La música

 

 

Un hombre muy joven, todavía un muchacho, salió de la biblioteca municipal con dos libros bajo el brazo y se dirigió hacia la catedral.

No había nadie dentro, excepto el organista. La luz del mediodía entraba por los rosetones lanzando haces de mil colores que reinaban en la oscuridad general del templo. El muchacho se sentó en un banco. Como si hubiera estado esperando una señal, el organista comenzó.

Con los ojos bien abiertos, el joven vio como las primeras oleadas de sonoridades bajas formaban un manto de serenidad a todo lo largo de la iglesia; sobre ellas, en pocos segundos, el organista envió casi de repente varios relámpagos luminosos que se cruzaron alegres y vivaces en ziczagueos
Juguetones y azulados, amarillos y rápidos, llenando el espacio de chispas a millones que se dejaban caer lentamente hacia el suelo.

Pero el organista acababa de ser rechazado esa mañana, por enésima vez, por su amada, y sin poder evitar el recuerdo de ese evento, las notas lentas y tristes de missing se apoderaron lentamente pero sin tregua alguna de todo el espacio de la catedral. Lágrimas de amor desbordado descendieron desde los rosetones, resbalando lentamente por las columnas góticas y nublando la vista del muchacho. El corazón se le encogió en un espasmo de dolor ante la tristeza del organista, de la catedral y del mundo entero, que lloraba ahora cristales transparentes y rojos desde las agujas mas altas del templo cayendo como una lluvia que inundaba los campos y los mares.

Después de un silencio que señalaba la determinación del organista a no seguir generando ya más tristeza porque la bruma de tristeza que llenaba la iglesia era ya insoportable, el muchacho se levantó de su banco, dispuesto a abandonar aquel lugar; algún crujido de la madera vieja y gastada del banco hizo girar la cabeza del organista en ese momento. Cuando el joven se acercaba ya a la puerta del templo, se levantaron los sones acompasados, alegres y tristes a la vez, de Biscaya; el muchacho se detuvo un momento, de espaldas al organista. Vio entonces como a través de la puerta abierta el mar de azul brillante del mediterráneo se llenaba de velas blancas y limpias que lo cruzaban en un baile pausado y alegre, cantaban las jarcias, sonaba el mar complacido desde sus profundidades, se adelantaban las barcas una a la otra y el olor de las algas llegaba nítido y fuerte al olfato del ciego.

Éste se giró un momento en la dirección de donde procedía la música y también las velas lanzadas hacia el mar. Levantó la mano en un saludo, sonrió, y salió a la calle tanteando su bastón al llegar a la puerta.