La Lavadora
No había sido una jornada fácil. Desde el guaperas descerebrado que a primera hora de la mañana se había empeñado en disponer de la cuenta de su mujer, de la cual no era titular, hasta la devoradora de psicología divulgativa que justo antes de cerrar la oficina le había estado exigiendo insistentemente que le sonriera mientras le hablaba, todo tipo de conflictos se habían estado escalonando sin apenas transición para convertir aquella mañana en una de esas que uno procura olvidar para siempre en cuanto cruza la puerta de salida de la oficina.
Llegó a casa con unas tremendas ganas de abreviar al máximo el trámite de la comida y echarse un rato en la cama a descansar y relajarse.
Luego, una hora más tarde, se levantó recuperado por completo. Encendió un pitillo y se hizo un café. Su perro acudió con él a la cocina, a observarle, esperando el momento propicio para intentar decantar la balanza de cada tarde hacia un agradable paseo los dos juntos, consiguiendo que su amo dejase la bicicleta para otra ocasión.
La balanza estaba ya prácticamente donde debía estar, cuando sonó el teléfono interrumpiendo los rápidos movimientos de la cola del chucho y poniendo una mirada interrogativa en sus ojos.
-Hola- dijo ella- ¿cómo estás?
-Bien, y tú?- contestó él – estaba a punto de...
-Se me ha estropeado la lavadora – cortó ella – y hasta que venga el técnico, mañana, necesito que me dejes emplear la tuya ¿Vas a estar en casa, ahora?
-Bueno, verás, es que precisamente estaba pensando...
-Vale, voy para allá y me cuentas lo que pensabas mientras nos tomamos un café y tenemos trabajando tu lavadora, no tardo ni diez minutos en llegar.
Y colgó el teléfono.
El perro salió a tomar el sol a la terraza, después de un resignado movimiento de hombros que imitaba casi a la perfección el de su amo al dejar el auricular en la mesilla.
Él puso un disco en el C.D., encendió otro pitillo y esperó
Salió al oír la llave en la puerta, la besó en una mejilla y cogió una de las dos bolsas de plástico llenas de ropa, siguiéndola después por el pasillo hasta la galería donde ella se puso a maniobrar, rápida y eficaz, la máquina de lavar.
-¿Qué hay de ese café? – sonrió al terminar
Sentados en la sala escucharon unos momentos a Kenny G., sin decir nada.
Luego, ella empezó:
-Creo que deberíamos hablar.
-Sí, dijiste que te contase al llegar a casa qué es lo que estaba pensando hacer esta tarde...
-No, no me refiero a eso- cortó ella – deberíamos hablar de ti y de mí.
-¿Sí?
-Sí, esto no funciona
-Ya...¿qué es lo que no funciona?
-Sabes bien de qué hablo. Tú dices una y otra vez que todo está bien así como está, pero yo sé que todo está mal, y de nada sirve esa actitud de ocultar la cabeza bajo el ala.
-Está bien- admitió él – hablemos...¿Quieres decirme algo en concreto? ¿Hay algo que has pensado?
-Pues sí – afirmó ella, convencida – Hay algo que he estado pensando, ya ves. Sé que para ti es impensable que yo piense, pero pienso, ya ves. Y me gustaría, antes de nada, hacerte algunas preguntas. Pero te agradeceré que las contestes breve y claramente, sin irte por las ramas ni divagar. ¿Puedes hacer un esfuerzo para ser conciso y directo en tus respuestas? Lo digo porque si me voy a encontrar escuchando un rollo larguísimo que finalmente no contesta nada a lo que pregunto, la verdad, para eso no vale la pena ni empezar, y me voy por donde he venido. Yo tengo muchas cosas que hacer, soy una persona activa y ocupada y consciente del valor de su propio tiempo, y si hasta ahora ha habido gente que ha querido ignorar ese particular, eso se terminó, a partir de ahora...¿Te he hablado del libro ese que leí?...Ha supuesto el comienzo de una nueva vida para mí, y puedes hablar, si quieres, con Braulio y Rigoberto, ellos te dirán si es cierto o no que he cambiado profundamente en los últimos meses. Braulio, debo decirte, es una persona...
El perro asomó la cabeza por la puerta y al ver el panorama hizo ademán de volver a la terraza, pero miró a su amo y cambió de opinión, entró y apoyó la cabeza sobre el zapato de él y allí se quedo acostado dejando constancia de que no lo abandonaba.
-Perdona – él levantó un dedo - ¿querías hacerme algunas preguntas?
-Sí, sí – se impacientó ella – Pero lo que te estoy contando es para que entiendas mejor el motivo de mis preguntas. Cuando, en 1982, conocí e Roderick, yo era una persona que tenía entonces...
Kenny G. Cambió de registro suave y lentamente y el perro miró a su amo con el mejor gesto que conocía de comprensión y solidaridad conmiserativa.
“Ese animal es único”, pensó él
Dos horas más tarde, ella estaba ejerciendo su libre albedrío para informarle de lo increíblemente monologante que podía ser Rigoberto y las preguntas de marras continuaban sin aparecer.
-¿Te apetece otro café?- preguntó él. Ella frunció un poco el ceño y aunque protestó durante diez minutos respecto a las sensaciones que le procuraba el hecho de sentirse oída pero no escuchada, y comparó más o menos mordazmente la importancia que algunas personas le daban a un café, en contraste con lo importante que parecían considerar su afanosa lucha, dura lucha, angustiada lucha hacia la libertad personal y el crecimiento como mujer autónoma y con derechos que ser respetados, terminó asintiendo, - soy una persona con mucho más carácter del que supones, mi personalidad es mucho más fuerte de lo que crees, jamás me dominareis, ni tú ni nadie, pero, sí, me tomaría otro café...
-En cuanto a las preguntas... –insinuó él.
-Qué pesado eres, por Dios. Eres horrible, verdaderamente insoportable, menudo dictador estás hecho, tanto hablar de libertad.
-Pero si yo no....- abrió él los ojos asombrado.
-Déjate de cosas, te conozco mejor de lo que tú mismo piensas; necesitas revisar tu psiquismo... oye, ¿dónde va el perro?¿Porqué se va?
El se levantó. Apagó el CD, miró su reloj de muñeca y luego se volvió hacia ella.
-Lo siento, - dijo – he quedado a cenar con mi hermano, y, si no te importa...
Abrió la puerta de la calle y se fue.
Ella quedó por unos segundos sorprendida, estupefacta por tamaña grosería. No para de ofenderme, pensó.
Pero luego, recordando que de todos modos ella tenia la llave de la casa y que además la tendría siempre, se fue tranquilamente a comprobar si la ropa que había tendido dos horas antes estaba ya seca.
Remago