El insomnio y los celos
Sostiene el Dr. Cañada que, a pesar del criterio imperante de que los celos pueden provocar insomnio, los 736 casos que él ha estudiado personalmente sugieren todo lo contrario, que es el insomnio el que produce primero debilidad, inmediatamente inseguridad y, como consecuencia lógica y conocida de ésta, celos furibundos. Le invito a mi casa y mientras toma café con pastas danesas, de esas que llevan tanta mantequilla, me cuenta un caso cuyo desenlace publicó la prensa con abundancia de detalles, hace ahora unos tres meses. ¿Recuerda usted aquél minicooper que apareció abandonado junto a la sede de los verdes? Ya sabe, con una bandera de la comunidad autónoma sobre el asiento trasero y tropecientos pedacitos de señora segoviana repartidos estratégicamente. Bueno, pues esa señora era de Segovia pero estaba casada desde hacía años con un socio del Betis que era cliente mío. Él acudió a mi consulta en busca de pastillas para dormir porque desde que Lopera anunció que pensaba fichar a Ronaldo y Beckam, no conseguía conciliar el sueño. A medida que la liga iba tragándose domingos, y los prometidos fichajes no llegaban, y el Betis vivía manque perdía, pero perdía más de lo que vivía, mi cliente entró en una profunda depresión, y yo no conseguía hacerle dormir. Una noche, cuando yo ya estaba a punto de cerrar el chiringuito, llamaron a la puerta de mi despacho. Era él. Entró casi arrastrándose, con unas ojeras oscurísimas que le alcanzaban casi la comisura de los labios y me dijo, Doctor, mi mujer me engaña. ¿En qué sentido?, le pregunté Al parecer, la había notado distraída varias veces después de las comidas, justo cuando en la tele estaban poniendo su culebrón favorito. Igual le ha dejado de interesar, sugerí yo. No, ni hablar, no es eso doctor, antes no se perdía detalle. Además, tengo otros datos esclarecedores, añadió. ¿Cómo cuál?, pregunté yo. Pues, por ejemplo, siempre se apresura a coger el teléfono antes que yo, cuando llaman. ¿ Y quién llama ¿, me interesé Su madre, es una pesada y llama cada día. Pero, entonces... ¿tiene usted sospechas de que le engaña con su suegra? No, claro que no, no sea usted bestia, me refiero a que cuando descuelga, ella no sabe si va a ser su madre. ¿Y usted? Tampoco, claro. Pero sospecho. De repente le ha dado por pintarse y perfumarse, y eso tiene que responder a algo.
El Doctor Cañada se terminó las pastas, comentó que estaban buenísimas y yo envié a Bautista a por más.
Lo que usted sugiere, entonces, es que la mejor terapia para un enfermo de esa índole es una buena cura de sueño ¿no es así?. No en todos los casos, desde luego, respondió, algunas personas son inseguras por mucho que duerman, pero lo que sí es cierto es que consiguiendo las horas necesarias de sueño, demorarán, como mínimo, la progresión de su enfermedad, la cual, como seguramente usted ya sabe,, tiene la característica de ir aumentando con el tiempo. Volví a llenar su taza, y me esforcé en introducir un tono cariñoso en mi siguiente pregunta, con el ánimo de paliar su dureza intrínseca: ¿Y qué me dice de los niños pequeños, de los celos entre hermanos, que duermen, todos ellos, como marmotas? Eso, amigo mío es un caso por completo diferente... Y desplegó generosamente sus conocimientos respecto a las diferencias y sus manos hacia las pastas recién llegadas. Me olvidé totalmente de Cañada y sus historias; soy de carácter abierto y campechano ante las elucubraciones ajenas, pero tiendo, en compensación, a no retenerlas en mi mente durante más tiempo de lo aconsejable.
Unas semanas después de su conferencia, subí a un avión que debía llevarme sin demora a la Ciudad de la luz. Había quedado con unos amigos de la juventud en vernos allí, procedentes todos de distintas partes del mundo, y corrernos juntos una juerga napoleónica, después de un montón de años sin vernos. Yo volaba tranquilo y confiado, porque la escasez de mi bagaje para sólo un fin de semana me había evitado tener que facturar, con lo cual las posibilidades de una maleta extraviada eran mínimas, en mi caso. No nulas (Iberia es capaz de maravillas, como sabemos bien todos los españolitos) pero sí mínimas.
