La cárcel de las palabras
Se instaló mi ingenuidad, amada mía... hasta el punto de abrazar el pensamiento convencido, de tener divertimento nada más... y nada menos... si escribía.
La inocencia nos convierte en ambrosía todo aquello que juzgamos alimento mientras creamos, sin dudarlo ni un momento, que hedonista es nuestra herencia de deidades, y jugando manejamos facultades: pongo aquí o pongo allá el siguiente acento
Pero un día te encontré, yo, en mi camino, tan alegre y confiado, vida es juego que consiente acercamiento con despego, y no enfrenta, así, la rosa con el vino. En mi juego tropecé, quizá fue el sino dirigido por la envidia de un dios cruento, detenidas las palabras en mi aliento, se fundieron como hielo mis placeres. Tú me dices claramente que me quieres; si te escribo, se abochorna lo que siento.
Lo que siento no me impide hacer un verso en intentos de ordenar acento y rima pero no hay una palabra que redima, ya que es ella carcelera del perverso juego triste, que se ha vuelto en el reverso de lo que antes era alegre y divertido; porque entonces el dolor se había dormido pero ahora el sentimiento ha despertado... el amor se hace dolor si está encerrado y escribirte es calabozo consentido.
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