La cárcel de las palabras



Se instaló mi ingenuidad, amada mía...
hasta el punto de abrazar el pensamiento
convencido, de tener divertimento
nada más... y nada menos... si escribía.
La inocencia nos convierte en ambrosía
todo aquello que juzgamos alimento
mientras creamos, sin dudarlo ni un momento,
que hedonista es nuestra herencia de deidades,
y jugando manejamos facultades:
pongo aquí o pongo allá el siguiente acento
Pero un día te encontré, yo, en mi camino,
tan alegre y confiado, vida es juego
que consiente acercamiento con despego,
y no enfrenta, así, la rosa con el vino.
En mi juego tropecé, quizá fue el sino
dirigido por la envidia de un dios cruento,
detenidas las palabras en mi aliento,
se fundieron como hielo  mis placeres.
Tú me dices claramente que me quieres;
si te escribo, se abochorna lo que siento.
Lo que siento no me impide hacer un verso
en intentos de ordenar acento y rima
pero no hay una palabra que redima,
ya que es ella carcelera del perverso
juego triste, que se ha vuelto en el  reverso
de lo que antes era alegre y divertido;
porque entonces el dolor se había dormido
pero ahora el sentimiento ha despertado...
el amor se hace dolor si está encerrado
y escribirte es calabozo consentido.





.