La linterna


 

¿Sabes? Aquella noche, cuando se puso a llover como si el cielo quisiera vengarse brutalmente y de a una sola vez de lo que los hombres le habían estado haciendo, recuerdo que nadie se atrevía a salir a la calle, las cenas a domicilio se quedaron sin repartir, las medicinas de las farmacias sin salir hacia casa de los enfermos, los semáforos se pusieron a hacer guiños anárquicos detrás de la cortina de agua, perdido todo el sentido de la disciplina y el orden por causa de la inutilidad absurda de mantener la secuencia en una ciudad absolutamente vacía. El cielo se volvió más cemento que las calles y las calles se volvieron más caudalosas que los ríos. Los coches abandonados a su suerte danzaban en círculo lento como barcas en el exterior de un remolino, mientras que los contenedores del Ayuntamiento, azules, verdes y grises visitaban vecindarios desconocidos, cruzándose entre ellos sin perder su actitud de torpe localismo semidifunto.

Aquella noche, convencido de que el mundo se terminaba, no me pasó por la mente preguntar a nadie, ni a mis padres ni a mis hermanos mayores. Ellos estaban de pie junto a la ventana de la sala, delante de los vidrios de la puerta del balcón y miraban sin decir nada. Yo fui al cuarto distribuidor, entre los dos pasillos, me acerqué a la mesita de madera redonda y baja y descolgué el teléfono, y te llamé. Me senté en un puff que estaba allí y desde donde podía ver la sala y las figuras grises de mi familia, figuras quietas y grises apenas perceptibles, separadas por sus contornos de un mundo que se había vestido totalmente de gris.
Cuando oí tu voz al teléfono, suspiré con alivio, tu voz aún no era gris, tú todavía no estabas atrapada, tu voz era la de siempre, completamente normal.
-Soy yo- dije - ¿Estás bien?
-Sí- contestaste – estoy bien... pero tú no lo estás. Siéntate en el taburete ese bajito que tenéis junto al teléfono, y te contaré algo ¿no me has llamado para eso?
-No es un taburete, es un puff, y ya estoy sentado.
-Bien, pues escucha:

-Dios nunca dijo hágase el sol, lo que dijo fue hágase la luz. Los hombres se hicieron astrólogos, agentes de Bolsa, neurólogos y abogados, y empezaron a decir cosas. Dijeron que la razón estaba en las palabras y en los argumentos, los abogados, que el alma se podía manipular, los neurólogos, que el índice Jones es más importante que el vientre de un niño, los de la Bolsa y que la luz viene del sol, los astrólogos. Ya puestos, dijeron que el sol es enorme y que lo vemos pequeño porque está lejos, y que sin sol no hay luz.
(Eso no es verdad, pensé yo, hace un momento todo estaba oscuro porque es de noche y no se ve el sol, y ahora, mientras me hablas, sigue sin verse el sol pero este cuarto está lleno de luz)
-Eso no es verdad – dije.
-No, no lo es, pero no me interrumpas como haces siempre, o no me dejarás seguir
(Solo he dicho no es verdad, de todo lo que he pensado, qué tiquismiquis eres)
-De acuerdo- contesté.
-Bueno, pues sigo:
-Lo que ves cada día si no hay nubes que la tapen es una linterna, y no es tan grande ni mucho menos.
-¿por la noche la linterna se apaga?
-Sí, claro, el niño que juega con ella se va a dormir, por la noche, y la apaga después de leer un rato en la cama sin que sus padres le griten que apague la luz de su cuarto.
-Sigue
-Pues le regalaron la linterna por Reyes, y le dijeron que con ella podía iluminar un planeta entero, porque su luz es muy fuerte, pero que tenía que encargarse él mismo de cargar las pilas del artilugio. A veces se olvida del asunto, y entonces aquí vemos la noche durante el día.
-¿Eso es lo que está pasando hoy?
-Hoy no está pasando eso, ahora es de noche, ¿no lo sabes?
-Sí, es verdad... ¿se está terminando el mundo?¿No volverá a encenderse la linterna, mañana por la mañana?
-Depende, el niño duerme y no se entera de lo que está pasando ahora aquí; si no se despierta en toda la noche, por la mañana las pilas de su linterna se habrán terminado, con la humedad tan tremenda, piensa que todo el agua que nos cae viene de donde él y su linterna, así que alguien tiene que despertarle y conseguir que se levante, a pesar de la hora, y se vaya a uno de esos drugstore de zona turística, que no cierran hasta tardísimo, y compre pilas nuevas para ponerlas mañana en la linterna. Sólo se despiertan, en ese lugar, si alguien que está durmiendo aquí abajo sueña que llega donde ellos a través del Cosmos y despierta a alguien, así que...
-Qué es el Cosmos, perdona
-Olvídalo, lo sabrás si sueñas y vuelas a través de él. Recuerda que tiene que ponerle pilas alcalinas, duran mucho más. Ahora tengo que colgar, mis padres ya empiezan a hacer comentarios respecto al monopolio del teléfono y a posibles llamadas urgentes y todo ese rollo de siempre
-¿Cómo haré para volver?-pregunté un poco preocupado
-Qué pequeño eres, jo, no entiendes nada... ¿No te he dicho que estarás soñando? Cuando despiertes habrás vuelto, pareces tonto. Bueno, hasta mañana.
Y colgaste.

Me asomé a la sala, dije buenas noches y me acosté.

En cuanto cerré los ojos vi lo que era el Cosmos; aunque no lo había visto antes, no me sorprendió demasiado, no sé porqué me pareció lógico que fuera así, con un nombre como ese. Me sorprendió un poco más que volar fuera tan fácil, aunque ya se sabe que durmiendo las cosas son siempre mucho más fáciles y hasta he descubierto hace poco que si consigues tener la cabeza como si durmieras aunque estés despierto, las cosas se ponen también facilonas durante un rato. Bueno, pues yo volaba que era la repera y llegué en un visto y no visto a una especie de casa flotante con todas las luces de las habitaciones encendidas aunque los de dentro estuvieran durmiendo, así que me fui directamente a la ventana que tenía cortinas a cuadros de colores en lugar de las cortinas blancas y lisas que había en las otras dos, y me encontré un niño enorme despatarrado en una cama muchísimo más grande que la de mis padres y me pregunté cómo demonios iba a despertar a ese pedazo de niño y que iba a pasar si se enfadaba conmigo por despertarle.
Menos mal que llevaba en el bolsillo de la camisa una foto de Maddona y se la puse delante de los ojos cerrados, y cuando le metí un lápiz por una oreja y se despertó, se encontró la foto delante de los ojos, los abrió muchísimo y, antes de que se recuperase del efecto, yo dije, o pones pilas alcalinas nuevas en tu linterna o se jodió todo, quillo, porque con la humedad han cascado las que llevaba. Él siguió con la vista fija en la foto y yo empecé a andar sin quitarle a Madonna de delante como si fuera una zanahoria para atraer a un conejo, y él me siguió hasta el drugstore, donde por cierto los turistas en vez de comprar crema protectora para el sol compraban vales de media hora en media hora para poner filtros de colores delante de las linternas de los demás, y el niñato me dijo que compraba pilas alcalinas si le regalaba la foto y yo se la di, total en casa tengo más.

La verdad es que cuando me desperté a la mañana siguiente y vi que había dejado de llover y que el patio estaba lleno de luz, me acordé de ti, y pensé que es fantástico tener una amiga un poco más mayor que uno y en la que se puede confiar plenamente.