El muro de cristal
1

 

 

Ninguno de los asistentes a la reunión se percató, al principio, de su presencia. A medida que fueron llegando los convocados, se intercambiaron las palmaditas de rigor, saludos rápidos y medio distraídos; cada cual fue tomando asiento y abriendo carpetas, portafolios, maletines, y sacando bolígrafos de bolsillos interiores de americanas, bolsos; los folios en blanco se fueron ordenando ante cada uno, en perpendicular, medio oblicuos, cercanos, un poco más separados.

Ocho miradas convergiendo al fin hacia la cabecera de la mesa larga y ovalada, miradas vagamente expectantes, tranquilas en general, alguna medio sonriente, y en definitiva Hermann decidió que era el momento de empezar. Buenos días a todos, dijo.

Y añadió rápidamente, si os parece leeré el acta de la última reunión y, si es aprobada, comenzamos.

La lectura del acta siempre era monótona y aburridamente obligatoria y durante cinco minutos los asistentes, según lo relajado de su idiosincrasia, simulaban atender mirando en dirección, más o menos, a Hermann, ó bien hacían dibujitos generalmente geométricos en el papel ante ellos, ó, los más descarados, ojeaban el diario con cara de un ojo aquí una oreja allá.

Entonces, paseando la mirada distraídamente por el resto de los presentes, Anita lo vio, fue la primera en ver la cosa aquella, porque al encontrarse con la mirada de Carlos, al final de la mesa, desvió la suya rápidamente, no le interesaba lo más mínimo que aquél creído pensase... valiente pedante, como si no supiésemos todos que no sólo está casado sino que además se lo monta con la secretaria de Vicente, habrase visto cara dura, y todavía pretende hacerse el simpático conmigo, algún día le van a cantar las cuarenta, a ese tío, y... ¿qué es eso?
Carlos ocupaba, de los cuatro lugares enfrente de Anita, el más alejado de Hermann, y a la derecha del seductor oficial de la empresa, ella vio un objeto esférico ocupando el lugar vacío justo en el otro extremo del gerente director presidente y propietario de la compañía.

Se quedó unos segundos con la vista fija en aquella esfera brillante. ¿qué demonios era aquello? ¿Estaba ya ahí, cuando entraron todos? Pero la retórica pregunta de Hermann, los que estuvieron - ¿fue así, se da el acta por aprobada? - le hizo mirar nuevamente hacia la cabecera de mesa y asentir de trámite, con los demás.

Un día tendríamos que levantar la mano cuatro o cinco y oponer que la reunión anterior no fue en absoluto así como dice el acta, pensó Anita, aunque fuera solamente para ver la cara que se le ponía a ese cabrón. Pero, claro, se respondió a sí misma, tú sabes bien que eso no sucederá nunca, a ver quien es el que le pone el cascabel al gato; y ahora va a empezar, como si lo viera, con su perorata supuestamente amable felicitándonos a todos, antes de empezar, queridos colaboradores, por la magnífica labor patatim patatam...

Antes de empezar quiero felicitaros, dijo Hermann, y Anita sonrió imperceptiblemente. Entonces, a la derecha del boss, vio a Vicente, su mirada trasladarse de la esfera al rostro de Anita y, cuando comprobó que ella se había dado cuenta, levantar un poco las cejas en muda pregunta. Ella contestó frunciendo muy levemente los labios y moviendo una sola vez la cabeza. Ni idea, le dijo con el gesto, lo acabo de ver, no sé quién lo ha puesto ahí.

La reunión transcurrió por los derroteros archisabidos y la única novedad para todos resultó ser la esfera; a medida que las sonrisas aprobatorias iban adornando la exposición del jefe y alguna risita discreta acompañaba sus escasas ingeniosidades para amenizar el trámite, todos, uno a uno, fueron intercambiando miradas y señalando con ellas el final de la mesa, donde se encontraba, impasible, el objeto.

Nadie sabía qué cosa era aquello, porqué estaba allí, ni cual era su utilidad. A medida que avanzaba en su monólogo directivo presidencial, Hermann fue notando un interés inusitado en los oyentes, los cuales, sin un motivo conocido, al menos para él, parecían estar mucho más pendientes de su charla que en otras ocasiones. No se le ocurrió pensar que de lo que estaban pendientes era solamente de la persona que, por lógica mayoritaria, podía, en uno u otro momento de la reunión, decidirse a explicar qué narices hacía aquella esfera al final de la mesa, al fin y al cabo, decía esa lógica compartida, quién es aquí el que ostenta toda la información y controla todos los datos, quien el que lo sabe todo de todos y de todo.

Pero la comedia llegó a su fin y, a las indicaciones de Hermann levantándose de su asiento, siguieron todos su ejemplo, unos más dubitativos que otros, pero sin que nadie llegase a exponer la pregunta que a todos tenía inquietos ya, en aquellos momentos; abandonaron despacio y en fila de a dos la sala de juntas, echando alguna que otra mirada oblicua hacia la mesa, limpia ahora de papeles, bolígrafos y demás parafernalia y resaltando con ello mucho más la solitaria presencia encima de ella de aquella cosa que nadie sabía qué era.

Verónica ralentizó su caminar permitiendo con ello que Anita y Raul la alcanzasen en el pasillo, antes de llegar a su oficina. Agarró al hombre por un brazo y dejó que los demás pasasen de largo. Esperad, dijo, un momento.

Raúl y Anita entraron, medio empujados por Verónica en la oficina de la Responsable De Ventas.
Bueno, dijo ésta, ¿qué es?. Miró directamente a Anita. Tú estabas casi al lado; desde lejos yo solo he visto una bola redonda, parecía de cristal... ¿sabes quién lo puso ahí? ¿por qué Hermann ha hecho caso omiso? ¿Te has fijado, por cierto, como te miraba Carlos? El muy cerdo...

Raúl sonrió conciliador. Vero, hablemos de bolas y dejemos las de Carlos. Anita y yo veníamos comentando, está claro que nadie sabe nada de esa cosa, por un lado, y también de que Hermann, sí que sabe, porque es imposible que no la viera, la tenía toda la reunión ante su vista, de frente. Y no ha hecho el más mínimo gesto de sorpresa ni de interés.

Sí, remachó Anita, el asunto es saber porqué la ha puesto ahí y que pretende al dejarnos a todos con la duda. Además, cuando se ha dado cuenta, era evidente, que todos estábamos esperando, al final, que dijera algo al respecto, ¿os habéis fijado?, le ha asomado una sonrisita maligna bajo el bigotillo, al levantarse de la silla y dar la reunión por finalizada sin más...

¿ Os fijasteis si esta vez cerró la sala con llave? Supongo que sí, porque le vi quedarse junto a la puerta esperando que saliéramos todos. Verónica encendió un pitillo sin ofrecerles, sabía bien que no fumaban ninguno de los dos y en cierto modo disfrutaba de poder encenderlo ante sus narices, ahora que estaban en su zona de influencia. El largo y virulento contencioso respecto a zonas de fumadores se había terminado felizmente con su ascenso a Jefa Responsable Del Departamento De Ventas, y su incorporación al amplio despacho.

Raúl estaba más cerca que yo, Anita se encogió de hombros, dice que es una bola de cristal, efectivamente, pero que parece como si lo que se ve de ella fuera una tapa de una caja.

¿Una caja?
Sí, bueno, Raúl dudó un segundo, es que me pareció ver una raya dividiendo la esfera en dos, como si se abriera por la mitad, no sé. Tampoco la vi tan de cerca, y tuve que salir enseguida, Hermann nos miraba desde la puerta.

Verónica, añadió Raúl, a mí me están esperando en Producción, no puedo enredarme más. Lo que sea que es esa bola de las narices, ya se verá.

Y se fue. Le vieron caminar rápido por el pasillo y Anita, con más calma pero con la misma firmeza que su compañero se despidió también, besó a Verónica en ambas mejillas y le dijo luego hablamos ¿desayunamos juntas, dentro de cuarenta y cinco minutos?
* * * * * * * * * * *

Las reuniones de Junta Directiva en Hermann&Hermann sociedad limitada eran bimensuales. La Sala de Juntas permanecía cerrada, y la llave en el despacho del Altísimo, entre cada dos reuniones. Hermann medía escasamente un metro sesenta y cinco, pero le llamaban así porque había decidido, al estructurar el edificio, que entre su enorme despacho, en el último piso y la siguiente de las plantas ocupadas por negociados, departamentos y oficinas, se dejasen dos pisos de separación, prácticamente vacíos y que con el tiempo se habían ido convirtiendo en habitáculos donde ir añadiendo máquina de café, una nevera de tamaño mediano para los que preferían desayunar sin salir del edificio, una mesa de oficina que había tenido que ser sustituida por otra más nueva, cuyos cajones no se quedasen atorados, y que en la actualidad se utilizaba para leer el diario mientras los que así lo preferían desayunaban en las instalaciones de la empresa.

De ese modo, cada vez que alguno de sus subordinados era llamado al Gran Despacho, tenía que subir, como mínimo, tres plantas más arriba, en el caso de los altos cargos, y hasta un máximo de las doce que había en el edificio, en las escasísimas ocasiones en que llegaba a visitar aquel sancta sanctorum un simple administrativo, agente de ventas, botones o chupatintas.

Antes de transcurrida una semana de lo ya relatado, todo el personal en masa de la compañía estaba ya en conocimiento, directo o indirecto, del objeto encerrado en la Sala de Juntas. Pero – así es la naturaleza humana – antes de la segunda semana la mayoría se habían ya olvidado del asunto, la reiteración de preguntas sin respuestas, nadie sabía nada, en las horas del desayuno, llegó a cansar al más curioso, y el asunto quedó archivado ad in aeternum, para casi todos.

No para Anita. Ella conocía al presidente de la compañía lo bastante como para tener la seguridad de que, puesto que sólo él podía haber dejado aquella cosa en la mesa de la sala de juntas, lo había hecho cuando juzgó oportuno, es decir, con la intención de que la vieran todos los reunidos en aquella reunión; en absoluto cabía pensar en una distracción o en un olvido involuntario. Hermann estaba esperando, sin duda, las reacciones de cada uno de los asistentes. Incluida, pensaba Anita, la mía.

Una tarde, caminando en dirección al aparcamiento para meterse ya en el coche y volver a casa, casi tropezó con Eduardo, abstraída como andaba en sus pensamientos. El Jefe del Departamento Jurídico de la Empresa era habitualmente uno de los últimos en retirarse, y aquella tarde Anita había tenido que quedarse más tiempo del acostumbrado para poner al día algunas fichas que estaban quedando desactualizadas.

Hola, Anita, ¿cómo tú por aquí, a estas horas? Eduardo la besó en la frente, sus departamentos estaban alejados entre sí, y no se habían vuelto a encontrar desde el día de la reunión. ¿Algún problema de última hora?

No, no, Anita sonrió cansinamente, sólo trabajo atrasado, ya me iba a casa. Y tú... ¿todo bien?

Sí, bueno... relativamente... ¿ no te han contado lo de Carmela? En esta santa casa las noticias vuelan, supongo que alguien te habrá informado, Eduardo la miraba ahora con expresión dubitativa.

En realidad he oído rumores, confesó ella, sólo que precisamente porque en esta santa casa, como dices, abundan los cotilleos y los bulos, me estaba dando un compás de espera antes de averiguar si se trata de infundios o es cierto que os separáis. ¿Es cierto?, le miró directamente a los ojos.

Sí, lo es, Eduardo había reemprendido su caminar y la agarró suavemente del brazo ¿tienes el coche cerca?
Yo he venido a pie, procuro hacerlo siempre que puedo, y no vivo tan lejos de aquí.

Cuando, ya en el coche, Eduardo le explicó algunos detalles respecto a su divorcio en marcha, lo hizo de forma desapasionada y tranquila, como si el asunto no pasase de ser un trámite burocrático. Pero Anita tomó buena nota de que cada vez que, durante la narración, apareció el tema del adulterio flagrante de Carmela, y especialmente cuando Eduardo le contaba el episodio en que encontró a su mujer en la cama con otro hombre, Eduardo se refería siempre al amante de Carmela con la expresión “el otro”, evitando sistemáticamente mencionar su nombre.
Anita, como el resto de los compañeros de trabajo, sabía bien que ese nombre era Bernardo Hermann.

2
En realidad, dijo Anita deteniendo el auto junto a la casa de Eduardo, eres valiente. Él bajó la ventanilla de su lado, aunque casi ya de noche hacía calor, y los dos la habían llevado abierta todo el camino. Si fuera valiente, contestó, no estaría trabajando en la misma empresa , simulando que nada pasó. Todo el mundo sabe qué fue lo que pasó, y todos sabemos que tú sabes que lo sabemos, no hay simulación en esto, al menos no en el estricto sentido de la palabra, dijo Anita, y le preguntó ¿tienes ganas de subir a descansar ya a tu casa, o prefieres que vayamos antes a tomar algo por ahí? Eduardo volvió a girar la manivela de la ventanilla, y Anita movió la llave en el contacto. Cruzaron a la zona antigua de la ciudad, poco tráfico por aquí, dijo Eduardo, y dejaron el coche cerca de la Catedral. Aquí es más fácil encontrar aparcamiento, a estas horas, Anita bajó del coche y Eduardo la siguió sin decir nada hasta el pub de detrás de la Capitanía General.

¿ Qué sabes del asunto de la esfera? ¿No hay algo extraño, en esa cosa allí parada en la mesa de la sala de juntas?

