En esta isla


 

En esta isla todo el mundo es cotilla, todo el mundo le cuenta a todo el mundo y todo el mundo le pregunta a todo el mundo. Debe ser porque es una isla rodeada de mar por todas partes y la gente quiere estar enterada de lo que pasa dentro, antes de que llegue un maremoto y lo borre todo...

Sin embargo tengo entendido que no siempre ha sido así. Antes de que llegase el turismo, en los años cincuenta, y lo revolucionase todo, esta isla era distinta, lo se por mi abuela, con la que estuve viviendo durante mis años de estudiante de derecho.

En la juventud de mi abuela solamente unos pocos extranjeros venían aquí muy de vez en cuando; la gente del país se apresuraba, eso sí, en averiguar todo lo que podía del recién llegado... pero, una vez que lo habían investigado lo suficiente como para saber que, extraño y exótico, pero era buena gente, lo asumían como algo del país y lo dejaban vivir tranquilo, aceptándolo en casa con hospitalidad amistosa. En cuanto a la vida del vecino, los mallorquines no se metían demasiado.

Un día, mucho antes de yo nacer, cuentan las crónicas, llegó aquí una mujer completamente distinta a los extranjeros que estábamos acostumbrados a recibir, me contaba mi abuela, Era una mujer lejana de un país lejano y no era como los visitantes que habían venido antes, la mayoría franceses e ingleses y de aspecto y maneras no tan diferentes a los nuestros.

Venía del otro lado del océano, de las Américas, y llegó completamente sola.

A pesar de ser la única extranjera que llegaba ese día al pequeño y rústico aeropuerto que teníamos entonces en la Isla, la compañía aérea que la trajo se las arregló para perderle la maleta.
Dice mi abuela que todos los que la vieron correr de una cinta mecánica a otra en busca de su maleta pensaron que era una extranjera loca y neurótica... todos menos un mallorquín viajero que estaba allí, casualmente, esperando la llegada, en el mismo avión, de una silla de ruedas que había encargado previsoramente para la cercana vejez que se le avecinaba. Este mallorquín, al parecer, no había sido nunca una persona muy sensata, respecto a sus relaciones con las mujeres, o eso al menos le contaron a mi abuela.

El mallorquín en cuestión, dicen, estuvo un rato observando a la extranjera, hasta que, de repente, cruzó la puerta que separaba a los viajeros de los que esperaban y se dirigió hacia ella. Ella, al verle venir del otro lado de la puerta le preguntó: “¿No está prohibido, entrar aquí?”, y el contestó: “Lo está”.
Luego se miraron a los ojos y, ante el asombro de propios y extraños (aquí mi abuela sonreía, satisfecha, al contarlo) se abrazaron.

Desde entonces se pasaron juntos por la Isla, ante la vista de todos. A veces, para escándalo general, se detenían en medio de una plaza llena de gente, se abrazaban y se fundían en un beso largo y apasionado. (“¿Con lengua, abuela?”-preguntaba yo. “Niño, no seas impertinente” –contestaba mi abuela ).
Estuvieron viviendo juntos durante unos meses, al final de los cuales toda la gente de la Isla, agricultores, comerciantes, carreteros, militares sin graduación, tenderos y peluqueros, periodistas y serenos, policías y albañiles, todos, llegaron a la conclusión, no solo de que eran los dos buena gente, sino que era por demás evidente que no estaban haciendo nada censurable puesto que no ocultaban nada de lo que hacían y su actitud ante todos los demás era francamente natural y amistosa. Sobre todo llegaron a la conclusión, los indígenas, de que no valía la pena intentar fiscalizarlos porque obviamente ellos no iban a hacer caso alguno de tales intentos, de todos modos. Ellos eran escandalosamente felices, dice mi abuela, y transmitían esa felicidad por todos los lugares donde iban, para comprar leche, para sentarse juntos en la oscura paz de la Catedral, para pasear cerca de los barcos anclados en el puerto, para cenar a la luz de las velas en un restaurante pequeño y coquetón...

Un día, imprevistamente, los vecinos volvieron a ver salir, después de tanto tiempo, al hombre a la calle, completamente solo. Ella se había marchado. La noticia corrió como la pólvora, y todos se estuvieron preguntado unos a otros si sabían qué era lo que había sucedido. En vista del mutismo del hombre al comprar el pan, su negativa a respuestas directas cuando compró el diario, sus contestaciones monosilábicas respecto a la extranjera en el autobús, los vecinos se pusieron de acuerdo todos en sugerir al hombre que llevaba el pelo demasiado largo y desastrado (lo cual no era cierto) porque sabían con certeza que no existía nadie en el país lo bastante parco ni discreto para conseguir mantener su mutismo ante el peluquero. Y si el peluquero averiguaba lo ocurrido, todo el vecindario lo sabría en menos de 24 horas.

Al día siguiente por la noche, acudieron todos a la peluquería cuando supuestamente era ya hora de cerrar; el peluquero les esperaba sonriente: “lo se todo”, les dijo. La peluquería era grande, y después de repartir sillas convenientemente por todo su entorno, el peluquero bajó las cortinillas de la puerta de la calle, para dar a entender que el negocio estaba cerrado y también para conseguir un ambiente de mayor misterio y tejemaneje en el interior.