No es fácil encontrar un taxi en París, en determinadas fechas, de modo que tuve que encajar deportivamente la frustración de ver como me levantaban hasta tres de ellos delante de las narices. Cuando por fin conseguí, en un alarde de reflejos, levantar el brazo antes que nadie, me lancé casi en plongeon hacia el amable galo que me llevaría a mi hotel, y justo delante de la puerta del coche ocurrió el encontronazo. Me levanté del suelo sacudiéndome el polvo con parsimonia estudiada y preparando una mirada de frío acero para la persona que, después de chocar conmigo, estaba a su vez levantándose y girándose hacia mí. Entonces la vi y me quedé patidifuso. Es extraordinario como dos miradas de frío acero pueden encontrarse, pasar en milésimas de segundo a la categoría de miradas sorprendidas, derivar luego a miradas aprobatorias y terminar en miradas sonrientes y cálidas. Pero una mujer que necesita un taxi es una mujer que necesita un taxi, por encima de todo. Así que aprovechando sin escrúpulo alguno mi paralización ante su sonrisa encantadora, ella dijo lo siento, se metió en el coche y cerró la puerta desde dentro. Y se largó.
Cuando llegué al hotel estaban ya allí la mayoría de mis compinches. Hubo sesión de abrazos, empujones, puñetazos en la boca del estómago, en fin, lo típico. Nos sentamos todos a tomar algo en el bar del hotel, mientras esperábamos que llegasen Lucio y Carlos, los únicos que faltaban para completar el grupo. Allí, Mateo se auto instituyó en portavoz y organizador, como en los viejos tiempos.
Escuchad – dijo – éste es el plan. Y pasó a hacer un ordenado y preciso boceto del programa de actividades
Una hora más tarde, sentados en una mesa de un restaurante parisino, escuchábamos todos atentamente las increíbles historias que iba encadenando Sergio, experto marino mercante y viajero infatigable, cuando entraron dos mujeres y se sentaron en una mesa cercana a la nuestra. Una de ellas era la que me había birlado el taxi después de hacerme tragar el polvo, y comprendí inmediatamente que me había reconocido al ver su mirada burlona cuando nuestros ojos se encontraron por detrás de la calva de Carlos. Lucio, que toda su vida ha sido un salido, dejó los morretes en posición de silbido admirativo y nos hizo una seña con la cabeza; fue entonces la compañera de mi ladrona de taxis la que sonrió, y sin votación previa, Mateo ordenó al camarero que llevase una botella de champagne a la mesa vecina. Pero entonces entraron dos hombres también sin previo aviso y se sentaron sin consultarnos en la mesa en cuestión. Lucio puso cara de fastidio y Mateo nos miró iniciando un gesto de disculpa, pero Sergio, viendo como estaban quedando las cosas, continuó impertérrito con su narración altamente estimulante de la actitud hospitalaria de las aborígenes de Samoa con los marinos mercantes en las noches de luna llena.
Durante la cena la vista se me fue distraída un par de veces por detrás de la calva de Carlos, sorprendentemente lisa y brillante esa noche, y en cada una de ellas me encontré otra mirada distraída en el camino, confluyendo con la mía aproximadamente a la altura del occipucio de mi amigo.
O dejo de ser quien soy, me dije a mí mismo, o ésto no va a quedar así.
No quedó. A las preguntas de uno de los recién llegados respecto a la botella aún sin abrir, la acompañante de mi agresora señaló divertida hacia nuestra mesa, y ambos intrusos nos miraron con curiosidad. Mateo, con gran presencia de ánimo, sonrió y saludó con un movimiento de cabeza, y la cosa pareció estancarse, de momento. Pero entonces empezó el follón con el ciego.