Eduardo bebió un sorbo de su gin tonic, se tomó un tiempo para contestar, encendió un cigarrillo y Anita observó a placer, sin demasiados disimulos. Cuarenta y ocho años, según la ficha técnica, gris en las patillas, frente despejada y ojos grandes de mirada apacible. Siempre ha sabido cosas de la empresa y de Hermann que los demás no sabremos nunca, ¿ es eso lo que le procura esa expresión permanente de tranquilidad, de andar como aparte de los tejemanejes imaginativos de los demás? pero no puede ser que anote lo de Carmela como un dato más entre todo el mogollón de información confidencial, Anita se negó a continuar pensando en eso, y esperó con la mente en blanco la respuesta de su compañero, dispuesta a facilitarle el cambio de tema y a excluir también ella las cuestiones personales de la conversación.
Hermann se aburre, sonrió apenas Eduardo apretando los labios, su control es absoluto desde hace ya demasiado tiempo, nada hay en su jornada que le interese en lo más mínimo, ninguna resistencia, nada que superar, dominar, comprobar o destruir.
¿Es un juego, lo de la esfera?
Sí, en definitiva es eso.
¿Y tu sabes en qué consiste? No te pido que me lo descifres, sólo dime si lo sabes.
Eduardo permaneció pensativo por unos segundos que a Anita le parecieron tan largos como para dudar si había decidido dar la conversación por terminada y en realidad estaba ya pensando en cualquier otra cosa, que no en su pregunta.
De repente su mirada se animó, como si acabara de descubrir algo sorprendente. La miró con curiosidad y preguntó, ¿sabes jugar a ajedrez?, pero antes de que ella tuviera tiempo de contestar, su teléfono móvil tarareó caballería rusticana, y Anita escuchó como Eduardo decía hola Carmela y luego su tono de voz osciló de la sorpresa a la reticencia cuando preguntó, algo secamente, ¿de qué se trata?
* * * * * * * * * * *

Dejando a un lado, dijo Anita, el análisis de la catadura moral que está luciendo tu Carmela... Eduardo se apresuro a corregir que nada de “tu”, si no te importa se llama Carmela a secas, de acuerdo, como se llame ella en cualquier caso no tiene muchos escrúpulos, continuó Anita, a la hora de andar espiando agendas de sus amantes (¿puedo llamarle “su” amante a Hermann?), pero obviando eso, digo, yo sencillamente no me creo nada de lo que te ha contado, tanto si está escrito en la agenda como si no.
Eduardo se encogió de hombros y abrió las manos dando a entender que no estaba en su mano diagnosticar la veracidad de las notas del Gran Jefe en su diario. Lo que puedo asegurar, dijo, es que la alarma de Carmela no era fingida, aparte de todo ella no me hubiera llamado en las circunstancias actuales si no creyera de verdad que se trata de un caso de emergencia. Sea o no cierto que Bernardo piensa suicidarse, estoy seguro de que es verdad que lo ha indicado así en su agenda y que Carmela se lo ha creído a pies juntillas.
¿Qué dice exactamente la nota? Igual tu ex ( es “tu” ex, te pongas como te pongas) ha sacado conclusiones precipitadas.
No la tenía delante, como es lógico, ha recitado de memoria y ella misma reconocía no estar segura de repetir las palabras idénticas, pero, según ella, era algo así como “la partida está a punto de empezar, el muro de vidrio ya está preparado, se acerca el momento de largarme de una vez de este asqueroso mundo”

¿el muro de vidrio? ¿qué demonios quiere decir eso?

Anita arrugó la nariz. Este hombre es tan retorcido que hasta en su agenda personal escribe en clave. Yo, la verdad, te repito que no me creo nada de todo esto, pero no creas que me importaría lo más mínimo que ese pedazo de cabrón nos dejara tranquilos; por el procedimiento, si no hay otro, de abandonar lo que él llama este asqueroso mundo; si alguien contribuye a que este mundo sea un poco más asqueroso cada día, él es, precisamente...

Bueno, bueno, bueno- sonrió esta vez de forma abierta Eduardo, y Anita pensó, incrédula, que nunca le había visto, en doce años trabajando en la misma empresa, como un hombre guapo- para el carro, niña, que te estás embalando. Lo importante no es analizar que clase de persona es Hermann, ni siquiera saber lo que piensa hacer realmente con su vida; lo importante es que, o no lo conozco bien, o antes de hacer nada con la suya está preparando algo para la nuestra. Me temo que en eso consiste el juego, y, si lo piensas, eso es lo que ha hecho en realidad siempre con las personas que andamos a su alrededor. Añadiría yo que no creo que esté tramando nada bueno, por cierto...

¿Vas a ir a ver a Carmela?. Anita consiguió un gesto moderadamente logrado de indiferencia. No es que yo quiera meterme, desde luego, pero pienso que aún en el caso de que esa llamada no sea un torpe intento de... en fin, lo que quiero decir es que podrías encontrarte, dadas las circunstancias...
Lo sé, Hermann podría estar allí cuando llegue, no te esfuerces, mujer. No, no voy a ir. Entre otras cosas porque desde que alquilé ese apartamento en el que estoy esperando la sentencia de divorcio, me he propuesto no entrar para nada en “mi” ex casa; recalcó el “mi” intencionadamente, y Anita no pudo menos que sonreír, bueno, hay que admitirle un cierto sentido del humor y bastante deportividad en su forma de tomarse todo el asunto, a mí este fulano me esta empezando a caer francamente bien.
Adonde sí voy a ir, preciosa, y Anita se quedó estupefacta al darse cuenta de que se ruborizaba, vaya espero que no se me note, pensó, si tienes la amabilidad de acompañarme en tu coche, es a mi casa, a dormir. Se ha hecho tarde y mañana tenemos que madrugar los dos. ¿Qué te parecería comer el viernes en “La Bitácora” y nos contamos lo que se nos haya ocurrido respecto a todo este batiburrillo?
Tampoco él se ha creído nada, pensó Anita de camino hacia el coche, no se lo tomaría con tanta calma ni me cuadra que proponga hablar del tema dentro de tres días, si se tomara todo este asunto medio en serio, con un hipotético suicidio de por medio, para el viernes ya habría hecho algo concreto eso de “contarnos lo que se nos haya ocurrido” suena más a excusa para invitarme a comer... ¿ y eso? Bueno, eso ya se verá, pero uno no queda para hablar dentro de tres días de un suicidio que podría ser mañana y que hoy se podría intentar evitar.
En el coche no volvieron a hablar del asunto, Eduardo dejó escapar un par de bostezos, parecía realmente cansado y con ganas de llegar y Anita juzgó oportuno dejar las cosas como estaban.

Después de dejar a Eduardo, su beso de despedida fue exactamente igual de casto y liviano que cuando se habían encontrado en el aparcamiento, Anita comprendió, al llegar a casa, que también ella estaba cansada, dio cuenta de un yogur mientras se empezaba a desvestir y se durmió casi inmediatamente que su cuerpo tocó las sábanas.
Pero, sin causa aparente, durmió mal.
En algún momento, durante la noche, Raúl conseguía entrar en la sala de juntas, seguido a prudente distancia por ella misma y Verónica, la cual, algo más retrasada, vigilaba por si se acercaba alguien; la cosa redonda estaba allí, encima de la mesa, pero de repente la puerta de la sala, sin darles tiempo a retroceder, se cerraba a sus espaldas y allí dentro, junto al ventanal desde el que se dominaba media ciudad, estaban besándose Hermann y Carmela, sin mostrar síntoma alguno de haberlos visto, Verónica reaccionaba antes que los demás, agachándose de manera que la mesa se interpusiera entre ella y los amantes, y Raúl y Anita intentaban seguir su ejemplo y ocultarse también junto a ella, súbitamente la bola de vidrio rodaba sin que nadie la tocara y se estrellaba en el suelo con tal estrépito que los tres compañeros se incorporaron a la vez, seguros ya de que en cualquier caso iban a ser descubiertos, dispuestos a enfrentarse a la petición de explicaciones. Anita dio un grito de terror cuando, al intentar salir del improvisado escondrijo topó con algo, y una vez completamente de pie se encontró encerrada tras una pared de cristal. Sus compañeros golpeaban a su lado inútilmente y, una vez convencidos los tres de que no podían salir de allí, Anita se despertó sudorosa y alterada y soltó un suspiro de alivio cuando se vio en su propia habitación, y ya en el baño, comprobó que nada tenía que hacer allí excepto si acaso lavarse un poco la cara puesto que en realidad, entonces lo vio, se había levantado con la exclusiva intención de comprobar que su libertad de movimientos era total y no necesitaba caminar con los brazos estirados para protegerse de golpes contra muros de cristal.

3

En su despacho del noveno piso, Anita leía por tercera vez el papel que tenía en la mano izquierda; luego, con expresión perpleja, revisaba nuevamente el sobre de cuyo interior lo había sacado, uno como el otro estaban escritos a máquina, su propio nombre y apellidos en el sobre, sin remitente, y unas breves y curiosas palabras en el papel, escritas en cursiva.

En un muro de cristal
la forma no es importante,
ni si es opaco o brillante.
Para bien o para mal
de los ocho, solo uno
me va a poder suceder
dieciséis bolas mirando
y sólo dos van a ver.

Así que ahí tenemos el juego, pensó Anita, Eduardo conoce a ese hombre mejor que nosotros y porqué lo primero que recuerdo ahora de sus palabras es aquello de que este maldito está preparando algo, no tanto para su propia vida, quizá, pero sí para la nuestra.

Verónica entró sin llamar a la puerta, y la cerró inmediatamente. Ajá, dijo, de modo que también a ti te ha llegado ya, Raúl todavía no abrió su despacho, y solamente él y Hermann tienen llave, pero estoy segura de que, bueno, llegará en diez minutos, tu nota dice lo mismo que la mía, supongo. Estás muy excitada Vero, protestó Anita evitando con un rápido movimiento que su compañera le quitase el papel de la mano para leerlo. ¿Hay una amenaza escondida, Verónica ignoró las palabras de Anita, o me va a poder suceder se refiere a suceder en el mando de la empresa? Dime qué es lo que has entendido tú de ese papel, no quiero ponerme a dar saltos así que no te me pongas en plan frío y controlado porque no lo soporto.
Sonó el teléfono y Anita dejó el papel dentro del primer cajón de su mesa, descolgó el auricular e hizo seña con la mano libre a Vero indicándole la puerta del despacho, pero ella dio un golpe en el suelo con el pie y movió la cabeza negativamente, al tiempo que apretaba los labios con determinación.
Hola, Anita soltó un suspiro de resignación, quién es, Hola, Anita, soy Eduardo, ha ocurrido algo y me gustaría hablar un momento contigo, ¿tienes diez minutos? O, mejor dicho, espera un segundo... ¿has encontrado una nota en tu despacho?, Sí, creo que la hemos recibido todos, tengo aquí a Verónica un tanto nerviosa y la verdad no sé si es el momento... se hizo un silencio al otro lado y finalmente Eduardo pareció cambiar de pensamiento ¿cómo te iría adelantar a hoy la comida que teníamos pendiente para el viernes? Sí, mejor así, contestó Anita, nos vemos a las dos y media, si quieres, se despidieron y colgó el teléfono.
O sea, dijo Verónica, que hay alguien más que ha leído la nota, ¿quién era? Te propongo una cosa, Vero, Anita intentó una expresión conciliadora: te vas a buscar dos cafés y los traes, y de paso, traes tu nota para que la cotejemos con la mía, me das de ese modo cinco minutos de calma y cuando vuelvas charlamos tranquilamente del asunto. Bien, pero si cuando vuelva me encuentro que llegó ya Raúl, lo traigo también ¿vale? Vale, ve entonces a por tres cafés.

+ + + + + + + + + + + + + + + +
A mí me va pareciendo cada vez más que este hombre está como una cabra, decía Raúl, no se trata ya de todo este rollo de la bola de cristal y de lo de ir dejando papelitos por los despachos, desde hace algún tiempo tengo la impresión... espera, interrumpió Anita, estamos dando por seguro que las notas las envió él ¿no estábamos en plan de investigar con seriedad y sin presuponer nada que no sepamos con certeza? No jodas, Anita, Verónica dejó la taza de café con cierta impaciencia sobre la mesa, nadie excepto Hermann tiene llave de todos los despachos, una cosa es no precipitar conclusiones y otra distinta cuestionar lo incuestionable, de acuerdo, Raúl movió las manos apaciguadoramente, creo que podemos establecer que esas notas son del monstruito, yo me centraría en la segunda parte del mensaje, parece obvio que la primera no es más que una clara alusión a la bola de marras como una pared de cristal tras la cual buscar algo, sí, lo de la bola está claro, quiere que nos fijemos en ella, ¿a santo de qué mencionar dieciséis bolas para referirse a los ojos de nosotros ocho, si no?, Verónica y Raúl forman frente común, pensó Anita, o soy quizá yo la que me siento extraña porque algo me está diciendo que con esta conversación estoy medio traicionando a Eduardo, de todos modos ahora no puedo detenerla, y añadió, y qué os sugiere la segunda parte, como la llama Raúl. Pero tampoco les estoy diciendo, continuaba la cabeza de Anita enfrentando y rechazando fantasmas de deshonestidad personal, a estos dos lo que supe de la agenda de Hermann, el muro de cristal ya está listo, creo que era, y yo me voy a ir en cuanto se termine el juego ¿era así? Verónica insistía en que una parte del mensaje, al final, le dejaba dudas serias respecto a si al referirse a una única persona sucediendo al boss se estaba hablando exclusivamente de la dirección de la empresa... o si había algo más siniestro y amenazante oculto en esas palabras. No auguro nada bueno, eso lo dijo Eduardo, antes de hacer algo con él hará algo con nosotros. Pero bueno, Anita empezó a irritarse un poco, aquí partimos de la premisa de que ese hombre está loco y los que estamos actuando como majaras somos nosotros ¿Qué nos hace pensar que Hermann está tan fatal como para elucubrar barbaridades por una simple bola de cristal y un juego de palabras en una nota?
Fue entonces, justo en el momento en que Raúl paseaba su mirada interrogante de Verónica a Anita, cuando, de repente, todo se volvió verdaderamente loco, por segunda vez aquella mañana la puerta se abrió sin que nadie hubiera dado los dos golpecitos de rigor, y Carlos, blanco como la pared, se quedó parado en el quicio, sin llegar a entrar, y dijo Vicente. Los tres miraron hacia la puerta y Carlos suprimió lo que había parecido un punto seguido o un punto final en una frase de una sola palabra, terminó de deshacer a duras penas algo que tenía atravesado en la garganta, tragó y entonces se demostró que sí que realmente había empezado una frase, está muerto, graznó. Se lo quedaron mirando unos segundos, sin reaccionar y él debió sentirse incómodo o quizá tuvo un mareo, porque en tres pasos inseguros se acercó al sillón de junto a la ventana y se sentó allí; respiró hondo, como si aún cerrada la cristalera le ofreciera aire del exterior ya que a la vista estaba y parecía tan cerca, y luego, mirando hacia fuera dijo, la bola de cristal estaba en su mesa y en ese papel que imagino que también habéis recibido, al decir eso sacó un folio del bolsillo de la americana, están subrayadas las palabras sólo dos.

