El espejo



 

Las palabras del oftalmólogo le habían aliviado y preocupado a un tiempo. No tiene usted absolutamente nada, señora, le había dicho, sus ojos están tan sanos como los de un niño. Lo que me cuenta, por tanto, no es atribuible a ningún problema físico. Le recomiendo que visite a un especialista en psiquiatría...

Tampoco estaba sorprendida, por otra parte. La constatación de que su vista funcionaba, perfectamente excepto ante el espejo, ya la tenía antes de visitar al doctor, y si lo había hecho era realmente por descartar todas las posibilidades antes de revisar su propio psiquismo.

Y sabía lo que le iban a decir, además; le iban a hablar de bloqueos, de negativas a verse tal cual era, de que ese bulto difuso y sin definir que le ofrecía el espejo cuando se ponía ante él era el de una persona que se negaba obstinadamente a ver su propia realidad.

Frunció el entrecejo con desagrado. Le iban a hacer hablar de su pasado, de todos los entresijos de una historia personal en la cual escarbar desagradablemente para hallar el origen de su evasión, y eso era algo que no le apetecía en lo más mínimo. Los psiquiatras y sus rollos, pensó, son unos plastas. No iré. Ahora ya sé que mi vista, definitivamente, está bien... y puedo aceptar sin problemas continúar como hasta ahora, sin verme en los espejos. Al fin y al cabo lo que enseñan es solamente como se me ve por fuera, y eso no es tan importante.

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Su amiga Gloria le había invitado a pasar el fin de semana en su casa de la playa. Quiero que me ayudes, Irene, le había dicho, el domingo organizo una fiesta en casa por el cumpleaños de Raúl, y necesitaré una mano. Además, estoy harta de verte pasar los días encerrada en tu casa, a ver si consigo que conozcas a alguien de una vez y te cases, pesada.
Al cerrar la bolsa de mano y comprobar que llevaba el carné de conducir en el bolso, se quedó unos segundos observando la foto. ¿Para qué necesito un espejo?, se consoló. Lo único que no quiere mostrarme, mi cara, la puedo ver siempre que me apetezca en las fotografías. Y se esforzó en obviar el motivo de su preocupación: las imágenes de esas fotos eran una sola imagen repetida una y otra vez, una imagen lacerante de alguien aséptico e inescrutable, frío y sin reflejo alguno de emociones. Podía estar llorando, riendo, cantando, pensativa o enfadada delante del fotógrafo, el resultado iba a ser siempre el mismo, aquella Irene de expresión lisa y sin significado alguno, sin posible lectura

El Agente de la concesionaria le había prometido, al venderle el coche, que se llevaba el modelo más silencioso del mercado. Ahora, en la larguísima carretera recta al final de la cual se veía ya el azul del mar, con los primeros olores de alga y sal entrando por la ventanilla y un sol luminoso añadiendo calidez a las inconmensurables notas del Adagio de Albinoni, Irene se prometió besar en la frente al calvo concesionario en la primera ocasión que se presentase.
Casarse... Gloria era su mejor amiga, pero se empecinaba en simular. Sabía muy bien que ella jamás volvería a casarse, y, sin embargo, una y otra vez aparentaba ignorarlo, por razones que Irene no llegaba a comprender. Por unos segundos sintió un ramalazo de inquietud. Su amiga era la persona que mejor le conocía. ¿Veía, quizá, en ese rostro desconocido para su propietaria, algo que denotase infelicidad?
Qué absurdo, pensó, no puedo mostrar en mi cara algo distinto a como me siento, a como me sé.
Se dejó llevar de nuevo hacia la mente en blanco, levitando sobre el Adagio.

La carretera giró en ángulo recto al llegar al acantilado, continuando su trazado paralelamente al mar. Irene redujo la marcha del vehículo, lo acercó al mismo borde de las rocas, enfrente de la cancela que daba entrada al jardín de Gloria, y lo detuvo.
Apagó el motor y se quedó mirando al frente, sin bajar del coche.