Estábamos ya de cafés y chupitos cuando entró un hombre con gafas negras y bastón blanco en el restaurante. Iba acompañado de un joven rubio que se mostraba obsequioso, paciente y algo inquieto con el ciego, el cual verdaderamente se mostró desde su llegada un tanto exasperado y los amplios movimientos de su bastón, agitado sin suavidad alguna, empezaron a inquietar también enseguida a todos los comensales. El maitre acudió presuroso al encuentro de los recién llegados con la evidente intención de acomodarles lo más rápidamente posible en un rincón del restaurante, donde minimizar la amenaza creciente del bastón. Pero en su camino el ciego arreó un bastonazo de supuesto tanteo y acertó exactamente en el tobillo derecho del que había preguntado por la botella, el cual soltó un aullido tan legítimo y veraz que nos hizo vivir intensamente el desembarco de un marino mercante en Samoa en una noche de luna. El ciego se asustó hasta el histerismo y sus movimientos de defensa propia se acompañaron de gritos propios y ajenos en el restaurante mientras su arma preferida describía terroríficas ondulaciones por todo el espacio que nos rodeaba. El rubio intentaba calmarlo, persiguiéndole por todo el recinto y agachándose, cuando su integridad física lo requería, con una prontitud y habilidad innegablemente fruto de la experiencia. El ciego se dirigió frontalmente a nuestra mesa llamando a gritos a su compañero y sus bastonazos provocaron una desbandada general en mis cercanías, desbandada después de la cual, y pasado momentáneamente el peligro, me encontré felizmente sentado en el suelo junto a las piernas, preciosas, debo decirlo, de la moza de marras. Levanté la vista un momento antes de levantar el trasero y lo que vi me encantó. Elena, enseguida supe que se llamaba así, se estaba inclinando en ese preciso momento hacia mí, tendiéndome una mano para ayudarme a incorporarme, y una sonrisa mucho más cariñosa y divertida que la del evento del taxi iluminaba toda su cara. En cuanto agarré su mano, el hábito educacional me llevó a pronunciar mi nombre y ella me regaló el suyo. Una excelente preparación física de la que siempre he alardeado me permitió levantarme a cámara lenta y mantener así su mano entre las mías durante un buen rato, el suficiente para, ante la estúpida actitud general de centrar la atención todavía en las evoluciones del bastón blanco y su propietario, cada vez más histérico, aprovechar para musitarle al oído algo así como que el día siguiente, sobre las diez de la mañana, tenía pensado estar en las escaleras de Montmartre, haciendo algunas fotos de París desde las alturas.
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Nadie me podrá acusar de impuntual cuando he quedado con una preciosidad en Montmartre. A pesar de que la noche anterior había resultado movida y de que la primera parte de la madrugada la habíamos pasado en compañía de unos uniformados en la gendarmerie, me levanté de la cama fresco como una rosa fresca y tuve hasta que esforzarme en imaginar mi propio ridículo si me presentaba en el lugar de la cita a las ocho y media y a las diez no venía nadie, para controlarme y no llegar antes de las nueve y veinte. A esa hora apenas había todavía turistas en la zona y pude dedicarme apaciblemente a observar y contabilizar. Desde la terraza de un bar, sin nada para leer y ninguna compañía a la que marcar un rollo respecto a la inocencia de San José comparada con la inocencia de la virgen María, me dediqué a enfrentar cuarenta minutos de espera. Observé que en la extensión que abarcaba mi mirada había hasta nueve gatos estratégicamente situados, mientras que entre el camarero y yo sólo contabilizaba dos personas humanas. ¿ Y si deciden atacarnos? pensé. No pude evitar el pensamiento de que cinco de ellos parecían vigilarme directamente a mí, mientras que los otros cuatro, algo más relajados, observaban de vez en cuando al camarero, que ofrecía síntomas evidentes de haber dormido poco y mal y se adivinaba incapaz de ofrecer una resistencia medio seria. El mateogato del grupo, una especie de tigre bonsái, sobre todo, no me quitaba los ojos de encima, y de vez en cuando emitía un extraño ruido sibilante al que respondía indefectiblemente alguno de sus compinches desplazando un poco su situación atacante respecto a mí. Un carraspeo en la ventana de enfrente seguido de la cascada tosecilla de una francesa del siglo dieciséis terminó abruptamente con mis disquisiciones; los nueve gatos se lanzaron a una hacia la ventana y la vieja descargó el contenido de un plato lleno de restos de pescado. Como a todo esto se habían hecho las diez menos veinte, mojé dos dedos de cada mano en la lengua y me los pasé horizontalmente sobre mis pobladas cejas en con el objeto de peinarlas un poco, pagué el café y me dirigí hacia las escaleras panorámicas de Montmartre, el lugar preferido de los japoneses y demás turistas fotógrafos en general. En el escalón diecisiete, dos jovencitos con mochilas y cabellera vikinga, solo un poco más larga la de ella que la de él, estaban abrazando cada uno de ellos la mochila del otro hasta donde les daba la longitud de sus brazos, de forma que sus morretes quedaban tan incrustados en los de su pareja que pude imaginarlos sin dificultad respirando cada uno por las orejas del otro. Ah, l’amour, l’amour, filosofé estúpidamente, influido sin duda por el lugar y por la expectativa de lo que sucedería en los próximos minutos. Esto es París... aspiré aire acto seguido ya en plan cursi total; miré con disimulo y de refilón mi reloj de muñeca, nunca me ha gustado que se me note cuando estoy esperando a alguien que puede que llegue y puede que no, y eran las diez menos cinco, por dios. Me senté en el escalón treinta y dos, apoyando los pies en el treinta y uno; y una gabardina de color claro que había estado apoyada sobre la balaustrada allá abajo, se giró. Cuando, a lo lejos, la reconocí, me levanté de un salto, di otro salto hacia delante para empezar a bajar las escaleras corriendo a cámara lenta como en los anuncios de la tele, el pie derecho fue a apoyarse justo en el borde del escalón veintinueve y bajé veintiocho escalones rodando en semi giros rebotados de dos en dos. Desperté en una cama individual, a mí siempre me ha gustado dormir en camas dobles, pero antes de tener tiempo a recapacitar sobre el tema me vi a mí mismo envuelto en escayolas, vi a Mateo y Sergio hablando de sus cosas junto a la puerta de la habitación, y la vi a ella, a Elena, sentada al lado de la cama y mirándome atentamente. Sonrió en cuanto me vio abrir los ojos y yo sentí un dolor punzante en el costado al intentar girarme hacia ella. Nos casamos dos meses después, cuando yo ya podía entrar en los templos y otros lugares ayudado con unas muletas. Me confesó, días antes, que fue mi forma de bajar las escaleras de Montmartre lo que le hizo comprender definitivamente que yo era el hombre de su vida, y nos fuimos a vivir en una casa junto al mar que ella había heredado algunos años atrás de un indiano enriquecido con la venta de alcaparras de Llubí.