Hay que llamar a la policía, dijo Verónica, y se acercó al teléfono, pero Carlos aclaró, ya están avisados, no tardarán en llegar, han dicho que permanezcamos todos en el edificio, por el momento. Pues yo me voy, aseguró Verónica; cálmate, Vero, Raúl la abrazó por los hombros, es mejor que hagamos como dicen, sí, hombre, casi gritó ella, si te parece me voy a quedar aquí esperando a ver a quién le toca turno, ni hablar, pero la que detuvo sus pasos sin tocarla y sin apenas mirarla fue Anita, no seas absurda, si de algo puedes estar segura es de que mientras estemos en grupo nada nos ocurrirá, además, todavía no sabemos nada respecto a las causas de la muerte de Vicente. A pesar de que ahí se detuvo al ver las miradas de los otros tres, con lo que dijo fue suficiente para que nadie se moviera hacia la puerta.
Sonó de nuevo el teléfono, y tal como Anita adivinó antes de atenderlo, Eduardo volvió a hablarle, esta vez con la voz algo alterada pero sin dejar lugar a dudas respecto a las posibles alternativas, Anita, dijo, estoy reunido en mi despacho con Alberto y Damián, sucede que tenemos una emergencia, recoge al resto y venid todos hacia acá, no entréis en el despacho de Vicente. Y colgó.

Os preguntaréis, Damián tomó la palabra cuando todos estuvieron sentados formando círculo en el despacho de Eduardo, por qué razón es en este lugar donde hemos reunido comité de emergencia y no arriba, enfatizó esa palabra con la voz y con un movimiento de cejas en dirección a las alturas del doceavo piso, y seguramente también os extrañe, a los que todavía no estáis al corriente de los últimos acontecimientos, la ausencia de Hermann.
Tengo mis propias ideas respecto a lo segundo, afirmó Verónica impetuosa, y si Vicente estuviera todavía entre nosotros seguramente... pero Carlos la atajó, agarrándola del brazo, deja que Damián termine, por favor, Vero, y el más anciano de los componentes de la junta directiva pudo continuar.
Vicente ha fallecido, como ya sabéis, y la policía viene hacia acá para determinar las causas de su muerte, es cierto; Damián miró directamente a Vero y había simpatía y comprensión en su mirada, pero precisamente lo que conviene es que intentemos calmarnos y estar preparados para cuando empiecen las investigaciones. Debéis saber, para empezar, que Hermann ha desaparecido.
¿Prepararnos? Ahora fue Raúl el que interrumpió, sin poder contenerse ¿qué significa prepararnos? Significa, intervino Anita, que quizá Vicente no ha fallecido de muerte natural y que las investigaciones que eso podría originar fácilmente nos involucrarían a todos nosotros ¿me equivoco?, Anita se esforzó en dirigir su mirada hacia Damián, a pesar de que justo al lado del veterano consejero se encontraba Eduardo. En términos generales, así es, concedió Damián. Pero lo que os quería remarcar es que si Vicente no está, por desgracia, entre nosotros tampoco Hermann ha podido ser localizado, lo cual, considerando la peculiar estructura jerárquica de esta compañía, aquí hubo más de una sonrisita irónica entre los presentes pero el que hablaba las ignoró y continuó impertérrito, y dada la concentración absoluta de poder en una sola persona que tal estructura determina, hemos considerado, Alberto, Eduardo y yo, someter a vuestra consideración la conveniencia de establecer como portavoz, en ausencia del presidente, al Jefe de los Servicios Jurídicos. Se podría dar el caso, añadió después de una pausa lo bastante breve como para
no dejar lugar a intervenciones prematuras, que el curso de los acontecimientos haga aconsejable cierto dominio de la temática judicial por parte del interlocutor oficial de la empresa. ¿Qué significa exactamente, Carlos pareció no conceder importancia a la cuestión del interlocutor y planteó de frente el tema que le inquietaba, “no se ha podido localizar a Hermann”, habéis ido a su casa, de qué información disponemos? Damián hizo ademán de responder, pero lo pensó mejor y decidió que estaba en su mano comprobar de inmediato cuál era la acogida a su propuesta respecto a Eduardo, de modo que le miró significativamente y éste fue quien contestó, no está en su casa, eso lo hemos comprobado, y, aquí carraspeó ligeramente, tampoco lo hemos localizado en aquellos lugares en que, eventualmente, podría haberse encontrado, hubo varias miradas distraídas, hacia el techo, algunas, más en horizontal hacia la ventana, otras, algún carraspeo se solidarizó con el del jurídico y Damián, visto que su intento había fructificado, se dirigió ya a Eduardo como interlocutor oficial de la empresa para preguntarle si, cara a las preguntas que seguramente haría la policía, era más jurídicamente conveniente para los presentes imaginar alguna relación entre el fallecimiento de Vicente y la desaparición del Jefe, o si resultaba menos comprometido tener quieta la imaginación hasta que informaciones fiables y con toda probabilidad, eso lo dijo, con toda probabilidad, para infundir confianza y ánimo en los presentes, no lejanas en el tiempo, permitieran remitirla, a la imaginación, al terreno de los detalles, siendo sustituida con ventaja en cuanto a solidez y certeza por las seguridades que la razón y el buen hacer de los competentes servidores de la Ley. Eduardo encendió un pitillo y contesto que sí, lo cual, si bien no aportó claridad a los cerebros de los presentes, tampoco aumentó, a estas alturas, su confusión.
Estaban sentados, ya se ha dicho, en semicírculo ante la mesa del Jefe de los Servicios Jurídicos y un toc toc en la puerta, que habían cerrado de acuerdo con el carácter de la reunión, fue precedido del saludo de un ordenanza que la abrió solamente a medias, la puerta, diciendo perdón señores, el comisario de policía, antes de abrirla acto seguido por completo y hacerse a un lado.
Anita vio entrar entonces a un hombre de mediana edad, pantalones de franela y americana de cheviot que portaba, de forma harto ostentosa, un poblado bigote gris cediendo al blanco gran parte de su tonalidad. Su nariz, aguileña y sobrada, le confería unas ciertas dosis de humanidad a un rostro que, sin ellas, parecería en otro caso excesivamente hierático a causa de la frialdad de sus ojos, claros y de mirada impasible. Buenos días, señores, se presentó a sí mismo, soy el comisario Bermúdez, si me permiten... y sin esperar señal alguna reveladora se dio por permitido y se sentó en el sillón giratorio tras la mesa del Jefe de los Servicios Jurídicos. Una vez instalado hizo girar despacio su asiento para mejor observar los rostros de todos los presentes y preguntó, alguno de ustedes puede hacerse cargo, por unos momentos, de la función de portavoz, y todos se sintieron curiosamente aliviados al saber que podían señalar sin dudar a un solo hombre, pero ninguno de ellos llegó a dirigir su mirada a tal efecto hacia Eduardo porque antes de que tuvieran tiempo de tal cosa, fueron sorprendidos por el grito asustado de Verónica, la cual, sentada junto a Carlos, fue la primera en percatarse del movimiento hacia delante del mismo, primero con la cabeza y a continuación con el resto del cuerpo, hasta quedar el galán oficial de la empresa, después de un golpe sordo contra el linóleo, tendido en el suelo en postura poco airosa, por no decir carente por completo de elegancia.
4
Anita, de nuevo sola en su despacho, intentaba poner orden en sus pensamientos. Las instrucciones del comisario eran claras y todos ellos debían permanecer en el edificio hasta haber sido interrogados separadamente, lo cual, dado que Bermúdez había salido acompañando a la ambulancia que se llevó a Carlos y que todavía no se había realizado la autopsia del cadáver de Vicente, dejaba bien sentado que quien no quisiera ayunar ese día tendría que conformarse con los platos combinados de la cafetería de la segunda planta. La comida en “la Bitácora”, por tanto, era inviable pero, por alguna razón, Anita sentía la necesidad de ver a Eduardo, de buscar protección en él, Verónica podría decirme ahora, pensó, ¿no eras tú la que proponías la seguridad del grupo?, pero eso fue antes de ver a Carlos y su gesto de dolor en la camilla que se lo llevó hacia la ambulancia, ese gesto, más que la muerte de Vicente, le había transmitido a Anita el nuevo mensaje, no se trata de que cada uno de nosotros pueda ser la próxima victima, se trata de que cada uno de nosotros puede ser el que está causando todo esto, Hermann no tiene tanto poder para poder causar daño a Carlos desde lejos, nada sabemos de Vicente y del momento de su muerte, pero Carlos cayó en unas circunstancias que difícilmente pueden señalar a Hermann como involucrado. La mente de Anita iba de uno a otro de sus compañeros y ella se resistía a admitir el desagradable descubrimiento de que, exceptuando quizá a Verónica, apenas nada sabía del resto de ellos, quince años trabajando en el mismo edificio, viéndose periódicamente las caras en las reuniones teatrales del boss, pura ficción de un par de horas para luego volver cada cual a su cubículo, ¿dónde estará ahora ese maldito cabrón? De lo que no hay duda es que, en cualquier caso, él y sus paranoias están detrás de todo esto, voy a llamar a Eduardo.
Pero detuvo la mano sobre el auricular, quizá ahora está con Damián o con alguien, no me gustaría, en fin, ya están las cosas lo bastante liadas como para... entonces esta vez sí, sonó el golpeteo de alguien en la puerta y Eduardo entró en la habitación. Hola, dijo, ¿vas sobreviviendo al temporal?, he pensado que hoy habíamos quedado en comer juntos, sí, sonrió débilmente Anita, pero ¿en la cafetería?, si lo recuerdas, dijo él, hay tres mesas en un rincón, detrás de la ele de la barra, que están apartadas del resto, seguro que los demás buscarán sentarse todos juntos. ¿No les parecerá un tanto extraño que no lo hagamos nosotros también?. Se trata, apuntó Eduardo, de ir pronto, media hora antes de que los demás aparezcan. De acuerdo, me parece bien, a las doce y media estaré allí. La sonrisa de Eduardo era de ánimo y complicidad cuando abrió la puerta tras de él y salió del despacho.

Imagino, aventuró más tarde Anita, nada más retirarse el camarero y dejarles abierta la botella de vino, que deben estar ya buscando a Hermann por todas partes, independientemente del resultado de la autopsia. ¿has tenido alguna noticia de... No, desde que hable con ella por la mañana no he vuelto a saber nada de Carmen, ella, en cualquier caso, no tiene ni idea, dice, de donde pueda estar Hermann. ¿Dice? Enarcó las cejas Anita. Dice, repitió Eduardo, y yo la creo. ¿Sabes alguna cosa que yo no sé? Algunas afirmaciones simulan el signo de interrogación por cortesía y Anita consiguió un resultado muy decente, en esta ocasión. Sí, respondió él, y no importa que lo sepas tú antes que la policía, antes o después tendrá que saberlo todo el mundo. Sirvió primero en la copa de ella y luego en la suya y bebió un sorbo; es lo del muro de cristal, dijo ella, algo relacionado con el juego de ajedrez, aquel día ibas a contarme algo cuando llamó tu... Carmen, perdón. Eduardo la miró directamente a los ojos, se pasó un dedo por los labios repetidamente y luego dijo, Hermann está rematadamente loco, mucho más loco de lo que ninguno de vosotros podríais haber imaginado y desde luego mucho más de lo que, a pesar de todo, pueda estar todavía vislumbrando Carmen que está, por cierto, bastante asustada. Anita permaneció en silencio, esperando. Tiene un espantoso complejo de inferioridad y eso le lleva a apartarse primero de todo el mundo para luego, conseguido el poder suficiente para ello, jugar con todos. Matar no es un juego, opuso Anita, no lo es, precisó Eduardo, para alguien en su sano juicio, estamos ante un caso de auténtica esquizofrenia, que podría haber terminado, eso sí, en un suicidio en solitario de no ser por el muro de cristal. Cuéntame. Te cuento.

Las primeras veces que vino a casa, hace ya tiempo de eso, apenas se fijaba en Carmen, me dijo un día que los domingos se aburría y le invité a venir a tomar algo en casa y echar una partida de ajedrez. A partir de entonces se presentaba casi cada domingo, a media tarde. Estaba un par de horas jugando en silencio y se marchaba, nos tomábamos unos whiskies. Carmen entraba y salía y, una vez que él se había marchado, me comentaba entre bromas que quizá era un suicidio profesional ganarle cada domingo a mi propio jefe al ajedrez, deberías dejarle ganar alguna vez, por si acaso, me decía. Pero un loco como todos sabemos no es forzosamente un estúpido y desde luego, Hermann no lo es, se hubiera dado cuenta enseguida, si yo me hubiera dejado ganar.

Una tarde de domingo lluvioso se presentó en casa con un paquete envuelto en papel de estraza. Cuando nos sentamos para la primera partida, desenvolvió lo que traía y lo colocó verticalmente sobre la mesa, junto al tablero. Dijo, creo que te aburres, me ganas con demasiada facilidad, el tiempo que yo piense mi jugada, puedes leer, si quieres. No era, sin embargo, un libro, lo que había traído. Se trataba de una especie de plancha de vidrio de cierto grosor, con una ranura en medio que dejaba espacio suficiente, entre los dos lados de la pared, para contener un folio de papel en su interior. Cuando empezamos a jugar, me lo quedé mirando fijamente y pude leer, con cierta dificultad, unas palabras, seguidas de lo que parecían fórmulas matemáticas de difícil comprensión. No hice demasiado caso, pero a medida que la partida avanzaba, yo me sentía mas atraído por la curiosidad. Ese día no conseguí descifrar totalmente el contenido de aquello que se encerraba entre el muro de cristal de Hermann, pero, para mi satisfacción, al terminar de jugar yo ya empezaba a encontrarle un sentido. A cambio, me dio jaque mate por primera vez, pero no solo no me importó sino que pensé comentarle a mi mujer que se había presentado gratuitamente una solución a sus inquietudes.
La situación se repitió cada domingo, hasta que un día ocurrió que tuve que ir a casa un par de horas antes de lo previsto a recoger unos documentos olvidados y me encontré a Hermann en la cama con Carmen; desde ese día él dejó de venir a jugar y yo inicié los preparativos de mi divorcio.
Eduardo guardó silencio y Anita, viendo a través de los cristales de la cafetería que se acercaba el grueso del
grupo, se levantó. Salgamos, dijo, pero mientras recuperaba el bolso de la silla, añadió, si la bola de la sala de juntas cumple la misma función en este juego, ahora solo nos falta saber cuál es el objetivo a conseguir, qué piensa ganar Hermann en este juego... ¿ lo sabes tú?

