Los dos ladrones
Había puesto el despertador para que sonase a las cinco de la mañana, pero abrió los ojos antes de esa hora y lo desconectó. Se levantó sigilosamente y salió descalzo del dormitorio.
Junto a la puerta de la casa, que había dejado expresamente entornada la noche anterior para no hacer ruido al abrirla, estaba, ya cargada, su escopeta de caza. Escondido detrás de la gruesa madera, oscura y grande, asomó solo lo suficiente para ver el huerto y, alineado ordenadamente en él, el melonar. Abrió un poco la puerta, lentamente y sin hacer ruido, para conseguir el espacio justo; y asomó por allí el cañón de la escopeta.
Estaba amaneciendo y la luz inundaba la tierra marrón libre de hierbajos; el silencio era tan absoluto que cualquier movimiento en las matas de las alcachoferas podía ser percibido sin dificultad, incluso por sus oídos, acostumbrados todavía a la algarabía del tráfico en la ciudad. Solo llevaba dos meses viviendo en mitad del campo, alejado de los ruidos y la contaminación de la vida urbana, y sus sentidos todavía acusaban el deterioro progresivo que la civilización provoca.
Sin embargo, oyó perfectamente la confiada charla de los dos que se acercaban al melonar. Apagada al principio por la distancia, pero cada vez más cercana y clara, hasta que los vio aparecer por encima de la pared de piedras apiladas cuidadosamente.
“El tío ese nos está vigilando, te lo digo yo. Debe ser uno de esos paranoicos enamorados de lo que siembran, y cada vez está mas irritado por la desaparición de sus sandías”
“Lo sé, contestó el otro, pero no me preocupa: es tan estúpido que monta guardia por las noches, no sé de donde imagina que nuestra rapiña es nocturna. Creo que viene de la ciudad, y no sabe lo que se pesca, por aquí”
Esas tenemos, pensó el hombre; además, estúpido. Y agarró con fuerza la escopeta. Ahora veremos quien es el estúpido.
El silencio se rompió en un estruendo que pareció cruzar toda la finca. Acababan de saltar de la pared al huerto, y uno de ellos cayó redondo al suelo; el otro, presa del pánico, saltó la pared nuevamente y empezó a correr a campo traviesa.
En pos de él salió corriendo de la casa y pegando gritos, después de fallar el segundo disparo y cargar nuevamente la escopeta; pasó, en su carrera vociferante, junto al herido que ya agonizaba, y le sonrió malévolamente:
conque estúpido, eh?
El otro le había cogido bastante ventaja, y corría como alma que lleva el diablo, pero el hombre no se detuvo, ya que habían aparecido junto a él, tal como había previsto, dos importantísimos aliados. Ladrando furiosamente, los dos perros le adelantaron en pocos segundos y corrieron tras del fugitivo. Eran dos perrazos enormes, a los que tenia entrenados para guardar la casa y no para esos menesteres, pero él sabía que entre los tres conseguirían su objetivo.
2
Con el dorso de la mano intentaba retirar el sudor de su frente, mientras cavaba, a la vuelta de su cacería, el segundo hoyo junto a el huerto. El primero lo había tapado con piedras y tierra después de enterrar el cadáver medio descuartizado por los perros.
La adrenalina, en su retirada, le hacia percatarse de la aceleración de sus propios latidos, mientras un cúmulo de sensaciones superpuestas le llenaban la mente de confusión charlatana.
Victoria y satisfacción. Lo conseguí, pensaba, me ha costado tiempo y berrinches, pero al fin lo conseguí. La tierra de color marrón oscuro estaba ya tapando el segundo cadáver. Cierta aprensión; era muy temprano para que la pareja de la guardia civil hubiera iniciado su periplo rural de cada día, pero también lo era para que el escándalo, aunque no muy duradero sí muy intenso, de los disparos y los ladridos de los perros, hubiera pasado desapercibido a los vecinos de las fincas cercanas. Antes o después, alguno de ellos dejaría caer comentarios malintencionados frente a la chimenea y el café con el que recibían la rutinaria visita de los civiles.
Terminado el entierro de campaña, volvió a la casa, percatándose por primera vez del dolor en las plantas de los pies y sobre todo de su propia cojera. En su alocada carrera con los pies descalzos, la intensa rabia que le había impulsado se había encargado también de que las heridas que sufrían sus pies no le molestasen durante todo el tiempo que duró la persecución, e incluso minutos después de que todo hubiera terminado.
Ahora sentía un dolor difuso en las dos plantas, y uno sordo y creciente en el tobillo derecho.
Qué estúpida es a veces la gente, pensaba mientras, ya sentado en la silla baja de la cocina, observaba la hinchazón de su tobillo. Estaba imaginando la pregunta idiota de rigor, si algún día llegaba a descubrirse lo sucedido: “Había para tanto? Por unas cuantas sandias...” “Pero, no sabías el riesgo que estabas corriendo, por unas pocas sandías mas o menos?”
