La espera
Sin saber todavía muy bien en qué iba a consistir la entrevista, el joven pulsó el timbre y aguardó.
Un hombre abrió al cabo de unos segundos y le invitó a pasar. Eres Pedro- dijo- te estábamos esperando. Le estrechó la mano y le hizo entrar en un cuarto pequeño, similar a la sala de espera de cualquier dentista.
No tuvo tiempo de impacientarse. Al cabo de unos minutos el mismo hombre que le había recibido le hizo pasar a un despacho. Allí se encontró nada mas entrar con las miradas de tres personas fijas en él.
Hola, muchacho – se acercó alargando la mano el que estaba en medio – ven, estos son mis socios, Enrique Fernández y Claudio Palmer. Yo soy Luis Cano, el presidente de esta compañía.
Y con esta rápida presentación, le hicieron sentar en un sillón mientras ellos se acomodaban en un sofá muy grande, de piel negra, frente al joven.
Hemos estado mirando tu ficha-Luis Cano parecía dispuesto a ir directamente al grano- y los datos que en ella hemos encontrado son claramente favorables. Sin embargo, antes de decidirnos definitivamente a darte el puesto, necesitamos conocer algunos detalles complementarios.
Usted dirá- Pedro se encontraba más tranquilo de lo que él mismo hubiera previsto, y eso le gustó.
Sabemos que no estas casado, desde luego, pero ¿tienes novia? ¿alguna relación afectiva seria, con perspectivas de futuro?- sonrió ligeramente el presidente
Pedro no manifestó sorpresa por la pregunta; enarcó las cejas, eso sí, y preguntó, a su vez- ¿es esa una cuestión importante, señor?
No extraordinariamente importante, esa es la verdad- el que contestó, de forma serena y desapasionada fue Palmer- pero, si no tienes inconveniente en aclarar ese particular, más adelante, cuando conozcas con precisión las características de tu trabajo, verás que en algunos aspectos, cuantas menos vinculaciones de ese tipo o de cualquier otro existan actualmente en tu vida, mejor.
Bien- dijo Pedro- quizá lo mejor ahora sería que me explicasen concretamente en que consiste el trabajo.
Esperar- contestó de inmediato el señor Fernández- el trabajo consiste en esperar, durmiendo. Hizo una pausa y continuó : ¿ Has oído hablar de la hibernación?
Sí- Cano tomó la palabra- se trata de esperar veinte años, hasta el 2000; pero no te asustes, despertarás con la misma edad física que tienes ahora, para ti esos veinte años no habrán pasado. De hecho tú te despertarás en las mismas condiciones que si te hubieras echado una siesta de diez minutos…sólo que en lugar de encontrarte en 1980, te despertarás en el año 2000.
Pero, claro- insistió Palmer – todas las personas que conoces en la actualidad serán, cuando despiertes, veinte años más viejas ¿entiendes? Por eso nuestra pregunta respecto a posibles relaciones “importantes” o vinculantes.
Pedro guardó silencio unos minutos, mientras los tres directivos esperaban su reacción pacientemente.
Sé lo que es la hibernación, y también sé que su compañía está experimentado con eso. Tengo una relación lógica e inevitable con mis padres, mis familiares y mis amigos- terminó diciendo lentamente- eso ya lo tienen que haber pensado ustedes, sin duda. ¿Qué pueden decirme al respecto? Mi padre tiene 50 años; si vive cuando yo vuelva, en caso de que yo vuelva, tendrá setenta.
Podemos adelantarte que las probabilidades de que “vuelvas”, como tú dices, son con certeza superiores al 90%, en estos momentos.- Cano miró al joven a los ojos-. También podemos prometerte que durante esos veinte años tus padres tendrán a su disposición un millón de dólares en el banco. Y cuando despiertes de tu sueño habrá otro millón esperando. Será para ti con una probabilidad, como digo, del noventa por ciento; en otro caso, será para tus padres o cualquier otra persona que tu designes en el contrato que firmaremos.
Tengo algunas preguntas, señor- Pedro permanecía aparentemente tranquilo.
-Claro, muchacho, ya lo supongo. Adelante.
-¿Qué les ha hecho suponer que yo firmaría ese contrato? ¿Cuáles han sido los criterios que han dirigido su selección?
-La respuesta a esa pregunta es algo compleja- aseguró Cano- y la verdad es que no sé hasta que punto puede inclinar tu decisión en un sentido o en otro. Pero comprendo qué tienes derecho a preguntar y voy a intentar contestar lo más breve y claramente que pueda.
La conversación transcurrió en esos términos durante quince minutos más. Después, Pedro y sus acompañantes firmaron un papel y Palmer presionó un timbre.
2.
Pedro despertó con un fuerte olor a quemado en la pituitaria, se levantó, y tras estirar los miembros y comprobar que todo parecía estar en su sitio, salió a pasear por las Ramblas de Cataluña. Era domingo y el paseo estaba atestado de gente.
Sin apenas darse cuenta, sus pasos le encaminaron a la misma cafetería donde, puro hábito, tantos domingos por la mañana había tomado su aperitivo antes de comer, y donde, pura costumbre, daba por sentado que antes o después aparecerían sus amigos. Si no todos, eso era difícil de asegurar, al menos confiaba que harían acto de presencia Gabriel y Lucas, con sus inseparables Tania y Sara.
Observó que el camarero de siempre no trabajaba ya en la cafetería; en su lugar le atendió un joven al que no había visto nunca. N o quiso preguntar. No por el momento, al menos.
Estuvo observando el paseo y la gente que lo transitaba. Todo parecía estar básicamente como la última vez que había estado allí.
Pero cuando, de repente, vio acercarse a Gabriel y Tania, saludándole con la mano antes de llegar a su mesa, el corazón le dio un vuelco. Detuvo en el aire la mano que había iniciado el viaje de la mesa a su boca, con la copa de dry martini, y se quedó mirando a la pareja.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Dios mío-pensó- qué les digo ahora, cómo reacciono sin que se sientan molestos, como demonios puedo disimular...
Estaba realmente espantado.
3.
Al volver a su casa, había tomado ya su decisión. El señor Cano le había dado un número de teléfono móvil al cual – le había dicho – podía llamarle a cualquier hora del día o de la noche, si se encontraba necesitado de hablar con urgencia con él.
Marcó el número, con un leve temblor en sus dedos, y esperó unos segundos.
Al oír la voz de Cano y su saludo, arrancó a hablar de un tirón, sin detenerse siquiera en contestar antes al saludo.
Sr. Cano- dijo – lo siento, pero lo he pensado mejor. No hay trato. Yo vendré a verle personalmente a su despacho, si lo prefiere, a explicarle los detalles, pero de entrada quiero advertirles que la plaza está libre, pueden buscar otro voluntario, yo...sencillamente, no puedo, no hay trato. Lo siento. Gracias. Pasaré a verle. Lo siento. Adiós.
Y colgó el teléfono.
Dios santo, respiró aliviado. Si en una semana de no ver a esos dos la impresión ha sido tan horrorosa, cómo voy a resistir los cambios de la gente en veinte años, así, de sopetón.
Anda , que la maldita moda esa del piercing tiene bemoles, también...Qué cosa tan horrible, por dios. Lo de las orejas y el ombligo ya tiene tela. Pero cuando Sara ha empezado a hablar y le he visto esa cosa horrenda en la lengua....