+ + + + + + + + + + + + + + +

El comisario volvió con la noticia de que Carlos estaba fuera de peligro y con la petición de que se le asignara un despacho disponible para hablar con cada uno de los seis miembros del consejo de administración por separado. Anita, con rapidez de reflejos, preguntó si el suyo podía servir y si una vez interrogada se podría marchar a casa, el comisario sonrió apenas y ambos se dirigieron al despacho de Anita. Tiene usted prisa, preguntó Bermúdez, por hablar conmigo o por llegar a su casa, en el pasillo Anita observó que la puerta del despacho de Vicente se había dejado abierta cuando se llevaron a su ocupante para que fuera examinado por el forense, y allí, encima de la mesa, estaba la bola de cristal. La última visión de esa cosa, recordó, fue un montón de cristales saltando cuando se hacía trizas contra el suelo, ojala hubiera sido verdad y no un sueño, pero luego le vino a la mente la continuación del sueño y se estremeció con un escalofrío.
Bien, dijo Bermúdez ya en el despacho, confío en que no la molestaré mucho tiempo, ¿puede usted establecer alguna relación entre las personas de Carlos, Vicente y Hermannn?, me refiero a relaciones personales, más que las obviamente profesionales, ¿relaciones personales?, Anita dudó un momento, verá comisario, en esta empresa cada uno de nosotros pasa casi todo el tiempo encerrado en su propio despacho... el Sr. Hermann, desde luego, no mantenía...mantiene otros contactos, que yo sepa, con sus subordinados que los estrictamente profesionales, sin saber bien porqué Anita se sintió incómoda, pero la mirada del comisario continuaba impasible, en cuanto a Vicente y Carlos...bueno, no es ningún secreto que no se llevaban muy bien, seguramente por el tema de Adela, perdón ¿Adela, ha dicho? Bermúdez apuntó algo en su bloc de notas, sí, le explico, ella es... era la secretaria de Vicente y éste no veía con buenos ojos sus relaciones, de todos conocidas, con Carlos, y ¿cuál era la causa de esa desaprobación, si es que usted la conoce? En realidad nadie estaba muy de acuerdo, Anita se sonrojó un poco, Carlos está casado con una mujer encantadora y la mayoría de nosotros opinamos... entiendo, señorita, el comisario se levantó, ha sido usted muy amable y le agradezco de veras su colaboración.
Anita le dejó, respondiendo a su petición, anotados su dirección y teléfono particulares y se dirigió hacia la puerta, que opina usted, señorita, oyó cuando estaba a punto de cruzarla, respecto a la salud mental del Sr.Hermann; se volvió asombrada hacia Bermúdez y balbuceó un par de incoherencias hasta que él pareció haberlas interpretado suficientemente y le indicó con amabilidad que podía marcharse.

Pues yo le dije con claridad, Verónica denotaba una convicción absoluta, que para mi no hay duda de las razones por las que ha desaparecido el Jefe, y le pedí protección policial para todos nosotros hasta que lo detengan. Tampoco tuve manías al contarle lo de Carlos con Adela, pero, aquí miró fijamente a Anita, de lo tuyo con Eduardo no le conté nada, todavía no sé si es serio y además no te haría eso a ti, ¿lo mío con Eduardo, de qué hablas, protestó Anita atónita, déjala, no le hagas caso, intervino Raúl, Verónica lleva unos días muy inquieta y ya ve fantasmas por todos lados, lo que queráis, dijo Vero poniendo cara de dignidad herida, ya me diréis cuando todo esto se aclare quién veía fantasmas y quién veía la realidad tal cual. Ahora, por tu culpa, Raúl se dirigía a Verónica, no me cabe duda de que Adela será también interrogada, con lo histérica que es esa pobre chica, no es por su culpa, Raúl, confesó Anita, yo ya le había contado antes a Bermúdez lo de ese affaire, Verónica miró a Raúl con gesto de ¿viste, listillo? Y se arreó su segundo lingotazo de ballantines desde que, unos minutos antes, había llegado con su compañero a casa de Anita, venimos a cotillear, habían dicho al abrirles ella la puerta de su casa.
¿Y si, después de todo, no ha sido Hermann?, Raúl enseñó una aceituna que había conseguido atravesar justo por centro con el mondadientes, si no ha sido él, dijo Verónica, explícame por qué se esconde, no sabemos si se esconde, adujo él, sólo sabemos que no aparece, tiene gracia, contestó ella con una mueca de desprecio intelectual, quién, si no fue Hermann, pudo poner la bola de cristal en el despacho de Vicente, eso no lo sé, la verdad, Raúl admitió, con su gesto de haber sido cogido en falta, que el detalle se le había pasado por alto. Anita miró el reloj mientras preguntaba, quién era el siguiente en el interrogatorio, al salir vosotros, no te preocupes, sonrió Verónica, entró Damián y en todo caso, cuando Eduardo salga no va a ser tan imprudente de venir directamente aquí sin llamar antes por teléfono, cuando llame nos vamos éste y yo, y todos tan contentos. Tal vez no es tan seguro que vaya a venir, Raúl estaba pensativo, a que te refieres, de qué vas ahora, y él levantó la vista del suelo y mirando primero a una y luego a la otra susurró, quizá se vaya a ver a Carmen, ¿a Carmen, por qué? ¿estás chalao? No, no lo estoy, ahora sabemos todos que Hermann no está con ella, quizá... y se puso a mirar un cuadro de la pared, con cara de estar muy interesado en leer la firma.
Anita sintió un vacío en el estómago y fue a buscar unas galletas saladas para acompañar el whisky. ¿ Quizá, qué, quizá Eduardo desea volver con su mujer?, a mi no me lo pareció en absoluto, aquel día, pero esos dos no estaban delante cuando yo vi su gesto al responder al teléfono, qué saben ellos. Es curioso, ninguno de nosotros parece haberle dedicado un pensamiento a Vicente, él está muerto y nosotros estamos aquí elucubrando, hablando de nuestras cosas, si Carlos no se hubiera recuperado no sé bien como me sentiría, supongo que fatal, por nada del mundo querría estar en el lugar de Adela, ahora.

5
Tres días después de iniciados los interrogatorios, los periódicos publicaban en la página de sucesos la muerte de Vicente por, según dictamen del médico forense, envenenamiento; el ingreso por intoxicación en un hospital de un compañero de trabajo del difunto; y la aparición del cadáver de Hermann, colgado de la rama de un árbol en un bosque de los arrabales de la ciudad. El suicida, afirmaba el diario, portaba un sobre en el bolsillo de su chaqueta dirigido al Juez, al parecer se trataba de un importante industrial cuyas facultades mentales estaban, últimamente, algo mermadas.

Anita dejó el diario en la mesa de la cafetería, terminó su desayuno y llamó con una seña al camarero. Los hechos, finalmente, se habían desarrollado con una cierta rapidez, se dijo a sí misma, que no sabía bien en qué medida era atribuible a la labor policial. Cierto que Bermúdez había resultado hábil y certero al hacer analizar los restos de café de la máquina que utilizaba Adela en su oficina, de ella había sabido que su médico le tenía absolutamente prohibido el consumo de cafeína, problemas de tensión arterial, y que la exclusiva función de tal máquina se ceñía a la afición diaria de Vicente a una magnífica mezcla de colombianos y brasileños que adquiría en un colmado cercano. Las incursiones eventuales de Carlos, en general subrepticias, irregulares y desconocidas en frecuencia y momento por el resto del personal, en la oficina de Adela, había llevado al comisario a diagnosticar sin dudar una igual certeza en catalogar como provocada la muerte de Vicente y, en cambio, accidental la intoxicación de Carlos. ¿Y porqué Hermann había decidido comenzar con Vicente? se preguntaba Anita mientras recibía el cambio de manos del camarero.
Comenzar con, en el fondo pensar de ese modo era algo que no había conseguido desterrar de su mente, Hermann, por lo que ella sabía, no tenía nada en particular contra Vicente, él tan sólo estaba comenzando un juego, y todos los miembros del “consejo de administración”, esa palabra siempre le arrancaba una sonrisa irónica, estaban por igual a un mismo lado del muro de cristal, pero, entonces, lo extraño no era que Vicente fuera el primero de la lista, tanto daba uno como otro, lo que desorientaba a Anita era ese “suicidio prematuro”, como aparente decisión de precipitar el final de un juego que ya aburría al demente nada más iniciarlo. Un demente es imprevisible, había concluido con frialdad Bermúdez cuando ella le transmitió su inquietud, y nunca se sabe cuál va a ser su próxima decisión, las explicaciones de Eduardo respecto a la bola de cristal y su interpretación personal de la paranoia de Hermann, estableció el comisario, no dejan de ser una aportación de datos en un tema confuso, pero la confusión en sí viene provocada por la inestabilidad mental del protagonista, y en este caso tal personaje ya no nos puede informar de sus intenciones y procesos mentales.
Todo muy frío y muy aséptico, pensaba Anita, Verónica, en cambio, había llegado a conclusiones similares por una vía muy distinta, muerto el perro se acabó la rabia, parecía sentenciar con un suspiro de alivio, pero Anita sentía que algo en todo aquel entramado había quedado colgado, pendiendo por encima del muro de cristal y todavía situado al otro lado, algo que de tanto en cuanto se balanceaba contra el vidrio produciendo un golpe que resonaba en su cerebro, como un aviso de atención hacia no se sabía qué.
Cruzaba ya las avenidas hacia la explanada donde había dejado aparcado su auto, un grupo de chiquillos, al fondo del extenso reducto casi vacío de coches a esa hora, se esforzaban en sacar el balón de entre un mar de piernas infantiles que se habían reunido en bosque confuso, sin darse cuenta ninguno de ellos, la vista fija en el centro del bosque en busca de la pelota, que ésta, ante tanto movimiento de pies, hacía unos segundos que había salido disparada al exterior, y permanecía quieta a una cierta distancia de la confusión sin que nadie mirase en su dirección. Anita sonrió divertida, y casi enseguida, a punto ya de meter la llave en la cerradura para entrar en su coche, pensó, Carmen.

+ + + + + + + + + + + + + +

Todos los que conocían la existencia de la bola de cristal habían sido interrogados, todos se habían estado mirando el uno al otro de refilón, cada uno de ellos había sido considerado en algún momento uno entre varios de los pobladores de este lado del muro. Nadie había apenas reparado en Carmen, que era “solamente” alguien que estaba al otro lado del cristal; en el mismo lado que Hermann, pensaba ahora Anita, viviendo con él y siguiendo de cerca las evoluciones de su cotidianidad, de su sueño y sus posibles vigilias nocturnas, de sus silenciosos movimientos y sus rutinas quizá, quién sabe, delatadoras.
Miró el reloj de pulsera. Una vez más, como cada día desde que había pasado ante la puerta abierta del despacho de Vicente y había visto aquella esfera imperturbable sobre la mesa de la victima, única al parecer, del juego, Anita se despertaba muy temprano y, ante la disyuntiva de permanecer ociosa en casa, prefería salir a desayunar pronto y conducir luego su auto hasta el parque donde paseaba calmadamente en espera de que el reloj le indicase el momento de encerrarse en su despacho. Eso, descubrió, le permitía comenzar la jornada relajada y compensar con ello la escasez de su sueño.
En un impulso, decidió dirigir el automóvil hacia la “ex” casa de Eduardo, sonrió al recordar la expresión, Eduardo, en su nueva e inesperada situación de posible, probable en realidad, sustituto del boss en la dirección de la empresa, Eduardo y su cálida sonrisa cada vez que, como de forma casual, como necesitando una excusa, aprovechaba las coincidencias en la salida del trabajo para invitarla a cenar, Eduardo, con esa mezcla de timidez ante ella y seguridad y auto confianza en los temas profesionales... Anita pensaba en lo imprevisible que a veces resultaba el azar, conjugando de forma aleatoria situaciones y encuentros.
Aparcó el coche y se acercó a la puerta de aquella casa en la cual no sabía realmente qué iba a hacer ni que buscaba siquiera. Dudó un momento antes de apretar el timbre y finalmente llamó dos veces. Cuando Eduardo abrió la puerta, se quedaron ambos mirándose sin comprender. El silencio entre los dos se rompió con una pregunta procedente del interior ¿quién es a estas horas, mi amor?
Eduardo se apartó de la puerta para permitir la entrada de Anita, pero ella dio media vuelta y se encaminó, repentinamente sonámbula, hacia su coche.

6

Bermúdez consiguió de un grafólogo el dictamen correspondiente, el escrito de Hermann al juez contenía una bien conseguida pero evidente falsificación de letra.

La autopsia del cadáver señaló que si bien la muerte se había producido realmente por asfixia, había cantidades considerables de somnífero en el cuerpo del difunto. En casa de Carmen y Eduardo se encontraron las llaves de la sala de juntas y un rectángulo de cristal semejando una pequeña pared, amén de unos folios conteniendo claves esenciales para dirigir la empresa de Hermann.

Los miembros del consejo de administración se vieron, por su parte, forzados a quemarse los cascos para determinar quién, puestas así las cosas, iba ahora a dirigir la empresa.

Anita consideró llegado el momento de acudir a la delegación de voto, contemplada en los Estatutos, y tomarse unas vacaciones. Quizá Mallorca, tal vez las cataratas de Iguazú...


