Un rumor que era mezcla de agua y de aire, de mar y de brisa, de profundidad y de armonía, ascendía desde la inmensa extensión de azul y blanco, colmando el acantilado de relajación y paz.
Irene descendió del coche y se apoyó en el capó, delante; cruzó los brazos sobre el pecho y dejó que sus sentidos le llenasen el cuerpo de sensaciones. Cerró un momento los ojos, respirando intensamente, y casi enseguida sintió en sus párpados la presión suave de unos dedos.

-Hola, Irenita, oyó desde detrás de ella
-Hola, Raúl – se giró y le besó en la mejilla- tienes los dedos fríos.
-Estaba regando el jardín cuando vi llegar tu coche.

Caminaron hacia la casa, él rodeándole los hombros, ella con el brazo cariñosamente abrazado a la cintura de él.

-Gloria viene enseguida. Ha ido un momento al horno a hacer algunos encargos para el domingo.

Entraron en la casa, y Raúl sirvió dos martinis

-Bueno- sonrió ella- ¿y como llevas eso de hacerte mayor?
-Juzga por ti misma – sonó una voz alegre desde la puerta - ¿no ves que está cada día más morenazo y más guapo?

Irene se levantó y abrazó a su amiga. – Te he arreglado el cuarto de la buhardilla –dijo Gloria- sé que es el que te gusta.

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Se levantó temprano y después de tomarse un café caliente salió de la casa sin hacer ruido. Raúl y Gloria dormirían al menos un par de horas, todavía. Descendió por una torrentera que difícilmente se podía llamar camino, hacia la pequeña cala apenas visible entre las rocas. Sus amigos preferían la playa, mucho más grande y accesible, aunque para llegar a ella tuvieran que hacer algo menos de un kilómetro en la dirección en que los acantilados, al este, descendían suavemente hacia la arena. Pero Irene había descubierto aquella calita justo delante de la casa y se apoderó de ella sin ninguna dificultad, ninguno de los pocos vecinos del contorno se la disputaban y ella consideró siempre aquél lugar un regalo de los dioses para cuando deseaba estar sola con el mar.

Resoplando, se detuvo y se pasó la mano por la frente; la misma roca baja de otras veces le hizo las veces de asiento, a pocos pasos de la espuma que blandamente se acercaba hasta sus pies para luego retirarse haciendo cantar al unísono cientos de pequeñas piedras. Estaba saliendo el sol. Irene apoyó los codos sobre sus rodillas y descansó la barbilla en sus manos. Y así se quedó, inmóvil.

De repente oyó un ruido extraño, y se giró, sobresaltada. A unos metros a su izquierda vio a un hombre, y, con él, el origen del clic que ella había oído. Llevaba en las manos una cámara con un objetivo muy largo, como los que usan los reporteros deportivos, y estaba enfocando con ella en dirección al sol que asomaba. Le observó disparar dos veces más y luego, al retirar la máquina de delante de su cara, ella pudo verle con claridad.

- Hola – dijo – creo que serán fotos preciosas
- Hola – contestó él, acercándose – mañana las podrás ver, si quieres. Estarás en la fiesta ¿no?- alargó su mano abierta y añadió – Soy Pablo, trabajo en el mismo diario que Raúl.

Se estrecharon la mano y, sin transición, él dijo ¿me permites?, movió la cámara sin prisas aparentes, pero lo bastante rápido como para que ella no tuviera tiempo de reaccionar, y disparó.
Al ver que ella sonreía, sorprendida, hizo dos fotos más.
Irene consideró inútil y fuera de lugar hacerle observación alguna respecto al decepcionante resultado que aquellas fotos le iban a proporcionar. Ya lo descubrirá él mismo, pensó.
Lo observó con atención. Era un hombre ya maduro, con un aspecto general bastante vulgar, una de esas personas que generalmente te pasan desapercibidas al cruzarte con ellas por la calle. Nada en él llamaba especialmente la atención, quizá su aspecto apacible y algo descuidado fueran sus características más destacables. En aquellos momentos parecía contento, satisfecho por las fotos que acababa de hacer.

