste se acerca a requerirlo.
Están llegando ya a la zona en que la arena sustituye rápidamente a la tierra dura y pedregosa. El olor de las algas y el aire fresco de la marina tonifican a la mujer y al perro; ella levanta la cabeza para aspirar con fuerza una bocanada de aire y Simple sale disparado hacia la playa. Amparo pierde de vista al cachorro y su mirada intenta abarcar toda la belleza que el mar desperdiga a través del aire hacia la playa.
Una magnífica sensación de paz y bienestar se filtra desde el silencio del lugar, sólo interrumpido por el susurro de las olas, y llega hasta el interior de la mujer; la cual, queriendo disfrutar el momento, se sienta sobre la arena, a pocos metros de la espuma alargada que aparece y se diluye alternativamente.
Al cabo de unos instantes, oye ladridos y gira la cabeza. Simple ha encontrado compañía, un bulto de sus mismas dimensiones, y los dos corren enloquecidos en simulacro de persecución, frenazo, y perseguido que se convierte en perseguidor.
Y unos metros mas lejos, un hombre que se está acercando a ellos sin prisa.
Lleva algo en la mano, y se inclina de vez en cuando, detiene su marcha y luego continúa. Está haciendo fotos, piensa Amparo.
Dos bultos de cabriolas negras en la arena, mil cabriolas de espuma en el mar pocos metros más allá, en los rompientes de rocas bajas. ¿Cómo puede la vida ser tan feliz sin contar conmigo?. Es feliz y prescinde de mí, me ignora. Amparo
sonríe al darse cuenta de que la idea, en contra de su enunciado, le pone de buen humor. Se levanta de un salto, repentinamente optimista y apaciguada y llama a Simple.
A los pocos segundos se encuentra rodeada de saltos y lametazos. El pastor alemán ha seguido la carrera de Simple y se acerca a la mujer con la misma confianzuda lengua amistosa que su propio cachorro. El cual, después del primer saludo alborozado, se sienta sobre los cuartos traseros y se queda quieto mirando a su dueña y al nuevo amigo. Amparo sabe que está presumiendo. Presume ante el cachorro, de su dueña. Y presume ante Amparo, de la magnífica estampa del pastor alemán.
- Hola
Amparo gira la cabeza, y allí, a dos metros, está el hombre de las fotos
- Hola. Tu perro es muy sociable
- Seguramente todos los cachorros lo son
- Sí, supongo que sí
El hombre alarga la mano.
- Luis Córdoba – dice – estoy en la parcela 26. No te había visto antes por aquí.
Inician el regreso hacia la urbanización, intercambiando informaciones técnicas de sus mutuos calendarios de vacaciones y urbanización playera, ubicación geográfica en la misma y costumbres doméstico-ocioso-rutinarias.
El hombre se detiene un momento. ¿puedo? – pregunta; y antes de que Amparo tenga tiempo de reaccionar, la está enfocando con la cámara. Pero no llega a accionar ningún disparador, parece como si en el último momento se conformase con mirar por el visor.
Sin embargo, ha sido suficiente para un cambio en su expresión
- Te has enfadado mucho, -dice- O bien algo te ha entristecido recientemente. Se la queda mirando con interés, como esperando una respuesta.
Al ver el gesto de asombro de Amparo y su aparente incapacidad para responder, añade: - sin embargo ahora estás ya tranquila, no?
- Déjame mirar por esa cámara, contesta Amparo
Luis se la alarga, y le indica con el índice un pequeño rectángulo que hace las veces de visor.
Amparo se vuelve hacia el mar y enfoca la cámara hacia los rompientes que había estado mirando minutos antes. Apenas puede creer lo que está viendo. Esboza una sonrisa incrédula mirando a Luis y señala con un dedo tembloroso hacia las rocas rodeadas de espuma. Luis asiente en silencio. Entonces ella hace girar ciento ochenta grados la dirección de la cámara y se queda unos segundos enfocando hacia Luis y los dos cachorros.