El muro de cristal
1

Ninguno de los asistentes a la reunión se percató, al principio, de su presencia. A medida que fueron llegando los convocados, se intercambiaron las palmaditas de rigor, saludos rápidos y medio distraídos; cada cual fue tomando asiento y abriendo carpetas, portafolios, maletines, y sacando bolígrafos de bolsillos interiores de americanas, bolsos; los folios en blanco se fueron ordenando ante cada uno, en perpendicular, medio oblicuos, cercanos, un poco más separados.

Ocho miradas convergiendo al fin hacia la cabecera de la mesa larga y ovalada, miradas vagamente expectantes, tranquilas en general, alguna medio sonriente, y en definitiva Hermann decidió que era el momento de empezar. Buenos días a todos, dijo.

Y añadió rápidamente, si os parece leeré el acta de la última reunión y, si es aprobada, comenzamos.

La lectura del acta siempre era monótona y aburridamente obligatoria y durante cinco minutos los asistentes, según lo relajado de su idiosincrasia, simulaban atender mirando en dirección, más o menos, a Hermann, ó bien hacían dibujitos generalmente geométricos en el papel ante ellos, ó, los más descarados, ojeaban el diario con cara de un ojo aquí una oreja allá.

Entonces, paseando la mirada distraídamente por el resto de los presentes, Anita lo vio, fue la primera en ver la cosa aquella, porque al encontrarse con la mirada de Carlos, al final de la mesa, desvió la suya rápidamente, no le interesaba lo más mínimo que aquél creído pensase... valiente pedante, como si no supiésemos todos que no sólo está casado sino que además se lo monta con la secretaria de Vicente, habrase visto cara dura, y todavía pretende hacerse el simpático conmigo, algún día le van a cantar las cuarenta, a ese tío, y... ¿qué es eso?
Carlos ocupaba, de los cuatro lugares enfrente de Anita, el más alejado de Hermann, y a la derecha del seductor oficial de la empresa, ella vio un objeto esférico ocupando el lugar vacío justo en el otro extremo del gerente director presidente y propietario de la compañía.

Se quedó unos segundos con la vista fija en aquella esfera brillante. ¿qué demonios era aquello? ¿Estaba ya ahí, cuando entraron todos? Pero la retórica pregunta de Hermann, los que estuvieron - ¿fue así, se da el acta por aprobada? - le hizo mirar nuevamente hacia la cabecera de mesa y asentir de trámite, con los demás.

Un día tendríamos que levantar la mano cuatro o cinco y oponer que la reunión anterior no fue en absoluto así como dice el acta, pensó Anita, aunque fuera solamente para ver la cara que se le ponía a ese cabrón. Pero, claro, se respondió a sí misma, tú sabes bien que eso no sucederá nunca, a ver quien es el que le pone el cascabel al gato; y ahora va a empezar, como si lo viera, con su perorata supuestamente amable felicitándonos a todos, antes de empezar, queridos colaboradores, por la magnífica labor patatim patatam...

Antes de empezar quiero felicitaros, dijo Hermann, y Anita sonrió imperceptiblemente. Entonces, a la derecha del boss, vio a Vicente, su mirada trasladarse de la esfera al rostro de Anita y, cuando comprobó que ella se había dado cuenta, levantar un poco las cejas en muda pregunta. Ella contestó frunciendo muy levemente los labios y moviendo una sola vez la cabeza. Ni idea, le dijo con el gesto, lo acabo de ver, no sé quién lo ha puesto ahí.

La reunión transcurrió por los derroteros archisabidos y la única novedad para todos resultó ser la esfera; a medida que las sonrisas aprobatorias iban adornando la exposición del jefe y alguna risita discreta acompañaba sus escasas ingeniosidades para amenizar el trámite, todos, uno a uno, fueron intercambiando miradas y señalando con ellas el final de la mesa, donde se encontraba, impasible, el objeto.

Nadie sabía qué cosa era aquello, porqué estaba allí, ni cual era su utilidad. A medida que avanzaba en su monólogo directivo presidencial, Hermann fue notando un interés inusitado en los oyentes, los cuales, sin un motivo conocido, al menos para él, parecían estar mucho más pendientes de su charla que en otras ocasiones. No se le ocurrió pensar que de lo que estaban pendientes era solamente de la persona que, por lógica mayoritaria, podía, en uno u otro momento de la reunión, decidirse a explicar qué narices hacía aquella esfera al final de la mesa, al fin y al cabo, decía esa lógica compartida, quién es aquí el que ostenta toda la información y controla todos los datos, quien el que lo sabe todo de todos y de todo.

Pero la comedia llegó a su fin y, a las indicaciones de Hermann levantándose de su asiento, siguieron todos su ejemplo, unos más dubitativos que otros, pero sin que nadie llegase a exponer la pregunta que a todos tenía inquietos ya, en aquellos momentos; abandonaron despacio y en fila de a dos la sala de juntas, echando alguna que otra mirada oblicua hacia la mesa, limpia ahora de papeles, bolígrafos y demás parafernalia y resaltando con ello mucho más la solitaria presencia encima de ella de aquella cosa que nadie sabía qué era.

Verónica ralentizó su caminar permitiendo con ello que Anita y Raul la alcanzasen en el pasillo, antes de llegar a su oficina. Agarró al hombre por un brazo y dejó que los demás pasasen de largo. Esperad, dijo, un momento.

Raúl y Anita entraron, medio empujados por Verónica en la oficina de la Responsable De Ventas.
Bueno, dijo ésta, ¿qué es?. Miró directamente a Anita. Tú estabas casi al lado; desde lejos yo solo he visto una bola redonda, parecía de cristal... ¿sabes quién lo puso ahí? ¿por qué Hermann ha hecho caso omiso? ¿Te has fijado, por cierto, como te miraba Carlos? El muy cerdo...

Raúl sonrió conciliador. Vero, hablemos de bolas y dejemos las de Carlos. Anita y yo veníamos comentando, está claro que nadie sabe nada de esa cosa, por un lado, y también de que Hermann, sí que sabe, porque es imposible que no la viera, la tenía toda la reunión ante su vista, de frente. Y no ha hecho el más mínimo gesto de sorpresa ni de interés.

Sí, remachó Anita, el asunto es saber porqué la ha puesto ahí y que pretende al dejarnos a todos con la duda. Además, cuando se ha dado cuenta, era evidente, que todos estábamos esperando, al final, que dijera algo al respecto, ¿os habéis fijado?, le ha asomado una sonrisita maligna bajo el bigotillo, al levantarse de la silla y dar la reunión por finalizada sin más...

¿ Os fijasteis si esta vez cerró la sala con llave? Supongo que sí, porque le vi quedarse junto a la puerta esperando que saliéramos todos. Verónica encendió un pitillo sin ofrecerles, sabía bien que no fumaban ninguno de los dos y en cierto modo disfrutaba de poder encenderlo ante sus narices, ahora que estaban en su zona de influencia. El largo y virulento contencioso respecto a zonas de fumadores se había terminado felizmente con su ascenso a Jefa Responsable Del Departamento De Ventas, y su incorporación al amplio despacho.

Raúl estaba más cerca que yo, Anita se encogió de hombros, dice que es una bola de cristal, efectivamente, pero que parece como si lo que se ve de ella fuera una tapa de una caja.

¿Una caja?
Sí, bueno, Raúl dudó un segundo, es que me pareció ver una raya dividiendo la esfera en dos, como si se abriera por la mitad, no sé. Tampoco la vi tan de cerca, y tuve que salir enseguida, Hermann nos miraba desde la puerta.

Verónica, añadió Raúl, a mí me están esperando en Producción, no puedo enredarme más. Lo que sea que es esa bola de las narices, ya se verá.

Y se fue. Le vieron caminar rápido por el pasillo y Anita, con más calma pero con la misma firmeza que su compañero se despidió también, besó a Verónica en ambas mejillas y le dijo luego hablamos ¿desayunamos juntas, dentro de cuarenta y cinco minutos?
* * * * * * * * * * *

Las reuniones de Junta Directiva en Hermann&Hermann sociedad limitada eran bimensuales. La Sala de Juntas permanecía cerrada, y la llave en el despacho del Altísimo, entre cada dos reuniones. Hermann medía escasamente un metro sesenta y cinco, pero le llamaban así porque había decidido, al estructurar el edificio, que entre su enorme despacho, en el último piso y la siguiente de las plantas ocupadas por negociados, departamentos y oficinas, se dejasen dos pisos de separación, prácticamente vacíos y que con el tiempo se habían ido convirtiendo en habitáculos donde ir añadiendo máquina de café, una nevera de tamaño mediano para los que preferían desayunar sin salir del edificio, una mesa de oficina que había tenido que ser sustituida por otra más nueva, cuyos cajones no se quedasen atorados, y que en la actualidad se utilizaba para leer el diario mientras los que así lo preferían desayunaban en las instalaciones de la empresa.

De ese modo, cada vez que alguno de sus subordinados era llamado al Gran Despacho, tenía que subir, como mínimo, tres plantas más arriba, en el caso de los altos cargos, y hasta un máximo de las doce que había en el edificio, en las escasísimas ocasiones en que llegaba a visitar aquel sancta sanctorum un simple administrativo, agente de ventas, botones o chupatintas.

Antes de transcurrida una semana de lo ya relatado, todo el personal en masa de la compañía estaba ya en conocimiento, directo o indirecto, del objeto encerrado en la Sala de Juntas. Pero – así es la naturaleza humana – antes de la segunda semana la mayoría se habían ya olvidado del asunto, la reiteración de preguntas sin respuestas, nadie sabía nada, en las horas del desayuno, llegó a cansar al más curioso, y el asunto quedó archivado ad in aeternum, para casi todos.

No para Anita. Ella conocía al presidente de la compañía lo bastante como para tener la seguridad de que, puesto que sólo él podía haber dejado aquella cosa en la mesa de la sala de juntas, lo había hecho cuando juzgó oportuno, es decir, con la intención de que la vieran todos los reunidos en aquella reunión; en absoluto cabía pensar en una distracción o en un olvido involuntario. Hermann estaba esperando, sin duda, las reacciones de cada uno de los asistentes. Incluida, pensaba Anita, la mía.

Una tarde, caminando en dirección al aparcamiento para meterse ya en el coche y volver a casa, casi tropezó con Eduardo, abstraída como andaba en sus pensamientos. El Jefe del Departamento Jurídico de la Empresa era habitualmente uno de los últimos en retirarse, y aquella tarde Anita había tenido que quedarse más tiempo del acostumbrado para poner al día algunas fichas que estaban quedando desactualizadas.

Hola, Anita, ¿cómo tú por aquí, a estas horas? Eduardo la besó en la frente, sus departamentos estaban alejados entre sí, y no se habían vuelto a encontrar desde el día de la reunión. ¿Algún problema de última hora?

No, no, Anita sonrió cansinamente, sólo trabajo atrasado, ya me iba a casa. Y tú... ¿todo bien?

Sí, bueno... relativamente... ¿ no te han contado lo de Carmela? En esta santa casa las noticias vuelan, supongo que alguien te habrá informado, Eduardo la miraba ahora con expresión dubitativa.

En realidad he oído rumores, confesó ella, sólo que precisamente porque en esta santa casa, como dices, abundan los cotilleos y los bulos, me estaba dando un compás de espera antes de averiguar si se trata de infundios o es cierto que os separáis. ¿Es cierto?, le miró directamente a los ojos.

Sí, lo es, Eduardo había reemprendido su caminar y la agarró suavemente del brazo ¿tienes el coche cerca?
Yo he venido a pie, procuro hacerlo siempre que puedo, y no vivo tan lejos de aquí.

Cuando, ya en el coche, Eduardo le explicó algunos detalles respecto a su divorcio en marcha, lo hizo de forma desapasionada y tranquila, como si el asunto no pasase de ser un trámite burocrático. Pero Anita tomó buena nota de que cada vez que, durante la narración, apareció el tema del adulterio flagrante de Carmela, y especialmente cuando Eduardo le contaba el episodio en que encontró a su mujer en la cama con otro hombre, Eduardo se refería siempre al amante de Carmela con la expresión “el otro”, evitando sistemáticamente mencionar su nombre.
Anita, como el resto de los compañeros de trabajo, sabía bien que ese nombre era Bernardo Hermann.

2
En realidad, dijo Anita deteniendo el auto junto a la casa de Eduardo, eres valiente. Él bajó la ventanilla de su lado, aunque casi ya de noche hacía calor, y los dos la habían llevado abierta todo el camino. Si fuera valiente, contestó, no estaría trabajando en la misma empresa , simulando que nada pasó. Todo el mundo sabe qué fue lo que pasó, y todos sabemos que tú sabes que lo sabemos, no hay simulación en esto, al menos no en el estricto sentido de la palabra, dijo Anita, y le preguntó ¿tienes ganas de subir a descansar ya a tu casa, o prefieres que vayamos antes a tomar algo por ahí? Eduardo volvió a girar la manivela de la ventanilla, y Anita movió la llave en el contacto. Cruzaron a la zona antigua de la ciudad, poco tráfico por aquí, dijo Eduardo, y dejaron el coche cerca de la Catedral. Aquí es más fácil encontrar aparcamiento, a estas horas, Anita bajó del coche y Eduardo la siguió sin decir nada hasta el pub de detrás de la Capitanía General.

¿ Qué sabes del asunto de la esfera? ¿No hay algo extraño, en esa cosa allí parada en la mesa de la sala de juntas?