“Bueno,¿ porqué se ha ido?”, preguntó el primero el cartero.

El peluquero unió los dedos pulgar e índice de su mano izquierda al tiempo que la movía repetidamente hacia delante y hacia atrás. Disfrutó unos segundos de la atención de todos centrada en sus dedos, hasta que dijo, con estudiada sencillez: “Saudade, es un asunto de saudade...”

Los vecinos se miraron alternativamente de uno a otro. ¿saudade?-preguntaban sus miradas.

“buggggos”- dijo encantado el peluquero (todos entendieron, efectivamente, “burros”)
“Ni siquiera sabéis lo que significa saudade, ignorantes; si hubierais ido a la universidad, como yo; si fuerais personas cultas, como yo...”

Pero se detuvo al ver las miradas de sus contertulios,.comprendiendo que era mas aconsejable tomar otro camino.

Dijo: “Ella tiene saudade de su país, de sus gentes, de sus padres, de sus amigos, del calor que hace en su tierra, de su mar. Su mar es distinto que el nuestro. Aún no entendéis lo que es saudade?”

Todos entendieron y una limpiadora de escaleras que escuchaba muchas novelas por la radio preguntó: “Pero él, entonces, se irá allí con ella, ¿no?”

“No-dijo el peluquero- él no puede irse. No es arquitecto ni abogado, solo puede trabajar en su banco, y no hay oficinas de su banco en el país de ella”

Mi abuela, en ese punto, estuvo un minuto callada. Yo entendí, naturalmente, que la historia continuaba pero que en la peluquería se había producido un silencio profundo de por lo menos un minuto. Mi abuela era así, cuando contaba sus historias las vivía y te las hacía vivir. De modo que esperé el minuto entero sin decir nada.

Y, conseguido el efecto deseado, ella continuó:

Al cabo de un mes, el médico visitó al hombre mallorquín. Desde su casa mesmo llamó por teléfono a dos de sus hermanos, a su amigo más querido y a la mujer de su otro amigo más querido, y les dijo:
“Si nadie hace nada, este hombre se morirá. En pocas semanas. Está demasiado mayor para olvidar, demasiado mayor para intentar simular que no sabe lo que pasa. Sólo le interesa una clase de vida, y si no la puede tener, se dejará morir. Yo no puedo hacer nada mas, os aviso y me voy”.

El médico se fue, era un hombre de palabra. Y al cabo de un rato llegaron a casa del hombre dos hermanos suyos, un amigo y una amiga. La amiga se acercó a la cama donde yacía el hombre, se sentó a su lado, le cogió la mano y allí se quedó, sin decir nada. El amigo empezó a buscar frenéticamente, como si viniera ya preparado para lo que tenía que hacer, hasta que encontró un número de teléfono. Los dos hermanos acordaron con rapidez como se repartirían los trabajos: uno de ellos se enchufó al correo electrónico, al paltalk, al msn y (inútilmente, pero él no lo sabía), al icq. El otro, sin perder tiempo, se tiró a la calle para hacer una cuestación popular y reunir dinero suficiente con el que ir, después, a la agencia de viajes.

“Un momento-dijo mi abuela – tengo que ir a mirar la olla que tengo en el fuego”. Y me dejó, expresamente, sin que en el fuego (yo estaba seguro) hubiera olla alguna. Cuando consideró que ya me había hecho esperar ni un segundo más ni uno menos de lo conveniente, volvió sonriendo.

“Estás en este mundo, estimat meu – dijo – porque antes que tu estuvo tu madre, y antes estuve yo, y antes estuvo mi padre, y antes que él estuvo mi abuelo. El cual-dijo-fue el nieto de una extranjera y un hombre de aquí que pudieron reunirse, vivir juntos y felices y tener un hijo, gracias a una cuestación popular, un peluquero entrometido, un amigo enchufado a internet cuando internet aun no existía, otro colgado del teléfono y una amiga que le sostuvo la mano transmitiéndole confianza y energía el tiempo necesario. A todos ello, en cierto modo, les debes el haber nacido.”

“Pero, abuela...¿ y la saudade? – pregunté yo- ¿qué pasó con ella? ¿Qué hicieron con la saudade?”

“Ah, la saudade”. Mi abuela se quedó mirando las agujas del reloj carillón que, sesenta años antes, le había regalado su marido. “ Tu ni siquiera has conocido a tu abuelo, estimat; yo tengo saudade de él cada día, desde muchos años antes de que tu nacieras.¿Qué crees que hago con eso?”

Me pasó la mano por el pelo, acariciándolo un rato; como yo sabía que mi abuela hacía eso cuando ya no quería hablar más y quería pensar en silencio, no dije nada.

Ese día, al salir a la calle, no pude evitar detenerme a mirar con una atención distinta al pasar frente a la peluquería. Pero el peluquero ni se dio cuenta de que lo miraba desde la calle, enfrascado como estaba en su trabajo y en la conversación con los vecinos. Algo importante estaba diciendo, al parecer, porque todos, en la peluquería, habían dejado las revistas y estaban pendientes de sus palabras.