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Ella era hermosa como un amanecer de mayo y yo fui intensamente feliz con ella durante los primeros años de nuestro matrimonio. Me resultaba totalmente incomprensible en una mujer esa indiferencia suya ante la admiración que despertaba a su paso y si alguna vez hablamos del tema fue solamente para constatar su intensa vertiente vocacional en cuanto a la profesión de zoóloga que había escogido. El estudio de los animales le había llevado a la indestructible convicción de que la belleza o el arte de la seducción solamente tenían un carácter positivo antes de encontrar pareja, puesto que para eso era para lo que la naturaleza había dotado a los sexos de determinadas características, y era, por tanto, una estupidez, perder el tiempo con esas bobadas una vez que cada cual había hecho su adquisición definitiva. Las parejas monógamas, continuaba... y así. A mí, como consecuencia de todo ello, me resultaba particularmente divertido observar los intentos patéticamente inútiles de algunos moscones para conseguir acercamientos a través del burdo sistema del halago. Elena daba siempre el asunto por zanjado con unas palmaditas en la espalda, a veces manuales, a veces mentales, y luego volvía a concentrarse con la misma habitual intensidad en sus estudios de la mosca cojonera o en la confección esmerada de una coca de verduras.
Un día me confesó que estaba deseando poner en marcha un antiguo proyecto. Siempre había experimentado, dijo, la necesidad de entender profundamente los entresijos del piano. Ella tocaba ese instrumento bastante bien y yo comprendí que cuando hablaba de profundamente y de entresijos, se refería a las tripas. Reunió el capital necesario con la colaboración de su padre y del mío, los convirtió a ambos en socios fundadores, capitalistas y honorarios, todo en uno, y montó una fábrica de pianos. Contrató ella misma personal especializado, se encargó directamente de la contabilidad de la empresa y de los contactos con proveedores y clientes, dedicó todo el tiempo que yo estaba en mi propio trabajo a observar uno por uno el crecimiento y la estructura interna de cada uno de los chismes que se iban produciendo en su fábrica, y cuando yo llegaba del tajo me la encontraba en casa pletórica y feliz. Así que yo estaba feliz y pletórico con la sonrisa encantada de Elena llenando nuestra casa cada día, desde que se levantaba por las mañanas llena de energía ante la jornada que le esperaba, hasta que nos íbamos a la cama por la noche y allí, antes de dormir, me explicaba con detalle la mecánica intrincada y simple a la vez de los sistemas de percusión sobre los cables tensados y los efectos de las vibraciones en los diferentes grosores de cada uno. Hasta que un día al llegar a casa encontré su abrigo en el suelo del recibidor; luego vi la bufanda tirada en un rincón del pasillo y finalmente la encontré sentada frente a la chimenea encendida, y llorando en silencio. Me alarmé. ¿Qué ha pasado?, pregunté... ¿Te has vuelto a pelear con la del colmado?. No, no, contestó, es la fábrica. ¿Qué le pasa a la fábrica?¿No ibais a celebrar la semana próxima su primer cumpleaños? Sí, dijo, pero no dará tiempo, hemos quebrado. Rompió en sollozos y me preguntó con qué cara iba a presentarse ante su padre y , sobre todo, ante el mío. Soy un desastre para los negocios, no sirvo para nada, soy incapaz de conseguir que progrese ninguna iniciativa propia, soy una inútil. Lo negué todo, con absoluta convicción y desparpajo, pero no sirvió de nada. Elena decidió entrar en frase depresiva y mi reconocida capacidad razonadora resultó lamentablemente ineficaz.