Se sienta sobre la prominencia que una enorme raíz de pino ha elevado sobre la arena, y le devuelve el artilugio a su dueño, sin quitarle los ojos de encima.
- ¿De dónde has sacado este chisme?, pregunta con voz apagada. Y, tras un segundo de indecisión, añade ¿y porqué has confiado en mi, porque me has dejado utilizarla sin saber nada de mí?
- Olvidas que yo te he estado mirando con ella, antes de dejártela, Luis parece más divertido que cualquier otra cosa.
- Por cierto... ¿qué has visto?. Amparo siente un calorcillo en las mejillas y lamenta haber hecho esa pregunta. Pero ya está hecha, y Luis contesta con inesperada seriedad
- Rebosas ánimo, iniciativa y buen humor... pero todo eso está aplastado, no circula libremente. Algo está rodeando tu aura, algo oscuro y triste que no permite que los colores vivos que emites se expandan y brillen.
- Tu, en cambio, ríes todo el tiempo, exactamente con el mismo color que la espuma en las rocas. Y acaricias todo lo que se te acerca, como el mar la arena. Amparo ha hablado sin pensar, y al escucharse a sí misma, los colores rosáceos de sus mejillas se encienden en un rojo violento. Madre mía – salta - que cojones acabo de decir... Se quedan mirando el uno al otro y rompen en una carcajada.
Amparo se levanta de su asiento y reanudan la marcha.
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Dos años después de esa escena, Luis y Amparo están sentados en una concurrida terraza de bar, en el centro de la ciudad. Es primavera y apenas hay una mesa disponible sobre la amplia acera de la plaza por donde se desperdigan silla y mesas de color blanco.
- ¿Recuerdas? – pregunta Amparo – La primera vez que nos vimos era por estas fechas, en la playa de la urbanización…Allí me enseñaste la cámara.
- Sí, la primavera de hace dos años, creo que fue – Luis hace memoria – Tú estabas ese día encabronada con tu pareja y yo te lo noté, me parece que no te gustó mucho…
Un pequeño sorbo de su café proporciona unos segundos de pausa a la mujer, antes de contestar
- En realidad no me hizo gracia, al principio. Pero solo hasta que me dejaste mirar a mi. Amparo sonríe y añade: Creo que me gustaste en cuanto te vi …a través de la cámara.
- Por cierto – Luis recuerda repentinamente – tenemos que cambiar de pienso Simple y Globo; llevan dos días muy verdes, sobre todo Simple, esa marca nueva de comida para perros puede ser muy lo que sea, pero no les va bien…
Un hombre vestido de gris se acerca a la mesa de Luis y Amparo. Saluda a ambos con un gesto y después de presentarse como el inspector Belón, recita con cierta ceremonia el nombre y apellido de los dos, para añadir
quedan ustedes detenidos por el asesinato de Miguel Grimalt el 28 de mayo del 2000.
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Ante todo, mis felicitaciones por su magnífico trabajo.
En la comisaría, Belón se ha sentado detrás de su mesa y les ha ofrecido un café, que Amparo ha aceptado.
De hecho, han conseguido ustedes ese tópico imposible del crimen perfecto, ya que, tal como tenían previsto, no hubo crimen, sino suicidio.
No esperen interrogatorios cansinos, ni preguntas de ningún tipo, solo tienen ustedes que escucharme con atención.
Cuando nos presentamos en casa de Miguel Grimalt, hace dos años, nadie tuvo la más mínima duda de que él mismo había decidido acabar con su vida. La inicial extrañeza que este hecho pudo provocar se disipó con rapidez. Ciertamente, las condiciones en que vivía Grimalt no cuadraban con la idea del suicidio, un hombre riquísimo, sin problemas familiares ni de otro tipo, en lo mejor de su vida y con mundo en sus manos para ser disfrutado. Pero apareció el diario, ya saben, - aquí el inspector sonrío un poco – y la autenticidad de su autoría era indiscutible. La fuerte depresión que atravesaba el pobre hombre lo dejó todo aclarado. No se puede acusar a una mujer – miró hacia Amparo – por el hecho de que su separación matrimonial haya desencadenado un proceso depresivo en su marido, aunque tal proceso termine en suicidio. Tampoco por el hecho de que el difunto no tenga familia y se encuentre un testamento dejando todos su bienes a su ex-mujer.