Eduardo bebió un sorbo de su gin tonic, se tomó un tiempo para contestar, encendió un cigarrillo y Anita observó a placer, sin demasiados disimulos. Cuarenta y ocho años, según la ficha técnica, gris en las patillas, frente despejada y ojos grandes de mirada apacible. Siempre ha sabido cosas de la empresa y de Hermann que los demás no sabremos nunca, ¿ es eso lo que le procura esa expresión permanente de tranquilidad, de andar como aparte de los tejemanejes imaginativos de los demás? pero no puede ser que anote lo de Carmela como un dato más entre todo el mogollón de información confidencial, Anita se negó a continuar pensando en eso, y esperó con la mente en blanco la respuesta de su compañero, dispuesta a facilitarle el cambio de tema y a excluir también ella las cuestiones personales de la conversación.
Hermann se aburre, sonrió apenas Eduardo apretando los labios, su control es absoluto desde hace ya demasiado tiempo, nada hay en su jornada que le interese en lo más mínimo, ninguna resistencia, nada que superar, dominar, comprobar o destruir.
¿Es un juego, lo de la esfera?
Sí, en definitiva es eso.
¿Y tu sabes en qué consiste? No te pido que me lo descifres, sólo dime si lo sabes.
Eduardo permaneció pensativo por unos segundos que a Anita le parecieron tan largos como para dudar si había decidido dar la conversación por terminada y en realidad estaba ya pensando en cualquier otra cosa, que no en su pregunta.
De repente su mirada se animó, como si acabara de descubrir algo sorprendente. La miró con curiosidad y preguntó, ¿sabes jugar a ajedrez?, pero antes de que ella tuviera tiempo de contestar, su teléfono móvil tarareó caballería rusticana, y Anita escuchó como Eduardo decía hola Carmela y luego su tono de voz osciló de la sorpresa a la reticencia cuando preguntó, algo secamente, ¿de qué se trata?
* * * * * * * * * * *

Dejando a un lado, dijo Anita, el análisis de la catadura moral que está luciendo tu Carmela... Eduardo se apresuro a corregir que nada de “tu”, si no te importa se llama Carmela a secas, de acuerdo, como se llame ella en cualquier caso no tiene muchos escrúpulos, continuó Anita, a la hora de andar espiando agendas de sus amantes (¿puedo llamarle “su” amante a Hermann?), pero obviando eso, digo, yo sencillamente no me creo nada de lo que te ha contado, tanto si está escrito en la agenda como si no.
Eduardo se encogió de hombros y abrió las manos dando a entender que no estaba en su mano diagnosticar la veracidad de las notas del Gran Jefe en su diario. Lo que puedo asegurar, dijo, es que la alarma de Carmela no era fingida, aparte de todo ella no me hubiera llamado en las circunstancias actuales si no creyera de verdad que se trata de un caso de emergencia. Sea o no cierto que Bernardo piensa suicidarse, estoy seguro de que es verdad que lo ha indicado así en su agenda y que Carmela se lo ha creído a pies juntillas.
¿Qué dice exactamente la nota? Igual tu ex ( es “tu” ex, te pongas como te pongas) ha sacado conclusiones precipitadas.
No la tenía delante, como es lógico, ha recitado de memoria y ella misma reconocía no estar segura de repetir las palabras idénticas, pero, según ella, era algo así como “la partida está a punto de empezar, el muro de vidrio ya está preparado, se acerca el momento de largarme de una vez de este asqueroso mundo”

¿el muro de vidrio? ¿qué demonios quiere decir eso?

Anita arrugó la nariz. Este hombre es tan retorcido que hasta en su agenda personal escribe en clave. Yo, la verdad, te repito que no me creo nada de todo esto, pero no creas que me importaría lo más mínimo que ese pedazo de cabrón nos dejara tranquilos; por el procedimiento, si no hay otro, de abandonar lo que él llama este asqueroso mundo; si alguien contribuye a que este mundo sea un poco más asqueroso cada día, él es, precisamente...

Bueno, bueno, bueno- sonrió esta vez de forma abierta Eduardo, y Anita pensó, incrédula, que nunca le había visto, en doce años trabajando en la misma empresa, como un hombre guapo- para el carro, niña, que te estás embalando. Lo importante no es analizar que clase de persona es Hermann, ni siquiera saber lo que piensa hacer realmente con su vida; lo importante es que, o no lo conozco bien, o antes de hacer nada con la suya está preparando algo para la nuestra. Me temo que en eso consiste el juego, y, si lo piensas, eso es lo que ha hecho en realidad siempre con las personas que andamos a su alrededor. Añadiría yo que no creo que esté tramando nada bueno, por cierto...

¿Vas a ir a ver a Carmela?. Anita consiguió un gesto moderadamente logrado de indiferencia. No es que yo quiera meterme, desde luego, pero pienso que aún en el caso de que esa llamada no sea un torpe intento de... en fin, lo que quiero decir es que podrías encontrarte, dadas las circunstancias...
Lo sé, Hermann podría estar allí cuando llegue, no te esfuerces, mujer. No, no voy a ir. Entre otras cosas porque desde que alquilé ese apartamento en el que estoy esperando la sentencia de divorcio, me he propuesto no entrar para nada en “mi” ex casa; recalcó el “mi” intencionadamente, y Anita no pudo menos que sonreír, bueno, hay que admitirle un cierto sentido del humor y bastante deportividad en su forma de tomarse todo el asunto, a mí este fulano me esta empezando a caer francamente bien.
Adonde sí voy a ir, preciosa, y Anita se quedó estupefacta al darse cuenta de que se ruborizaba, vaya espero que no se me note, pensó, si tienes la amabilidad de acompañarme en tu coche, es a mi casa, a dormir. Se ha hecho tarde y mañana tenemos que madrugar los dos. ¿Qué te parecería comer el viernes en “La Bitácora” y nos contamos lo que se nos haya ocurrido respecto a todo este batiburrillo?
Tampoco él se ha creído nada, pensó Anita de camino hacia el coche, no se lo tomaría con tanta calma ni me cuadra que proponga hablar del tema dentro de tres días, si se tomara todo este asunto medio en serio, con un hipotético suicidio de por medio, para el viernes ya habría hecho algo concreto eso de “contarnos lo que se nos haya ocurrido” suena más a excusa para invitarme a comer... ¿ y eso? Bueno, eso ya se verá, pero uno no queda para hablar dentro de tres días de un suicidio que podría ser mañana y que hoy se podría intentar evitar.
En el coche no volvieron a hablar del asunto, Eduardo dejó escapar un par de bostezos, parecía realmente cansado y con ganas de llegar y Anita juzgó oportuno dejar las cosas como estaban.

Después de dejar a Eduardo, su beso de despedida fue exactamente igual de casto y liviano que cuando se habían encontrado en el aparcamiento, Anita comprendió, al llegar a casa, que también ella estaba cansada, dio cuenta de un yogur mientras se empezaba a desvestir y se durmió casi inmediatamente que su cuerpo tocó las sábanas.
Pero, sin causa aparente, durmió mal.
En algún momento, durante la noche, Raúl conseguía entrar en la sala de juntas, seguido a prudente distancia por ella misma y Verónica, la cual, algo más retrasada, vigilaba por si se acercaba alguien; la cosa redonda estaba allí, encima de la mesa, pero de repente la puerta de la sala, sin darles tiempo a retroceder, se cerraba a sus espaldas y allí dentro, junto al ventanal desde el que se dominaba media ciudad, estaban besándose Hermann y Carmela, sin mostrar síntoma alguno de haberlos visto, Verónica reaccionaba antes que los demás, agachándose de manera que la mesa se interpusiera entre ella y los amantes, y Raúl y Anita intentaban seguir su ejemplo y ocultarse también junto a ella, súbitamente la bola de vidrio rodaba sin que nadie la tocara y se estrellaba en el suelo con tal estrépito que los tres compañeros se incorporaron a la vez, seguros ya de que en cualquier caso iban a ser descubiertos, dispuestos a enfrentarse a la petición de explicaciones. Anita dio un grito de terror cuando, al intentar salir del improvisado escondrijo topó con algo, y una vez completamente de pie se encontró encerrada tras una pared de cristal. Sus compañeros golpeaban a su lado inútilmente y, una vez convencidos los tres de que no podían salir de allí, Anita se despertó sudorosa y alterada y soltó un suspiro de alivio cuando se vio en su propia habitación, y ya en el baño, comprobó que nada tenía que hacer allí excepto si acaso lavarse un poco la cara puesto que en realidad, entonces lo vio, se había levantado con la exclusiva intención de comprobar que su libertad de movimientos era total y no necesitaba caminar con los brazos estirados para protegerse de golpes contra muros de cristal.

3

En su despacho del noveno piso, Anita leía por tercera vez el papel que tenía en la mano izquierda; luego, con expresión perpleja, revisaba nuevamente el sobre de cuyo interior lo había sacado, uno como el otro estaban escritos a máquina, su propio nombre y apellidos en el sobre, sin remitente, y unas breves y curiosas palabras en el papel, escritas en cursiva.

En un muro de cristal
la forma no es importante,
ni si es opaco o brillante.
Para bien o para mal
de los ocho, solo uno
me va a poder suceder
dieciséis bolas mirando
y sólo dos van a ver.

Así que ahí tenemos el juego, pensó Anita, Eduardo conoce a ese hombre mejor que nosotros y porqué lo primero que recuerdo ahora de sus palabras es aquello de que este maldito está preparando algo, no tanto para su propia vida, quizá, pero sí para la nuestra.

Verónica entró sin llamar a la puerta, y la cerró inmediatamente. Ajá, dijo, de modo que también a ti te ha llegado ya, Raúl todavía no abrió su despacho, y solamente él y Hermann tienen llave, pero estoy segura de que, bueno, llegará en diez minutos, tu nota dice lo mismo que la mía, supongo. Estás muy excitada Vero, protestó Anita evitando con un rápido movimiento que su compañera le quitase el papel de la mano para leerlo. ¿Hay una amenaza escondida, Verónica ignoró las palabras de Anita, o me va a poder suceder se refiere a suceder en el mando de la empresa? Dime qué es lo que has entendido tú de ese papel, no quiero ponerme a dar saltos así que no te me pongas en plan frío y controlado porque no lo soporto.
Sonó el teléfono y Anita dejó el papel dentro del primer cajón de su mesa, descolgó el auricular e hizo seña con la mano libre a Vero indicándole la puerta del despacho, pero ella dio un golpe en el suelo con el pie y movió la cabeza negativamente, al tiempo que apretaba los labios con determinación.
Hola, Anita soltó un suspiro de resignación, quién es, Hola, Anita, soy Eduardo, ha ocurrido algo y me gustaría hablar un momento contigo, ¿tienes diez minutos? O, mejor dicho, espera un segundo... ¿has encontrado una nota en tu despacho?, Sí, creo que la hemos recibido todos, tengo aquí a Verónica un tanto nerviosa y la verdad no sé si es el momento... se hizo un silencio al otro lado y finalmente Eduardo pareció cambiar de pensamiento ¿cómo te iría adelantar a hoy la comida que teníamos pendiente para el viernes? Sí, mejor así, contestó Anita, nos vemos a las dos y media, si quieres, se despidieron y colgó el teléfono.
O sea, dijo Verónica, que hay alguien más que ha leído la nota, ¿quién era? Te propongo una cosa, Vero, Anita intentó una expresión conciliadora: te vas a buscar dos cafés y los traes, y de paso, traes tu nota para que la cotejemos con la mía, me das de ese modo cinco minutos de calma y cuando vuelvas charlamos tranquilamente del asunto. Bien, pero si cuando vuelva me encuentro que llegó ya Raúl, lo traigo también ¿vale? Vale, ve entonces a por tres cafés.

+ + + + + + + + + + + + + + + +
A mí me va pareciendo cada vez más que este hombre está como una cabra, decía Raúl, no se trata ya de todo este rollo de la bola de cristal y de lo de ir dejando papelitos por los despachos, desde hace algún tiempo tengo la impresión... espera, interrumpió Anita, estamos dando por seguro que las notas las envió él ¿no estábamos en plan de investigar con seriedad y sin presuponer nada que no sepamos con certeza? No jodas, Anita, Verónica dejó la taza de café con cierta impaciencia sobre la mesa, nadie excepto Hermann tiene llave de todos los despachos, una cosa es no precipitar conclusiones y otra distinta cuestionar lo incuestionable, de acuerdo, Raúl movió las manos apaciguadoramente, creo que podemos establecer que esas notas son del monstruito, yo me centraría en la segunda parte del mensaje, parece obvio que la primera no es más que una clara alusión a la bola de marras como una pared de cristal tras la cual buscar algo, sí, lo de la bola está claro, quiere que nos fijemos en ella, ¿a santo de qué mencionar dieciséis bolas para referirse a los ojos de nosotros ocho, si no?, Verónica y Raúl forman frente común, pensó Anita, o soy quizá yo la que me siento extraña porque algo me está diciendo que con esta conversación estoy medio traicionando a Eduardo, de todos modos ahora no puedo detenerla, y añadió, y qué os sugiere la segunda parte, como la llama Raúl. Pero tampoco les estoy diciendo, continuaba la cabeza de Anita enfrentando y rechazando fantasmas de deshonestidad personal, a estos dos lo que supe de la agenda de Hermann, el muro de cristal ya está listo, creo que era, y yo me voy a ir en cuanto se termine el juego ¿era así? Verónica insistía en que una parte del mensaje, al final, le dejaba dudas serias respecto a si al referirse a una única persona sucediendo al boss se estaba hablando exclusivamente de la dirección de la empresa... o si había algo más siniestro y amenazante oculto en esas palabras. No auguro nada bueno, eso lo dijo Eduardo, antes de hacer algo con él hará algo con nosotros. Pero bueno, Anita empezó a irritarse un poco, aquí partimos de la premisa de que ese hombre está loco y los que estamos actuando como majaras somos nosotros ¿Qué nos hace pensar que Hermann está tan fatal como para elucubrar barbaridades por una simple bola de cristal y un juego de palabras en una nota?
Fue entonces, justo en el momento en que Raúl paseaba su mirada interrogante de Verónica a Anita, cuando, de repente, todo se volvió verdaderamente loco, por segunda vez aquella mañana la puerta se abrió sin que nadie hubiera dado los dos golpecitos de rigor, y Carlos, blanco como la pared, se quedó parado en el quicio, sin llegar a entrar, y dijo Vicente. Los tres miraron hacia la puerta y Carlos suprimió lo que había parecido un punto seguido o un punto final en una frase de una sola palabra, terminó de deshacer a duras penas algo que tenía atravesado en la garganta, tragó y entonces se demostró que sí que realmente había empezado una frase, está muerto, graznó. Se lo quedaron mirando unos segundos, sin reaccionar y él debió sentirse incómodo o quizá tuvo un mareo, porque en tres pasos inseguros se acercó al sillón de junto a la ventana y se sentó allí; respiró hondo, como si aún cerrada la cristalera le ofreciera aire del exterior ya que a la vista estaba y parecía tan cerca, y luego, mirando hacia fuera dijo, la bola de cristal estaba en su mesa y en ese papel que imagino que también habéis recibido, al decir eso sacó un folio del bolsillo de la americana, están subrayadas las palabras sólo dos.