Cuando, media hora mas tarde conducía el coche por el camino sin asfaltar, en dirección al pueblo, los chillidos del segundo, sus movimientos convulsos mientras los perros remataban la faena, estaban todavía en su recuerdo Sin embargo el sentimiento que aún predominaba sobre cualquier conato de compasión era de rabia y desprecio. Os creíais muy listos...pensabais que podríais reíros de mí eternamente? El que ríe el último ríe mejor...
3
Al volver a su casa, era casi ya de noche. Lo primero que hizo al bajar del coche fue ir a mirar su huerto. Todo estaba en orden, y el hombre suspiró con alivio y satisfacción.
Había tenido un día muy duro. El comercio que abrió en el pueblo cuando empezó su vida rural no daba ganancias suficientes todavía para contratar a nadie que le ayudase a atenderlo, así que tenia que estar cada día mañana y tarde en la tienda. En general pasaba mucho tiempo tranquilo observando a todos aquellos animales enjaulados que constituían su negocio; solo muy de tarde en tarde entraba alguien con la idea de comprar un cachorro, un lorito o un gallo japonés de plumas exóticamente ornamentales.
Mientras se calentaba algo de cena, recordó sus primeros meses en la pajarería. Aquellas mañanas monótonas, solo alteradas a la hora de salir los niños del colegio cercano a la tienda, niños que pegaban su nariz al escaparate para mirar lo mas cerca posible aquellos animales de aspecto tan estrafalario algunos, tan comunes y conocidos los otros. Allí dentro había jaulas con serpientes, camaleones, colibríes...junto a una jaula con pollitos de campo, conejos y codornices.
El hombre pasaba horas y horas observando a sus animales, alimentándolos y escuchando su parloteo, que, especialmente en las jaulas en las que había parejas de animales, eran casi continuos y el hombre había llegado incluso a entender, en parte.
Pero ese día las cosas en la tienda habían sido mucho mas movidas que de costumbre; parecía como si hubiera un acuerdo para complicarle las cosas. Varios animales se negaron en redondo a comer nada de lo que les ofreció. Un ambiente de irritación general se había apoderado de la tienda y al hombre le pareció en mas de una ocasión recibir como espadas las miradas acusadoras de sus compañeros diarios.
A media mañana, al intentar limpiar la jaula de las serpientes, una de ellas, sorprendentemente, le atacó. Lo que le dejó más alterado no fue tanto la herida y la sorpresa ante el inesperado ataque, como la inmensa algarabía de gritos, ladridos, chillidos, pitidos, maullidos y toda clase de ruidos que se alzó en la tienda, como si todos los bichos vivientes que allí había hubieran estado esperando ese momento para descargar su tensión acumulada y acusadora. Tuvo la terrible sensación de que la serpiente le había mordido en nombre de todos.
A partir de ese momento, había estado todo el tiempo deseando que llegara la hora de cerrar la tienda y volver a casa, huir de aquella hostilidad manifiesta. No podía quitarse de la cabeza la idea cada vez mas asentada de que había una relación directa entre lo que estaba sucediendo en la tienda y sus dos muertes de la mañana. Aunque los animales hablaban muy bajo y entre ellos, al parecer con la expresa intención de marginarle, él consiguió oír la palabra asesino coincidiendo con alguna de aquellas miradas atravesadas.
El hombre terminó de cenar y se dirigió a su dormitorio, ansiando cerrar los ojos y descansar.
Pero no bien hubo apagado la luz y cerrado los párpados empezó a oír los chillidos aterrados de la mañana, cuando la segunda de sus victimas era despedazada por los perros, antes de que él le pegase el tiro de gracia.
“Es la conciencia- se dijo- ya me conozco todo ese rollo” Pero pensó que solo era cuestión de tiempo, que el tiempo borraría poco a poco de su memoria las escenas de los asesinatos, y no tardaría a poder dormir en paz. Solo se trataba de mantener la calma, mientras eso sucedía, y no permitir que sus alucinaciones le pusieran nervioso
Sin embargo, una semana después, el hombre había adelgazado ocho quilos, sus profundas y oscuras ojeras denotaban noches enteras sin dormir y pronto se dio cuenta de que no podría soportar mucho mas tiempo aquellos terribles días entre los animales de su tienda y las peores noches en la soledad de su habitación.
Así que una mañana, se levantó de la cama con una determinación firme y clara, y se dirigió con su coche al cuartelillo de la guardia civil.
4
Cuando el hombre terminó de hablar, el sargento y los dos guardias que le escuchaban se miraron entre ellos con cara de incredulidad y cierta consternación.
El sargento fue el primero en hablar, como mandan los cánones, y le dijo:
“Pero hombre de dios, todo esto que nos cuenta es tan exagerado, tan desmesurado, tan desproporcionado...como es posible que usted mismo no se de cuenta de el lío que se está organizando usted por una cosa mas bien nimia”
“Sí, dijo el hombre, se que no hay proporción entre el robo de unas sandias y el asesinato de dos seres vivos...es por esto que estoy aquí, mi conciencia no me deja dormir mientras no confiese mi culpa”
“No, hombre, no – rió el sargento- lo desmesurado de su actitud es ponerse de esta manera y perder el sueño y la salud por la muerte de dos conejos que le robaban sus sandias; estamos en veda, es cierto...pero una pequeña multa dejara resuelto este asunto”