El accidente
1
No puedo decir que conocí a Laura por casualidad; el azar tuvo la culpa, eso sí, de que la viera la primera vez. Pero a partir de ese momento casi todo lo que ocurrió fue provocado por mí, con alevosía y premeditación( así habla mi hermano mayor), hasta conseguir que se enamorase casi tanto como yo me había colado por ella.
Todo eso fue mucho antes del accidente, sin embargo; y si no cuento las cosas con orden no se entenderá nada.
Bueno, un día volvíamos de la playa, un poco antes de la hora de comer, mi hermano, su novia, dos amigas de ella y yo. La novia de mi hermano era realmente muy guapa; se llamaba Rosita, lo recuerdo.
Recuerdo que dijo, “que vamos a hacer esta tarde” y nadie contestó; entonces insistió, “alguien tiene alguna idea para esta tarde”. Estábamos pasando en esos momentos por delante de las casas de La Amanecida. La Amanecida es una urbanización que tenemos hace muchísimos años en Cádiz, una especie de barrio residencial, compuesto por una serie de casas con jardincillo y barreras de hierro forjado en la entrada, una al lado de la otra a lo largo de toda una calle bastante larga.
“Si nadie va a decir lo que hacemos esta tarde”..., dijo Rosita en el momento en que pasábamos por delante de la barrera de una de esas casas, la barrera estaba mal cerrada y un cachorro de pastor alemán salió corriendo, nos vio, pegó frenazo y se acercó a nosotros moviendo la cola ostentosamente. Las tres chicas se agacharon al mismo tiempo a acariciarle y empezaron a decirle tonterías de esas, cuchi cuchi y esas bobadas, ya sabéis, y mi hermano y yo nos quedamos un momento parados esperando, pero luego arrancamos a andar otra vez. Al verlo, las chicas vinieron también y cruzaron la calle detrás de nosotros, y el cachorro, detrás...
Entonces fue cuando oímos unos gritos que venían desde la casa de donde había salido el perrito. “Bladimir, donde te has metido; perriiiito, bladimiiiiir....”
Nos quedamos parados. Yo no podía creer que le llamasen así a un perro...¿Bladimir?, dije mirando a mi hermano. Él era un poco más mayor que yo y dijo “debe ser ese nombre ruso”, y encogió los hombros. De todas maneras nos paramos todos a esperar, porque no queríamos que pareciera que nos estábamos llevando al cachorro con nosotros, y entonces, de repente, la barrera de hierro forjado se abrió más y salió Laura.
En serio, me quedé atontado, como si me acabase de despertar por la noche en una cama que no conocía en un cuarto desconocido de una casa extraña. Fue una suerte que los demás estuvieran mirando también en dirección a Laura y no hacia mí, porque estoy seguro que se me quedó una cara de imbécil que aún hoy seguiría siendo de gran utilidad para cuando mi hermano quisiera ponerme en ridículo delante de la gente contando historias mías.
Sin embargo en pocos segundos tuve que reaccionar, obligado por las circunstancias; se dieron, al mismo tiempo, pues, las circunstancias siguientes, yo era el que estaba mas cerca del asfalto, Laura llamó a su perro, éste echó a correr hacia ella y vino una bicicleta en ese momento.”Vladimir”, gritó Laura( después, mas adelante me explicó que era con V), “Guau”, gritó Vladimir echando a correr, la ostia, gritó mi hermano y me cago en... gritó el ciclista. Joder, grité yo.
Al cabo de nada estábamos Laura y yo junto al cachorro tumbado en el suelo, mi hermano y las dos amigas de Rosita levantando al ciclista del suelo y Rosita, muy sensatamente, vigilando que no viniera algún coche o moto o algo para detenerles antes de que llegasen al lugar de autos.
Autos significa coches, pero os advierto que el lugar de autos no es “el lugar de coches”, cuando más adelante os cuente que mi hermano mayor estudió derecho( si me da tiempo) lo entenderéis, es una forma de hablar, en realidad viene a ser como “el lugar de los hechos” ya os lo explicaré, si tengo tiempo.