Hay que llamar a la policía, dijo Verónica, y se acercó al teléfono, pero Carlos aclaró, ya están avisados, no tardarán en llegar, han dicho que permanezcamos todos en el edificio, por el momento. Pues yo me voy, aseguró Verónica; cálmate, Vero, Raúl la abrazó por los hombros, es mejor que hagamos como dicen, sí, hombre, casi gritó ella, si te parece me voy a quedar aquí esperando a ver a quién le toca turno, ni hablar, pero la que detuvo sus pasos sin tocarla y sin apenas mirarla fue Anita, no seas absurda, si de algo puedes estar segura es de que mientras estemos en grupo nada nos ocurrirá, además, todavía no sabemos nada respecto a las causas de la muerte de Vicente. A pesar de que ahí se detuvo al ver las miradas de los otros tres, con lo que dijo fue suficiente para que nadie se moviera hacia la puerta.
Sonó de nuevo el teléfono, y tal como Anita adivinó antes de atenderlo, Eduardo volvió a hablarle, esta vez con la voz algo alterada pero sin dejar lugar a dudas respecto a las posibles alternativas, Anita, dijo, estoy reunido en mi despacho con Alberto y Damián, sucede que tenemos una emergencia, recoge al resto y venid todos hacia acá, no entréis en el despacho de Vicente. Y colgó.

Os preguntaréis, Damián tomó la palabra cuando todos estuvieron sentados formando círculo en el despacho de Eduardo, por qué razón es en este lugar donde hemos reunido comité de emergencia y no arriba, enfatizó esa palabra con la voz y con un movimiento de cejas en dirección a las alturas del doceavo piso, y seguramente también os extrañe, a los que todavía no estáis al corriente de los últimos acontecimientos, la ausencia de Hermann.
Tengo mis propias ideas respecto a lo segundo, afirmó Verónica impetuosa, y si Vicente estuviera todavía entre nosotros seguramente... pero Carlos la atajó, agarrándola del brazo, deja que Damián termine, por favor, Vero, y el más anciano de los componentes de la junta directiva pudo continuar.
Vicente ha fallecido, como ya sabéis, y la policía viene hacia acá para determinar las causas de su muerte, es cierto; Damián miró directamente a Vero y había simpatía y comprensión en su mirada, pero precisamente lo que conviene es que intentemos calmarnos y estar preparados para cuando empiecen las investigaciones. Debéis saber, para empezar, que Hermann ha desaparecido.
¿Prepararnos? Ahora fue Raúl el que interrumpió, sin poder contenerse ¿qué significa prepararnos? Significa, intervino Anita, que quizá Vicente no ha fallecido de muerte natural y que las investigaciones que eso podría originar fácilmente nos involucrarían a todos nosotros ¿me equivoco?, Anita se esforzó en dirigir su mirada hacia Damián, a pesar de que justo al lado del veterano consejero se encontraba Eduardo. En términos generales, así es, concedió Damián. Pero lo que os quería remarcar es que si Vicente no está, por desgracia, entre nosotros tampoco Hermann ha podido ser localizado, lo cual, considerando la peculiar estructura jerárquica de esta compañía, aquí hubo más de una sonrisita irónica entre los presentes pero el que hablaba las ignoró y continuó impertérrito, y dada la concentración absoluta de poder en una sola persona que tal estructura determina, hemos considerado, Alberto, Eduardo y yo, someter a vuestra consideración la conveniencia de establecer como portavoz, en ausencia del presidente, al Jefe de los Servicios Jurídicos. Se podría dar el caso, añadió después de una pausa lo bastante breve como para
no dejar lugar a intervenciones prematuras, que el curso de los acontecimientos haga aconsejable cierto dominio de la temática judicial por parte del interlocutor oficial de la empresa. ¿Qué significa exactamente, Carlos pareció no conceder importancia a la cuestión del interlocutor y planteó de frente el tema que le inquietaba, “no se ha podido localizar a Hermann”, habéis ido a su casa, de qué información disponemos? Damián hizo ademán de responder, pero lo pensó mejor y decidió que estaba en su mano comprobar de inmediato cuál era la acogida a su propuesta respecto a Eduardo, de modo que le miró significativamente y éste fue quien contestó, no está en su casa, eso lo hemos comprobado, y, aquí carraspeó ligeramente, tampoco lo hemos localizado en aquellos lugares en que, eventualmente, podría haberse encontrado, hubo varias miradas distraídas, hacia el techo, algunas, más en horizontal hacia la ventana, otras, algún carraspeo se solidarizó con el del jurídico y Damián, visto que su intento había fructificado, se dirigió ya a Eduardo como interlocutor oficial de la empresa para preguntarle si, cara a las preguntas que seguramente haría la policía, era más jurídicamente conveniente para los presentes imaginar alguna relación entre el fallecimiento de Vicente y la desaparición del Jefe, o si resultaba menos comprometido tener quieta la imaginación hasta que informaciones fiables y con toda probabilidad, eso lo dijo, con toda probabilidad, para infundir confianza y ánimo en los presentes, no lejanas en el tiempo, permitieran remitirla, a la imaginación, al terreno de los detalles, siendo sustituida con ventaja en cuanto a solidez y certeza por las seguridades que la razón y el buen hacer de los competentes servidores de la Ley. Eduardo encendió un pitillo y contesto que sí, lo cual, si bien no aportó claridad a los cerebros de los presentes, tampoco aumentó, a estas alturas, su confusión.
Estaban sentados, ya se ha dicho, en semicírculo ante la mesa del Jefe de los Servicios Jurídicos y un toc toc en la puerta, que habían cerrado de acuerdo con el carácter de la reunión, fue precedido del saludo de un ordenanza que la abrió solamente a medias, la puerta, diciendo perdón señores, el comisario de policía, antes de abrirla acto seguido por completo y hacerse a un lado.
Anita vio entrar entonces a un hombre de mediana edad, pantalones de franela y americana de cheviot que portaba, de forma harto ostentosa, un poblado bigote gris cediendo al blanco gran parte de su tonalidad. Su nariz, aguileña y sobrada, le confería unas ciertas dosis de humanidad a un rostro que, sin ellas, parecería en otro caso excesivamente hierático a causa de la frialdad de sus ojos, claros y de mirada impasible. Buenos días, señores, se presentó a sí mismo, soy el comisario Bermúdez, si me permiten... y sin esperar señal alguna reveladora se dio por permitido y se sentó en el sillón giratorio tras la mesa del Jefe de los Servicios Jurídicos. Una vez instalado hizo girar despacio su asiento para mejor observar los rostros de todos los presentes y preguntó, alguno de ustedes puede hacerse cargo, por unos momentos, de la función de portavoz, y todos se sintieron curiosamente aliviados al saber que podían señalar sin dudar a un solo hombre, pero ninguno de ellos llegó a dirigir su mirada a tal efecto hacia Eduardo porque antes de que tuvieran tiempo de tal cosa, fueron sorprendidos por el grito asustado de Verónica, la cual, sentada junto a Carlos, fue la primera en percatarse del movimiento hacia delante del mismo, primero con la cabeza y a continuación con el resto del cuerpo, hasta quedar el galán oficial de la empresa, después de un golpe sordo contra el linóleo, tendido en el suelo en postura poco airosa, por no decir carente por completo de elegancia.
4
Anita, de nuevo sola en su despacho, intentaba poner orden en sus pensamientos. Las instrucciones del comisario eran claras y todos ellos debían permanecer en el edificio hasta haber sido interrogados separadamente, lo cual, dado que Bermúdez había salido acompañando a la ambulancia que se llevó a Carlos y que todavía no se había realizado la autopsia del cadáver de Vicente, dejaba bien sentado que quien no quisiera ayunar ese día tendría que conformarse con los platos combinados de la cafetería de la segunda planta. La comida en “la Bitácora”, por tanto, era inviable pero, por alguna razón, Anita sentía la necesidad de ver a Eduardo, de buscar protección en él, Verónica podría decirme ahora, pensó, ¿no eras tú la que proponías la seguridad del grupo?, pero eso fue antes de ver a Carlos y su gesto de dolor en la camilla que se lo llevó hacia la ambulancia, ese gesto, más que la muerte de Vicente, le había transmitido a Anita el nuevo mensaje, no se trata de que cada uno de nosotros pueda ser la próxima victima, se trata de que cada uno de nosotros puede ser el que está causando todo esto, Hermann no tiene tanto poder para poder causar daño a Carlos desde lejos, nada sabemos de Vicente y del momento de su muerte, pero Carlos cayó en unas circunstancias que difícilmente pueden señalar a Hermann como involucrado. La mente de Anita iba de uno a otro de sus compañeros y ella se resistía a admitir el desagradable descubrimiento de que, exceptuando quizá a Verónica, apenas nada sabía del resto de ellos, quince años trabajando en el mismo edificio, viéndose periódicamente las caras en las reuniones teatrales del boss, pura ficción de un par de horas para luego volver cada cual a su cubículo, ¿dónde estará ahora ese maldito cabrón? De lo que no hay duda es que, en cualquier caso, él y sus paranoias están detrás de todo esto, voy a llamar a Eduardo.
Pero detuvo la mano sobre el auricular, quizá ahora está con Damián o con alguien, no me gustaría, en fin, ya están las cosas lo bastante liadas como para... entonces esta vez sí, sonó el golpeteo de alguien en la puerta y Eduardo entró en la habitación. Hola, dijo, ¿vas sobreviviendo al temporal?, he pensado que hoy habíamos quedado en comer juntos, sí, sonrió débilmente Anita, pero ¿en la cafetería?, si lo recuerdas, dijo él, hay tres mesas en un rincón, detrás de la ele de la barra, que están apartadas del resto, seguro que los demás buscarán sentarse todos juntos. ¿No les parecerá un tanto extraño que no lo hagamos nosotros también?. Se trata, apuntó Eduardo, de ir pronto, media hora antes de que los demás aparezcan. De acuerdo, me parece bien, a las doce y media estaré allí. La sonrisa de Eduardo era de ánimo y complicidad cuando abrió la puerta tras de él y salió del despacho.

Imagino, aventuró más tarde Anita, nada más retirarse el camarero y dejarles abierta la botella de vino, que deben estar ya buscando a Hermann por todas partes, independientemente del resultado de la autopsia. ¿has tenido alguna noticia de... No, desde que hable con ella por la mañana no he vuelto a saber nada de Carmen, ella, en cualquier caso, no tiene ni idea, dice, de donde pueda estar Hermann. ¿Dice? Enarcó las cejas Anita. Dice, repitió Eduardo, y yo la creo. ¿Sabes alguna cosa que yo no sé? Algunas afirmaciones simulan el signo de interrogación por cortesía y Anita consiguió un resultado muy decente, en esta ocasión. Sí, respondió él, y no importa que lo sepas tú antes que la policía, antes o después tendrá que saberlo todo el mundo. Sirvió primero en la copa de ella y luego en la suya y bebió un sorbo; es lo del muro de cristal, dijo ella, algo relacionado con el juego de ajedrez, aquel día ibas a contarme algo cuando llamó tu... Carmen, perdón. Eduardo la miró directamente a los ojos, se pasó un dedo por los labios repetidamente y luego dijo, Hermann está rematadamente loco, mucho más loco de lo que ninguno de vosotros podríais haber imaginado y desde luego mucho más de lo que, a pesar de todo, pueda estar todavía vislumbrando Carmen que está, por cierto, bastante asustada. Anita permaneció en silencio, esperando. Tiene un espantoso complejo de inferioridad y eso le lleva a apartarse primero de todo el mundo para luego, conseguido el poder suficiente para ello, jugar con todos. Matar no es un juego, opuso Anita, no lo es, precisó Eduardo, para alguien en su sano juicio, estamos ante un caso de auténtica esquizofrenia, que podría haber terminado, eso sí, en un suicidio en solitario de no ser por el muro de cristal. Cuéntame. Te cuento.

Las primeras veces que vino a casa, hace ya tiempo de eso, apenas se fijaba en Carmen, me dijo un día que los domingos se aburría y le invité a venir a tomar algo en casa y echar una partida de ajedrez. A partir de entonces se presentaba casi cada domingo, a media tarde. Estaba un par de horas jugando en silencio y se marchaba, nos tomábamos unos whiskies. Carmen entraba y salía y, una vez que él se había marchado, me comentaba entre bromas que quizá era un suicidio profesional ganarle cada domingo a mi propio jefe al ajedrez, deberías dejarle ganar alguna vez, por si acaso, me decía. Pero un loco como todos sabemos no es forzosamente un estúpido y desde luego, Hermann no lo es, se hubiera dado cuenta enseguida, si yo me hubiera dejado ganar.

Una tarde de domingo lluvioso se presentó en casa con un paquete envuelto en papel de estraza. Cuando nos sentamos para la primera partida, desenvolvió lo que traía y lo colocó verticalmente sobre la mesa, junto al tablero. Dijo, creo que te aburres, me ganas con demasiada facilidad, el tiempo que yo piense mi jugada, puedes leer, si quieres. No era, sin embargo, un libro, lo que había traído. Se trataba de una especie de plancha de vidrio de cierto grosor, con una ranura en medio que dejaba espacio suficiente, entre los dos lados de la pared, para contener un folio de papel en su interior. Cuando empezamos a jugar, me lo quedé mirando fijamente y pude leer, con cierta dificultad, unas palabras, seguidas de lo que parecían fórmulas matemáticas de difícil comprensión. No hice demasiado caso, pero a medida que la partida avanzaba, yo me sentía mas atraído por la curiosidad. Ese día no conseguí descifrar totalmente el contenido de aquello que se encerraba entre el muro de cristal de Hermann, pero, para mi satisfacción, al terminar de jugar yo ya empezaba a encontrarle un sentido. A cambio, me dio jaque mate por primera vez, pero no solo no me importó sino que pensé comentarle a mi mujer que se había presentado gratuitamente una solución a sus inquietudes.
La situación se repitió cada domingo, hasta que un día ocurrió que tuve que ir a casa un par de horas antes de lo previsto a recoger unos documentos olvidados y me encontré a Hermann en la cama con Carmen; desde ese día él dejó de venir a jugar y yo inicié los preparativos de mi divorcio.
Eduardo guardó silencio y Anita, viendo a través de los cristales de la cafetería que se acercaba el grueso del
grupo, se levantó. Salgamos, dijo, pero mientras recuperaba el bolso de la silla, añadió, si la bola de la sala de juntas cumple la misma función en este juego, ahora solo nos falta saber cuál es el objetivo a conseguir, qué piensa ganar Hermann en este juego... ¿ lo sabes tú?

