El amor y la videncia
- Es preciso que sepas algo – dijo Tropezó con un árbol, cayó en medio de la acera y volvió a levantarse. Él le sacudió el polvo del abrigo con los movimientos rutinarios y displicentes del que ya está habituado.
- Es importante que lo sepas – continuó ella, metiendo los pies en un enorme charco que le había pasado desapercibido – Veo “cosas”
El patinazo al salir del charco envió su bolso debajo de una calesa y al intentar ella recuperarlo el caballo casi la arrolló. Mientras el hombre la rescataba de debajo de los cascos, ella añadió
- Lo curioso del asunto es que las cosas que veo siempre ocurren, después
Siguió explicando: no podía contar lo que había visto, porque le daba dolor de cabeza o bien se ponía enferma, si lo hacía
- No puedes, entonces, decirme qué ves en mi futuro, claro – opinó él, comprensivo - No, no puedo, va en contra de mi salud, Enrique. - Lo entiendo y lo acepto – contestó él – pero no soy Enrique, ese es tu novio de antes, soy Luis - Eso da igual – dijo ella – lo importante es que, seas el uno o el otro, sepas que veo cosas...
Llegaron por fin la vidente y su acompañante al banco donde ella pretendía sacar dinero del cajero automático. Cuando Luis le vio meter la tarjeta entre los dientes de un empleado y tamborilear en su cabeza, levantó tres dedos y el banquero entregó estoicamente 300 euros a la mujer, haciendo ruiditos mecánicos con la garganta
Al salir, dijo Luis:
- Y lo de tus lentillas ¿para cuando? - Pues no sé – contestó ella mientras le daba, llamando a un taxi, un bofetón a un transeúnte – dicen allá arriba que el tren que me pasó por encima me dejó tan chafada que ahora no encuentran lentillas tan planas... - ...Al fin y al cabo – sentenció – para un espíritu no es tan imprescindible eso de las lentillas - Cierto – admitió él – y, al fin y al cabo, lo que más me gustó siempre de ti fue tu espíritu...