- Voy a subir ya - ¿tú te quedarás un rato aún, supongo?
- Sí, me apetece estar aquí un rato más. Hasta mañana
- Hasta mañana

Le vio desaparecer tras un recodo del camino-torrente y se acomodó de nuevo frente a su espectáculo preferido. El mar, como si comprendiera que estaban de nuevo a solas, comenzó su susurro seductor especialmente compuesto para ella.

Por la tarde, en la cocina, Gloria cortaba pan de molde en triángulos y los iba dejando en una bandeja de donde los recogía Irene para untarlos. Con un triángulo en la mano, apuntó a su amiga.

- Tu y yo tenemos que tener una larga conversación, prenda
- Pues aquí me tienes – sonrió Irene - ¿cuál es el tema?
- El tema es que me tienes harta, hija. No puedo pasarme la vida cuidando de ti. Sé de buena tinta, porque te hago espiar, que te pasas la vida sola, sin salir de casa para nada. Estoy harta de presentarte hombres y que te hagas la estrecha. Estoy cansada de verte presumir de la cantidad de hombres que te van detrás. El hecho es que no te comes un rosco, y así seguirás hasta que críes malvas, si nadie lo remedia. No, no te rías, sabes bien de qué hablo. El puta cura ese te ha convertido en una puta monja, te ha lavado el coco de tal manera que eres incapaz de lanzarte a una aventura como dios manda. Y deja ya de repetir que no ha sido el cura, que han sido los hombres que te han hecho muchísimo daño, ya está bien de esa monserga. Y, otra cosa, cientos de padres de la generación del tuyo han encerrado a sus hijos en un cuarto como medida disciplinaria, y nadie está neurótico por eso, niña. Además...

Raúl entró en la cocina, abrazó por detrás a su mujer y le mordió el lóbulo de la oreja

- Ya estás otra vez mortificando a mi Irenita – la riñó – Acaso no sabes que es mi Irenita preferida, y que si no me caso con ella es porque contigo hay más que de sobra?
- Tu Irenita – respondió Gloria – pasa por completo de todo lo que le digo, así que tranquilo, amor mío. Y si lo que quieres es casarte con ella, sólo tienes que decírmelo, yo me quito de en medio en un tris-tras, y tú vas a saber lo que vale un peine, si se te ocurre la locura de convivir con esa bruja.

Entre risas, Irene siguió untando el pan con pasta de caviar. Raúl le hizo un guiño desde detrás de Gloria y dijo

- Yo creo que lo que pasa aquí es que alguien se está mosqueando porque, con su aspecto de monja o de lo que tu quieras, os está levantando todos los mocetones que os rondaban a las bellezas del lugar. Por eso es que tú y algunas despampanantes como tú, estáis deseando colocársela a alguien que os la quite de en medio.

Gloria se giró en redondo, quedando frente a su marido. Le miró con fingida lascivia y él, siguiéndole el juego, se abalanzó apasionadamente hacia sus labios.

- Me he dejado el tabaco arriba – dijo Irene – y los dejó en la cocina, estrechamente abrazados. Subió la escalera de madera y nada más entrar en la buhardilla descubrió algo en el suelo, junto a la ventana. Se acercó. Alguien había arrojado desde el exterior un trozo de madera envuelto en un sobre de tamaño cuartilla y usando dos elásticos para asegurar que el uno no se separase de la otra en su vuelo hasta la ventana.

Irene liberó el sobre de sus ataduras y leyó escrito en rotulador: “Mañana habrá mucha gente; quizá prefieras verlas antes, a solas”

Abrió el sobre y de su interior sacó cuatro fotografías. En cuanto vio la primera se sentó en el borde de la cama, estupefacta. Luego, lentamente, fue pasando la vista de una a la otra. Un temblor incontenible le recorrió todo el cuerpo. Cerró la puerta de la habitación, volvió a mirar las imágenes, y se echó a llorar.


