Mi primera novia
Algo de malévolo y destructivo debemos atribuirle a la memoria para que se produzca esa curiosa valoración que concedemos específicamente a cualquier evento, situación, experiencia que pueda ser antecedida por el concepto “la primera vez”
La primera vez que uno hizo el amor, la primera novia que uno recuerda haber tenido, el primer trabajo, el primer coche, el primer día de colegio, la primera vez que uno estuvo embarazado...
La ausencia de experiencias similares y previas a la relatada, la posibilidad de experimentar sin comparar con algo anterior, porque nada antes parecido habíamos conocido, parece adornar cualquiera de esos recuerdos de un carácter especial, se diría que más limpio, más virgen, más aventurado al no haber memoria, de lo ya conocido, a la que agarrarse.
La denostada memoria que ofrece ese asidero en segundas y terceras veces para evitar riesgo de aventura, es la misma bendita memoria que imprime ese carácter, que insiste en recordar, con el evento, las sensaciones supuestamente extraordinarias, por nuevas, en la primera vez de todo. Así de curiosa es nuestra mente.
Quizá algún día recuerde esta narración por ser la primera que comencé con una especie de ensayo filosófico, cuando para nada era esa mi idea. Yo sólo quería contar lo de mi primera novia.
La conocí cuando yo andaba por los veinte años.
No se debieron producir, en esa época, muchas otras primeras incidencias, porque mi recuerdo en todo lo que a ella no se refiere se presenta más bien entre neblinas e imprecisiones.
Sé, desde luego, en el aspecto medio ambiental, que Gutenberg ya había inventado la imprenta y en cambio Karina no había empezado todavía con lo del baúl de los recuerdos; un tiempo ordenado y tranquilo, en definitiva.
Ella era francesa, mi primera novia.
Aterrizó un verano en mi localidad con el objetivo, oficialmente, de realizar un curso de tres meses. Lengua Española para extranjeros.
Tenía dieciocho años y su padre trabajaba en la industría del turismo; esa debe ser la razón de que conociera a(su padre), y entablara amistad con, un tío mío, dedicado a actividades del mismo ramo, y fue en su casa ( la de mi tío ) donde se instaló durante esos tres meses la hermosa criatura a chapurrear, antes de la primera clase, sus intentos de castellano afrancesado.
Al poco de llegar ya era muy amiga de mi prima, que, además de tener su misma edad, todavía vivía con sus padres; en aquella época, los hijos que dependían económicamente de sus progenitores solían vivir en la misma casa que ellos, de manera que lo de mi prima no era nada extraordinario.
Me la presentó una tarde de junio, cuando todavía era fácil diagnosticar, respecto a las calores.
La que yo sentí cuando me encontré ante los enormes ojos azules de aquella preciosa rubia fue demasiado repentina para atribuirla a la climatología; además de que su recorrido era de dentro hacia fuera, y no al contrario.
Su soltura con el español era, en aquellos momentos, similar a la mía con el francés, de manera que, tras los primeros intentos, pasamos a terreno neutral y nos dedicamos a desentendernos en inglés; para entendernos en esa lengua seguramente nuestras intenciones no eran lo bastante comerciales y financieras, de manera que ese período estaba destinado a durar solamente lo imprescindible.
Aprendió muy rápido.
El español, me refiero.
Lo único que se resistía estoicamente en ella ante la nueva Lengua era el acento, además de algunas palabras equívocas; ante las cuales yo mismo le reconocía, en mi afán de ser amable, mis propias dificultades hasta muy avanzada edad.
- Es normal – le aseguraba, comprensivo – que ante la duda que provocan las palabras oreja y ojera, termines generando una de nuevo cuño que te ofrezca un % elevado de seguridad en que al menos aciertas en parte de lo que dices. Si a mí no se me ocurrió inventar la palabra ojeja es porque no soy tan creativo como tú, ni es mi inteligencia tan práctica como la tuya.
Ella era una persona de carácter y ponía verdadero interés en hacer bien todo lo que intentaba.
Terminaba el verano y ella se expresaba ya con una facilidad pasmosa en mi lenguaje, así que convenimos que mi aprendizaje del francés podía posponerse.
Convenció sin dificultad a su padre de que unos meses más de permanencia en el lugar no sólo contribuirían al perfeccionamiento de su español, sino que además ampliarían su bagaje cultural respecto a un país vecino al suyo propio.
Ella era hija única, era simpática, charlatana, inteligente y muy hermosa. Dudo que su padre le negase nunca nada.
Yo estaba convencido de haber encontrado una joya. Me apunté encantado a la labor de perfeccionamiento lingüístico que justificaba su estancia prolongada en lugares a mi alcance. Y ella lo agradecía a todas luces, anotando mentalmente las observaciones que yo le hacía, solícito, en todo aquello que podía mejorar sus expresiones.
Quizá si no hubiera sido tan de noche, noche oscura sentados en el puerto; tal vez si los rumores del agua no me hubieran tenido algo ensimismado mientras hablaba con ella; es posible que si, cuando la miraba, mi vista se hubiera separado alguna vez de sus ojos increíbles, observando el resto de su cara en lo que la oscuridad permitía. Si hubiera sido diferente la concatenación de las circunstancias, en fin, probablemente me hubiera dado cuenta, aquella noche, de un cierto mohín, que descubrí más tarde, cuando, en un momento de éxtasis amoroso adecuado al momento en que nos encontrábamos ella me dijo, sencillamente
- Te quiejo
Creo que entonces yo no habría contestado, absorto en la hermosura de la noche envolvente, de la forma en que, medio distraído, lo hice
- Quiero, mi vida; es con r. Forma verbal del verbo querer, que también es con r.
No supe entender el silencio que siguió, lo atribuí a que concentraba sus neuronas en establecer la modificación en el cerebro, para memorizarlo luego adecuadamente.
Algo de eso debió haber, por otra parte. Puesto que, pocas noches después de esa, también en circunstancias altamente favorables para expresiones afectuoso-cariñoso-amorosas, repitió la misma palabra, esta vez en el siguiente tenor:
- Te quierrro
Me alegró, la verdad; entendí que continuaba con su magnífica actitud de poner lo mejor de ella en sus progresos y que prestaba atención a todo lo que se le ofrecía como ayuda.
- Estupendo – la felicité – mejoras. Sin embargo, si me permites, hay una diferencia notoria, en la escritura y en la pronunciación, entre la r y la r doble, es decir, la rr...
Entonces, sorprendido, escuche una larga parrafada en francés; recuerdo que comenzaba con “ es que tu vraiment crois”... y terminaba en algo parecido a “tu peut t’aller a la merde”
Durante años recuerdo haber pensado que las francesas son difíciles de entender. Más adelante me he dado cuenta de mi error: son tan difíciles de entender, ni más ni menos, que cualquier mujer de cualquier nacionalidad.