Bien, el ciclista no se había hecho apenas nada, unos rasguños, pero Vladimir ( si lo dejo para luego, se me olvidará: El padre de Laura había estado en la División Azul, en Rusia, y por lo visto se hizo amigo íntimo, de esos de la guerra, con un ruso que se llamaba así)... pues el perro, digo, no se movía.
Levanté un momento la vista hacia Laura, a la que tenia justo enfrente, los dos arrodillados a cada lado del cachorro y ella levantó la vista hacia mí, le estaban cayendo dos lagrimones que a mí me parecieron enormes para ser lágrimas, me parecieron como dos perlas grandes, ya se, se perfectamente como suena eso, suena cursi total, pero no puedo decirlo de otra forma, así es como era. Los ojos de Laura... bueno, me enamoré inmediatamente. Por completo, de veras. De todos modos no perdí el seso del todo, pude darme cuenta de la desesperación y la súplica que había en esos ojos, miré hacia Vladimir, que seguía sin moverse, miré los ojos de Laura y volví a mirar al chucho, pero esta vez con una extraña determinación que nunca antes había tenido. Puse una de mis manos en su cabeza(la del chucho) y la otra en su lomo, cerré los ojos con fuerza y dije “no, no te vas a morir” lo dije sin hablar, ya me entendéis, lo pensé, en realidad, pero lo pensé tan fuerte que era mas fuerte que si lo hubiera dicho gritando.
El perro, entonces, levantó una oreja, abrió un ojo y meneó el rabo en cuanto vio a Laura
2
Laura y yo solíamos ir a pasear con los de la pandilla por los alrededores de la estación del tren, la estación en sí misma no nos interesaba mucho, pero junto a ella había un gran y hermoso parque donde podíamos campar a nuestras anchas y donde, por alguna razón, sentíamos como si tuviéramos un lugar que fuera la casa de todos nosotros, lo cual era muy diferente que cuando nos reuníamos en casa de cualquiera de nosotros, que era casa de sus padres y todos menos uno estábamos de invitados. Las veces que decidíamos pasear los dos solos, nos íbamos a las salinas, que eran como un campo blanco grandísimo, grande y blanquísimo, cuyo final no podíamos ver y donde no había nunca, nunca, nadie mas que nosotros dos.
Un día de esos de las salinas nos enredamos un poco mas de la cuenta, hablando y hablando de todo lo que teníamos siempre por hablar, es increíble pero siempre teníamos un montón de cosas por hablar, lo de su padre en la división azul, lo del día en que subí por primera vez a un barco de guerra que mandaba mi padre, lo que le daban a Vladimir para comer, la historia de la tía hermana de Laura que se había metido monja de clausura después que se enamoró del padre de Laura y la madre de Laura le dijo “mañana llega Pedro, vuelve definitivamente del frente de Rusia”, lo del día que mi hermano pequeño se bebió un tarro de aceite de la máquina de coser... bueno, nos enredamos hablando y cuando llegamos a casa de Laura era bastante tarde. Al llegar, en vez de entrar Laura y yo marcharme, salió su madre a la barrera de hierro forjado y dijo, niños, es muy tarde hoy, entrad y llamaré a casa de tus padres( me lo decía a mí) y cenareis y luego ya veremos. La casa de Laura era preciosa, preciosa, estaba llena de ventanales y tenía cuadros muy grandes y muy blancos y azules en las paredes. Lo que más me gustó fue la madre de Laura, ella trataba a su hija como si fuera su hermana y me trataba a mí como si fuera mi madre, y además por lo que más me gustó fue por lo siguiente: Ella era tan idéntica a Laura pero en mayor, que bastaba mirar a Laura y mirar a su madre para saber como seria mi novia cuando fuera mayor, y eso me encantaba, porque la madre de Laura era preciosa y muy simpática, cariñosa y amable y guapísima, y yo quería tener una novia así cuando fuera mayor, y Laura sería así.