Entonces le propuse un viaje de un par de semanas en la esperanza de que un cambio de aires y de juergas produjera efectos beneficiosos en su estado de ánimo. Ella no dijo ni que sí ni que no, más bien se encogió de hombros, y yo me largué decidido hacia la agencia de viajes.Y allí, a la entrada, me encontré de golpe con el Dr.Cañada. Se mostró tan sorprendido como yo mismo. Habían pasado un par de años desde aquella conversación llena de teoría, para mí, y repleta de pastas danesas para él, y yo apenas me había vuelto a acordar de él. Nos sentamos a tomar un café en un bar cercano y le conté lo que estaba sucediendo en mi casa. -Viajar no sirve, en estos casos- afirmó, tranquilo y rotundo- Aunque de momento pueda parecer que están alejando el problema, solamente conseguirán aparcarlo, y a la vuelta se lo encontrarán tal como lo dejaron. -¿Qué hacemos entonces? Pregunté angustiado. Elena es muy sensible y temo que si no recibe ayuda pronto, el asunto vaya a peor. -Traigamela mañana a la consulta- contestó sin dudar. Es posible que pueda ayudarla. -Dr., no creo que este tema tenga relación alguna con los 736 casos que usted me mencionó; los celos y el insomnio brillan por su ausencia. -De momento, sólo de momento, me miró fija y significativamente. Si no detenemos el proceso, el insomnio no tardará en aparecer.
Volví a casa sin billetes para viajar a lugar alguno, y le trasladé a Elena la propuesta del Dr.Cañada. Ella se mostró más bien indiferente y desanimada ante la idea, pero al despertarme al día siguiente y comprobar que mi mujer había pasado la noche en vela, tomando cafés y patatas chips en la cocina, y cuando, con unas tremendas ojeras, me preguntó, como de refilón, si seguía trabajando conmigo aquella secretaria despampanante que ella conocía de vista, y si iba yo a pasar la mañana con ella mientras Elena perdía el tiempo con un médico desconocido y medio loco, por las referencias, el recuerdo de la teoría de Cañadas me provocó un escalofrío y comprendí que era preciso actuar de inmediato.
Llegamos a la consulta a una hora bastante temprana, y el doctor nos recibió con amabilidad pero muy por encima de eso con un aspecto de profesionalidad y eficiencia claramente destinado a impresionar favorablemente a su nueva clienta. Mascullé un par de tonterías ambiguas para despedirme, Elena me dirigió una mirada en la cual yo creí leer atisbos de desconfianza y yo salí a la calle presuroso y preocupado. No volví a ver a Elena hasta muy avanzada la tarde, había tenido serias complicaciones en mi trabajo y llegué corriendo a casa con un molesto sentimiento de culpabilidad unido a mi inquietud por el estado en que encontraría a mi mujer. Pero la encontré en un estado de ánimo mucho mejor de lo esperado. Por la noche, además, durmió de un tirón y al día siguiente, cuando le comenté, mientras desayunábamos, que estaba estudiando la posibilidad de sustituir a la secretaria despampanante por otra mucho más eficaz y mucho más mayor, me contestó que bueno, que lo que yo quisiera, pero que en realidad a ella le parecía un poco absurdo ese cambio, puesto que la actual secretaria ya llevaba cierto tiempo en el trabajo y que seguramente eso facilitaba mucho las cosas y que cambiar por una secretaria nueva era más que probable que exigiera una etapa molesta e incómoda de readaptación. Parecía tan tranquila y normal que no pude menos que admirar las facultades y la rapidez de Cañadas. Después de diez días de sesiones seguidas, Elena no mostraba el menor interés por las tripas de los pianos, cantaba al ducharse por las mañanas y había olvidado por completo el asunto de la fábrica.
Después se fue de gira turística, tres semanitas, dijo, por las islas del Caribe acompañada del Dr. Cañada.
Tengo la seguridad de que cuando vuelvan de su viaje, Elena estará totalmente repuesta.
Quizá entonces sea el momento adecuado para hablar de nuevo con el doctor. Últimamente padezco insomnio, duermo poco y mal, y no me gustaría que el doctor resultase tener razón, al final, y que yo me encuentre dentro de nada atravesando una tremenda crisis de celos.