+ + + + + + + + + + + + + + +

El comisario volvió con la noticia de que Carlos estaba fuera de peligro y con la petición de que se le asignara un despacho disponible para hablar con cada uno de los seis miembros del consejo de administración por separado. Anita, con rapidez de reflejos, preguntó si el suyo podía servir y si una vez interrogada se podría marchar a casa, el comisario sonrió apenas y ambos se dirigieron al despacho de Anita. Tiene usted prisa, preguntó Bermúdez, por hablar conmigo o por llegar a su casa, en el pasillo Anita observó que la puerta del despacho de Vicente se había dejado abierta cuando se llevaron a su ocupante para que fuera examinado por el forense, y allí, encima de la mesa, estaba la bola de cristal. La última visión de esa cosa, recordó, fue un montón de cristales saltando cuando se hacía trizas contra el suelo, ojala hubiera sido verdad y no un sueño, pero luego le vino a la mente la continuación del sueño y se estremeció con un escalofrío.
Bien, dijo Bermúdez ya en el despacho, confío en que no la molestaré mucho tiempo, ¿puede usted establecer alguna relación entre las personas de Carlos, Vicente y Hermannn?, me refiero a relaciones personales, más que las obviamente profesionales, ¿relaciones personales?, Anita dudó un momento, verá comisario, en esta empresa cada uno de nosotros pasa casi todo el tiempo encerrado en su propio despacho... el Sr. Hermann, desde luego, no mantenía...mantiene otros contactos, que yo sepa, con sus subordinados que los estrictamente profesionales, sin saber bien porqué Anita se sintió incómoda, pero la mirada del comisario continuaba impasible, en cuanto a Vicente y Carlos...bueno, no es ningún secreto que no se llevaban muy bien, seguramente por el tema de Adela, perdón ¿Adela, ha dicho? Bermúdez apuntó algo en su bloc de notas, sí, le explico, ella es... era la secretaria de Vicente y éste no veía con buenos ojos sus relaciones, de todos conocidas, con Carlos, y ¿cuál era la causa de esa desaprobación, si es que usted la conoce? En realidad nadie estaba muy de acuerdo, Anita se sonrojó un poco, Carlos está casado con una mujer encantadora y la mayoría de nosotros opinamos... entiendo, señorita, el comisario se levantó, ha sido usted muy amable y le agradezco de veras su colaboración.
Anita le dejó, respondiendo a su petición, anotados su dirección y teléfono particulares y se dirigió hacia la puerta, que opina usted, señorita, oyó cuando estaba a punto de cruzarla, respecto a la salud mental del Sr.Hermann; se volvió asombrada hacia Bermúdez y balbuceó un par de incoherencias hasta que él pareció haberlas interpretado suficientemente y le indicó con amabilidad que podía marcharse.

Pues yo le dije con claridad, Verónica denotaba una convicción absoluta, que para mi no hay duda de las razones por las que ha desaparecido el Jefe, y le pedí protección policial para todos nosotros hasta que lo detengan. Tampoco tuve manías al contarle lo de Carlos con Adela, pero, aquí miró fijamente a Anita, de lo tuyo con Eduardo no le conté nada, todavía no sé si es serio y además no te haría eso a ti, ¿lo mío con Eduardo, de qué hablas, protestó Anita atónita, déjala, no le hagas caso, intervino Raúl, Verónica lleva unos días muy inquieta y ya ve fantasmas por todos lados, lo que queráis, dijo Vero poniendo cara de dignidad herida, ya me diréis cuando todo esto se aclare quién veía fantasmas y quién veía la realidad tal cual. Ahora, por tu culpa, Raúl se dirigía a Verónica, no me cabe duda de que Adela será también interrogada, con lo histérica que es esa pobre chica, no es por su culpa, Raúl, confesó Anita, yo ya le había contado antes a Bermúdez lo de ese affaire, Verónica miró a Raúl con gesto de ¿viste, listillo? Y se arreó su segundo lingotazo de ballantines desde que, unos minutos antes, había llegado con su compañero a casa de Anita, venimos a cotillear, habían dicho al abrirles ella la puerta de su casa.
¿Y si, después de todo, no ha sido Hermann?, Raúl enseñó una aceituna que había conseguido atravesar justo por centro con el mondadientes, si no ha sido él, dijo Verónica, explícame por qué se esconde, no sabemos si se esconde, adujo él, sólo sabemos que no aparece, tiene gracia, contestó ella con una mueca de desprecio intelectual, quién, si no fue Hermann, pudo poner la bola de cristal en el despacho de Vicente, eso no lo sé, la verdad, Raúl admitió, con su gesto de haber sido cogido en falta, que el detalle se le había pasado por alto. Anita miró el reloj mientras preguntaba, quién era el siguiente en el interrogatorio, al salir vosotros, no te preocupes, sonrió Verónica, entró Damián y en todo caso, cuando Eduardo salga no va a ser tan imprudente de venir directamente aquí sin llamar antes por teléfono, cuando llame nos vamos éste y yo, y todos tan contentos. Tal vez no es tan seguro que vaya a venir, Raúl estaba pensativo, a que te refieres, de qué vas ahora, y él levantó la vista del suelo y mirando primero a una y luego a la otra susurró, quizá se vaya a ver a Carmen, ¿a Carmen, por qué? ¿estás chalao? No, no lo estoy, ahora sabemos todos que Hermann no está con ella, quizá... y se puso a mirar un cuadro de la pared, con cara de estar muy interesado en leer la firma.
Anita sintió un vacío en el estómago y fue a buscar unas galletas saladas para acompañar el whisky. ¿ Quizá, qué, quizá Eduardo desea volver con su mujer?, a mi no me lo pareció en absoluto, aquel día, pero esos dos no estaban delante cuando yo vi su gesto al responder al teléfono, qué saben ellos. Es curioso, ninguno de nosotros parece haberle dedicado un pensamiento a Vicente, él está muerto y nosotros estamos aquí elucubrando, hablando de nuestras cosas, si Carlos no se hubiera recuperado no sé bien como me sentiría, supongo que fatal, por nada del mundo querría estar en el lugar de Adela, ahora.

5
Tres días después de iniciados los interrogatorios, los periódicos publicaban en la página de sucesos la muerte de Vicente por, según dictamen del médico forense, envenenamiento; el ingreso por intoxicación en un hospital de un compañero de trabajo del difunto; y la aparición del cadáver de Hermann, colgado de la rama de un árbol en un bosque de los arrabales de la ciudad. El suicida, afirmaba el diario, portaba un sobre en el bolsillo de su chaqueta dirigido al Juez, al parecer se trataba de un importante industrial cuyas facultades mentales estaban, últimamente, algo mermadas.

Anita dejó el diario en la mesa de la cafetería, terminó su desayuno y llamó con una seña al camarero. Los hechos, finalmente, se habían desarrollado con una cierta rapidez, se dijo a sí misma, que no sabía bien en qué medida era atribuible a la labor policial. Cierto que Bermúdez había resultado hábil y certero al hacer analizar los restos de café de la máquina que utilizaba Adela en su oficina, de ella había sabido que su médico le tenía absolutamente prohibido el consumo de cafeína, problemas de tensión arterial, y que la exclusiva función de tal máquina se ceñía a la afición diaria de Vicente a una magnífica mezcla de colombianos y brasileños que adquiría en un colmado cercano. Las incursiones eventuales de Carlos, en general subrepticias, irregulares y desconocidas en frecuencia y momento por el resto del personal, en la oficina de Adela, había llevado al comisario a diagnosticar sin dudar una igual certeza en catalogar como provocada la muerte de Vicente y, en cambio, accidental la intoxicación de Carlos. ¿Y porqué Hermann había decidido comenzar con Vicente? se preguntaba Anita mientras recibía el cambio de manos del camarero.
Comenzar con, en el fondo pensar de ese modo era algo que no había conseguido desterrar de su mente, Hermann, por lo que ella sabía, no tenía nada en particular contra Vicente, él tan sólo estaba comenzando un juego, y todos los miembros del “consejo de administración”, esa palabra siempre le arrancaba una sonrisa irónica, estaban por igual a un mismo lado del muro de cristal, pero, entonces, lo extraño no era que Vicente fuera el primero de la lista, tanto daba uno como otro, lo que desorientaba a Anita era ese “suicidio prematuro”, como aparente decisión de precipitar el final de un juego que ya aburría al demente nada más iniciarlo. Un demente es imprevisible, había concluido con frialdad Bermúdez cuando ella le transmitió su inquietud, y nunca se sabe cuál va a ser su próxima decisión, las explicaciones de Eduardo respecto a la bola de cristal y su interpretación personal de la paranoia de Hermann, estableció el comisario, no dejan de ser una aportación de datos en un tema confuso, pero la confusión en sí viene provocada por la inestabilidad mental del protagonista, y en este caso tal personaje ya no nos puede informar de sus intenciones y procesos mentales.
Todo muy frío y muy aséptico, pensaba Anita, Verónica, en cambio, había llegado a conclusiones similares por una vía muy distinta, muerto el perro se acabó la rabia, parecía sentenciar con un suspiro de alivio, pero Anita sentía que algo en todo aquel entramado había quedado colgado, pendiendo por encima del muro de cristal y todavía situado al otro lado, algo que de tanto en cuanto se balanceaba contra el vidrio produciendo un golpe que resonaba en su cerebro, como un aviso de atención hacia no se sabía qué.
Cruzaba ya las avenidas hacia la explanada donde había dejado aparcado su auto, un grupo de chiquillos, al fondo del extenso reducto casi vacío de coches a esa hora, se esforzaban en sacar el balón de entre un mar de piernas infantiles que se habían reunido en bosque confuso, sin darse cuenta ninguno de ellos, la vista fija en el centro del bosque en busca de la pelota, que ésta, ante tanto movimiento de pies, hacía unos segundos que había salido disparada al exterior, y permanecía quieta a una cierta distancia de la confusión sin que nadie mirase en su dirección. Anita sonrió divertida, y casi enseguida, a punto ya de meter la llave en la cerradura para entrar en su coche, pensó, Carmen.

+ + + + + + + + + + + + + +

Todos los que conocían la existencia de la bola de cristal habían sido interrogados, todos se habían estado mirando el uno al otro de refilón, cada uno de ellos había sido considerado en algún momento uno entre varios de los pobladores de este lado del muro. Nadie había apenas reparado en Carmen, que era “solamente” alguien que estaba al otro lado del cristal; en el mismo lado que Hermann, pensaba ahora Anita, viviendo con él y siguiendo de cerca las evoluciones de su cotidianidad, de su sueño y sus posibles vigilias nocturnas, de sus silenciosos movimientos y sus rutinas quizá, quién sabe, delatadoras.
Miró el reloj de pulsera. Una vez más, como cada día desde que había pasado ante la puerta abierta del despacho de Vicente y había visto aquella esfera imperturbable sobre la mesa de la victima, única al parecer, del juego, Anita se despertaba muy temprano y, ante la disyuntiva de permanecer ociosa en casa, prefería salir a desayunar pronto y conducir luego su auto hasta el parque donde paseaba calmadamente en espera de que el reloj le indicase el momento de encerrarse en su despacho. Eso, descubrió, le permitía comenzar la jornada relajada y compensar con ello la escasez de su sueño.
En un impulso, decidió dirigir el automóvil hacia la “ex” casa de Eduardo, sonrió al recordar la expresión, Eduardo, en su nueva e inesperada situación de posible, probable en realidad, sustituto del boss en la dirección de la empresa, Eduardo y su cálida sonrisa cada vez que, como de forma casual, como necesitando una excusa, aprovechaba las coincidencias en la salida del trabajo para invitarla a cenar, Eduardo, con esa mezcla de timidez ante ella y seguridad y auto confianza en los temas profesionales... Anita pensaba en lo imprevisible que a veces resultaba el azar, conjugando de forma aleatoria situaciones y encuentros.
Aparcó el coche y se acercó a la puerta de aquella casa en la cual no sabía realmente qué iba a hacer ni que buscaba siquiera. Dudó un momento antes de apretar el timbre y finalmente llamó dos veces. Cuando Eduardo abrió la puerta, se quedaron ambos mirándose sin comprender. El silencio entre los dos se rompió con una pregunta procedente del interior ¿quién es a estas horas, mi amor?
Eduardo se apartó de la puerta para permitir la entrada de Anita, pero ella dio media vuelta y se encaminó, repentinamente sonámbula, hacia su coche.

6

Bermúdez consiguió de un grafólogo el dictamen correspondiente, el escrito de Hermann al juez contenía una bien conseguida pero evidente falsificación de letra.

La autopsia del cadáver señaló que si bien la muerte se había producido realmente por asfixia, había cantidades considerables de somnífero en el cuerpo del difunto. En casa de Carmen y Eduardo se encontraron las llaves de la sala de juntas y un rectángulo de cristal semejando una pequeña pared, amén de unos folios conteniendo claves esenciales para dirigir la empresa de Hermann.

Los miembros del consejo de administración se vieron, por su parte, forzados a quemarse los cascos para determinar quién, puestas así las cosas, iba ahora a dirigir la empresa.

Anita consideró llegado el momento de acudir a la delegación de voto, contemplada en los Estatutos, y tomarse unas vacaciones. Quizá Mallorca, tal vez las cataratas de Iguazú...