Bueno, un día que ya llevábamos mucho tiempo de novios y todo el mundo sabía, desde mucho tiempo antes, que éramos novios, mi padre nos dijo, mientras comíamos reunidos toda la familia, o sea mis padres todos mis hermanos y yo, que nos íbamos a cambiar de casa y de ciudad. Yo le dije sin poderlo remediar “papá, hace tiempo que todos sabéis que Laura es mi novia, lo sabe todo el mundo, y, si me voy a vivir a otra ciudad, qué hacemos, como vamos a seguir siendo novios” y todo el mundo menos mi madre se echaron a reír y mi madre, que siempre estaba alegre y de buen humor se puso muy seria y los mandó callar a todos y me dijo “nada cambiará, si queréis seguir siendo novios, lo seréis y os escribiréis cartas, como hacen los novios y esperareis a que pase el tiempo para poder veros de nuevo, pero no nos queda mas remedio que mudarnos de casa y de ciudad, hijo” A mi me pareció bien y pensé que se lo explicaría así a Laura.
Pero ninguno de nosotros, nadie, sabia entonces que íbamos a encontrarnos con un accidente.
Fue así: El autobús que nos recogía cada día para ir al cole era de color azul y rojo y era muy grande, pero con todo lo grande que era iba siempre ocupado, lleno por completo. El conductor era un hombre muy simpático, al que no solo no parecía molestarle la algarabía de toda aquella canalla en el autocar, sino que incluso participaba en ella todo lo que podía, cantando con nosotros y despidiéndose alegremente de cada uno cuando pasábamos junto a él para descender del autobús, a la llegada.
A mí me gustaba y en mas de una ocasión pensé que si no fuera porque no existía en el mundo ninguna profesión que se pudiera comparar a la de mandar un barco de guerra, me hubiera gustado que mi padre fuera conductor de autocar.
Bueno, la cuestión es que un día, al volver del colegio, el autobús pegó un frenazo y se detuvo de golpe en medio de la carretera. Inmediatamente, el conductor bajó.
Todos nos abalanzamos a las ventanillas para saber qué ocurría. En un lado de la carretera un coche estaba girado del revés, con las ruedas al aire aun dando vueltas, y el techo en el suelo; había muchas personas rodeando la zona donde estaba el coche y un montón de vehículos detenidos delante del autobús. En medio de toda aquella gente, tumbados junto al coche accidentado estaban un hombre y una mujer. Los habían colocado uno junto al otro, sobre una manta extendida en el suelo, en espera de que llegase una ambulancia.
En vista de que no podía sacar el autobús de allí por el momento, el conductor subió y nos pidió que esperásemos sin bajar y lo más tranquilos posible, y Vicente que era de los mas mayores le preguntó cuanto tiempo íbamos a estar parados y el chofer contestó “no lo sé sinceramente” y Vicente dijo “si no lo sabes nosotros no podemos saber si sinceramente tendremos ganas de mear antes de que nos vayamos” y todo el mundo vitoreó a Vicente y todos nosotros tuvimos ganas de mear y bajamos, claro.
Desde luego, no nos dejaron acercarnos donde estaban aquellas dos personas acostadas en el suelo pero desde donde estábamos formando una especie de círculo yo pude verles bien la cara a los dos. Que la tenían muy blanca y con los ojos cerrados y no se movían nada, como aquel día Vladimir, y a mí, cuando me acordé del cachorro, me pasó algo muy parecido a aquel día, aunque no tan fuerte porque allí no estaba Laura llorando, pero me dio mucha lástima de aquellas dos personas, tenían cara de buena gente y parecían muy enfermos, y sucedió lo mismo, pero esta vez yo ya sabía antes de empezar que iba a suceder, no sé porque lo sabía.
Claro que nadie se dio cuenta de nada porque esta vez ni siquiera los toqué como con Vladimir, solo pensé muy fuerte. Sentí una pesadez en la cabeza, al principio, pero seguí con lo mismo porque sabía que tenía que seguir, y primero movió la cabeza él hombre, y yo casi pegué un grito y empujé más y más y la cabeza me dolía detrás de las orejas, pero él se incorporó y tocó a su mujer que estaba al lado, y ella abrió los ojos y empezó a moverse también.