Fueron ustedes bastante discretos, no dejándose ver juntos hasta unos meses después del suicidio, en realidad no era necesaria tanta prudencia. Al fin y al cabo ¿qué tiene de particular que una mujer separada inicie una nueva relación? Pero, sobre todo, ¿porqué nadie iba a establecer vínculo alguno entre sus nuevos amores y la muerte de su marido?
Mucho más importante, y eso usted lo comprendió desde el primer momento, - el inspector se dirigió a Luis – era impedir a toda costa que se conociera la relación profesional que usted había mantenido con su cliente, Miguel Grimalt…
- Perdón – una mujer joven acababa de entrar en la habitación, después que unos rápidos golpecitos se oyeron en la puerta. Miró a Luis y Amparo e hizo un gesto de impotencia, mientras intentaba una tímida sonrisa.
Luego se dirigió a Belón.
- Mira, le dijo, te la estás buscando; estoy cansada de repetírtelo, te vas a quedar sin trabajo
- Ustedes disculpen - se giró hacia la pareja- de veras lamento que les haya estado molestando, pero es que no consigo controlarlo, ha cogido ese maldito vicio de cambiar de libro y no hay manera…no entiendo que diversión le encuentra, lo juro.
Belón, que había bajado ligeramente la cabeza en actitud de reo ante el juez, la levantó para intervenir.:
- Cómo que qué diversión. Me gustaría verte a ti, días y días encerrado en el mismo sitio, sin que ese tío de un paso adelante ni atrás. También tú te hartarías, puedes creerme
- No me vengas con esas – cortó la mujer – ya hemos hablado mil veces del tema, y sabes muy bien que a mi me toca esperar a menudo, y espero. Si tú fueras el escritor podrías decidir, vale?. Pero no has tenido una iniciativa en tu vida y te limitas a ir haciendo según otro te marca, y ahora que encuentras un trabajo como personaje de un libro, ahora precisamente es cuando te da por decidir cambios absurdos que, de todos modos, lo sabes bien, no conducen a nada, porque en cuanto llegue el escritor y vea el desbarajuste que has vuelto a armar, te sacará de aquí a patadas. Y, te lo repito por última vez, un día se hartará de tus tonterías y te sacará incluso de tu propio libro.
Amparo y Luis miraban incrédulamente a uno y otro lado, sin terminar de comprender.
- Pero, oiga, - preguntó Amparo- usted quién es? Si no le importa…
La mujer calmó los ímpetus que se habían empezado a desatar segundos antes y regresó a su actitud de inicial timidez. – Por favor – dijo - les ruego que no comenten nada de lo ocurrido; si el autor recibe quejas de nuevo, probablemente mande a paseo a mi marido. Él no es mala persona, créanme, y también hay que reconocer, en cambio, que ese escritor se las trae, tiene más de cinco historias comenzadas, y esa no es manera de trabajar, no les parece? Nos tiene parados sin hacer nada, se va a otras narraciones, de repente le pega la histeria por los poemas y se pasa semanas sin decirnos ahí te pudras, no sabemos nunca cuando volverá por lo nuestro y nos aburrimos cantidad, entiéndanlo. Yo les prometo que mi marido no volverá a molestarles. Adiós, disculpen y que lo pasen bien.
Agarró a Belón por un brazo y, sin resistencia alguna por parte del hombre, lo sacó de la habitación. Amparo, estupefacta, se giró hacia Luis y se lo encontró mirando a través de la cámara en la dirección que habían tomado Belón y su acompañante.
Cuando, finalmente, dejó el pequeño artilugio sobre sus piernas, su mirada tenía una expresión bobalicona.
Nada – dijo – no se veía absolutamente nada.