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Haciendo un esfuerzo Irene había bajado a la cocina para reanudar su trabajo con Gloria. Todos los intentos de su amiga para averiguar lo que le había sucedido en su cuarto fueron vanos. Irene se limitó a comentar que no había dormido bien y que estaba cansada, de modo que tenía la intención de terminar cuanto antes los preparativos de la fiesta y acostarse pronto. Las miradas de suspicacia de Gloria y la expresión preocupada de Raúl sólo sirvieron para ayudarla a acelerar el ritmo de su actividad en vistas a terminar antes y subir a su cuarto.
Pero cuando finalmente consiguió encerrarse en él, lo que había deseado como una liberación resultó todo lo contrario. No conseguía apartar la vista de aquellas fotografías, y la conversación que había tenido con Gloria antes de aparecer Raúl acudía en retazos a su mente.

Se dio cuenta de necesitaba huir, pero no sabía de qué ni de quien, y menos aún hacia dónde. Aquél hombre...el compañero de Raúl , el autor de las fotos...quizá él...
Por un lado temía encontrárselo, al día siguiente, pero al mismo tiempo ¿quién , si él no podía explicarle, lo que iba a hacer?. Se acercó a la ventana, y el mar, tan amado y complaciente aquella misma mañana, semejaba ahora una amenaza oscura y tenebrosa.
Su mirada era atraída como por un imán hacia la cama donde había dejado el sobre con su contenido. Si Gloria las viera...ella le conocía bien, era la persona que mejor le conocía.

De repente cayó en la cuenta de que toda su angustia se originaba en una estupidez. Abrió la boca asombrada de su propia trampa, imbécil y absurda.

¿Ocultar las fotos? Comprendió que su reacción inmediata, completamente irreflexiva, le había llevado a ignorar
la misma esencia de todo el asunto. ¿Porqué ocultar las fotos? Si realmente esas imágenes podían impresionar o aún sorprender a nadie, era exclusivamente a ella misma...Las fotos mostraban algo que ella no había podido ver nunca antes...pero que era lo que veían a diario todos los demás...

El problema era, pues, por completo distinto a lo que ella misma, en su estupefacción, había estado gestando.
Si los demás no experimentan rechazo hacia lo que ven en mi ¿porqué lo experimento yo? ¿ porqué me afecta tanto el verme, por primera vez, como me ven los demás, como me habría acostumbrado a verme si el espejo no se hubiera negado a reflejarme?

Acostumbrado...esa es la palabra. Gloria, Raúl, los demás, me han ido percibiendo poco a poco. El espejo me habría permitido el mismo proceso a mí misma. Ellos me ven siempre a mí, yo me he tenido que inventar una imagen. Y ahora la imagen se ha caído de golpe, ante la evidencia. Y me siento perdida y aterrorizada sin mi hábito, nadie les modificará el hábito a mis amigos, cuando vean las fotos, esas fotos no tienen ningún interés , ninguna novedad, para ellos. Sólo yo me he quedado sin mi asidero.

Se fue tranquilizando ante sus propios pensamientos. No estoy loca, pensó, es solamente que no sé quien soy.
Todos lo saben, menos yo. Ahora entiendo la irritación de Gloria ante mis patrañas; pero esa irritación no le ha impedido ser mi amiga, quererme y aceptarme totalmente.

Un cansancio mortal aflojó todo su cuerpo.
Se asomó de nuevo a la ventana, para despedirse del mar antes de acostarse y dormir, no sabía por cuanto tiempo, pero dormir, quizá días, quizá años...dormir. Cuando despierte tendré que empezar todo de nuevo, se dijo a sí misma.
Y esa idea, en contra de lo esperado, no le multiplicó la sensación de cansancio. Sorprendentemente, se sintió más ligera, más joven y como descargada de un peso tremendo.
El mar le envió un murmullo y había calma y aprobación en su sonido.
Las estrellas jugaron unos segundos a hacerle clic, disparándole miles de fotos con flash.
El amigo de Raúl paseaba solitario sobre el acantilado, miró un momento hacia la ventana de Irene y levantó la mano en un leve saludo.

La luna llena iluminó con un haz blanco el espejo de la habitación, y al pasar por delante, hacia la cama, Irene se vio sonreír a sí misma



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