3
Por la tarde, en las salinas, Laura me dijo que seguramente yo tenía poderes y pronunció esa palabra con cara de misterio para que yo le preguntase qué eran poderes, de modo que le pregunté, y me lo explicó, que en su casa había estado trabajando una mujer gitana que venía cada día a ayudar a su madre ( no a la madre de la gitana, a la madre de Laura) y esa mujer tenía poderes y si quería curar a las personas enfermas podía, pero si quería hacer daño a alguien sin tener que tocarle o que alguien se enamorase locamente de alguien, también podía, y a la madre de Laura le hacía bastante gracia tener trabajando en casa a una mujer así y a Laura también, pero al padre de Laura no le hacía ninguna gracia y la gitana se tuvo que ir. Entonces yo le dije que esos poderes que ella decía de la gitana le servían para todo, pero que los míos solo servían para curar, y ella sonrió de una forma extraña y si yo no le hubiera preguntado por qué sonreía así estoy seguro de que se habría mosqueado, así que se lo pregunté, y entonces ella dijo “puede ser que tus poderes sirvan para que tus padres no tengan que cambiar de casa y de ciudad si piensas muy fuerte como con Vlaldimir y con el accidente de esta mañana”
Luego me dijo que ella pensaba que mi madre había dicho la verdad, que aunque nos fuésemos de Cádiz toda mi familia y mis padres y yo, Laura y yo podríamos seguir siendo novios por carta hasta que el destino nos volviese a juntar, pero que aunque eso del destino era muy emocionante en las películas y en las novelas ella no quería tener que estar días y días y días sin poderme ver ni hablar conmigo, y que a ver si yo quería. Yo le dije que tampoco quería estar días y días y días, pero que no quería que a mis padres les pasase nada por no ir donde tenían que ir y que ellos me habían dicho que tenían que cambiar de ciudad. Pero Laura tenía una voluntad de hierro y unos ojos imposibles de ignorar y hicimos lo siguiente:
Nos sentamos en lo alto de una pirámide de sal, las pirámides tienen algo especial para la energía dijo Laura, y ella me cogió las dos manos y me dijo “ahora piensa muy fuerte, pero muy fuerte que no quieres que a tus padres les pase nada malo y que no quieres que tengan que cambiar de ciudad y si no estas muy seguro de pensar lo bastante fuerte, aprieta mis manos todo lo que quieras, no importa si me haces un poco de daño”
Yo le apreté las manos un poco antes de empezar a pensar en nada, solo porque me gustaba sentirlas, y luego empecé a pensar fuerte, cada vez mas fuerte hasta que me di cuenta de que ya no hacía falta pensar más y me paré. Abrí los ojos y en cuanto vi la sonrisa confiada de Laura dejó de dolerme la cabeza y le dije que ya estaba y ella dijo que sí, que ya estaba.
Todo esto que os he contado pasó hace muchos años, por lo menos cuatro o cinco y hasta ahora casi nadie a quien se lo he contado se lo ha llegado a creer del todo, aunque fueran amigos míos, porque yo noto en la cara que ponen cuando lo cuento que no están nada seguros de que no me lo esté inventando. Así que no me va a sorprender nada ni tampoco a molestar si no os lo creéis vosotros ahora, pero la verdad es que desde el día del accidente he podido curar muchas veces a gente que estaba enferma y solo me duele un poco la cabeza y luego se me pasa. Ah, y sigo viviendo en Cádiz y viendo a Laura casi cada día, y todo el mundo está ya completamente seguro de que somos novios y a todo el mundo le parece bien. Creo que el año que viene cuando termine el curso con buenas notas aprovecharé para hablar en serio con mis padres y les diré que cuando sea mayor yo me voy a casar con Laura.
De todos modos solo os he contado esta historia del accidente por si algún día os pasa que queréis algo muy muy fuerte, con muchas muchas ganas, y no sabéis qué hacer.