Despertar de los sentidos




 

 

Baja, como cada día, las escaleras de su casa igual que si cruzase un túnel de contornos sinuosos y precisos. Echa la misma mirada mecánica al buzón, sin siquiera detenerse, y sale a la calle.
La argentina delgadísima de la floristería, junto a su portal, inicia su rutina mañanera. Se saludan con la cabeza. Unos pocos pasos hasta el bar del café cotidiano.
- Buenos días, Pepe
- Buenos días. ¿Cortado con leche natural?
- Por favor
Noventa céntimos de euro sobre la barra del bar, una mirada a los titulares del diario, dos sorbos rápidos, y al trabajo.
- Hasta luego
-Adiós

En el semáforo, la misma catalana de cada laborable, con las dos gemelas a sus lados vestidas con el uniforme del colegio. Saludo mutuo, con sonrisa y prisas rutinarias al cruzarse en dirección contraria.
A su izquierda, el taller de electricidad del automóvil va a abrir sus puertas, el dueño, mono de trabajo limpísimo e impecable, pasa junto a Víctor.

En la plaza, media docena de palomas presurosas picotean el suelo, esquivando con leves movimientos el caminar de los viandantes, que ni las ven.

El suelo tiene el mismo color que si hubiera llovido, aunque no ha caído una gota de agua. La niebla, tenue y fría, va cediendo terreno a la luz de la mañana.

La misma preciosidad de mujer, larga melena negra y gesto de decisión en sus andares, la misma mirada rápida al cruzarse.

Un coche se acerca veloz, tendrá que pegar un frenazo, porque el semáforo se ha puesto verde ya para los peatones. Víctor empieza a andar y el coche no frena.


2

Doce horas después se despierta en la cama de un hospital. Abre los ojos y frente a ellos está su hermano, que se ha inclinado hacia él y le aprieta un brazo.
- ¿Cómo estás?- le pregunta
- Dímelo tu – contesta Víctor – y, ya de paso, cuéntame qué ha pasado
- Pues, macho, te ha pasado un coche por encima, poco mas o menos- sonríe Rafael
- Pero estoy vivo, no?
- Bastante vivo, dice el médico, lo que pasa es que estamos esperando, él y yo, a que nos informes
- De qué?
- Verás, te has dado un golpe con el bordillo de la acera en una zona algo peliaguda
- Vale, vamos al grano. Suéltalo. ¿No podré volver a fornicar?
- Nada de eso, por fortuna la zona es peliaguda pero no tanto, para ti : se trata del cerebro
- Ah, bueno, me estabas asustando...¿y de que se supone que os voy a informar?
- Por la zona en cuestión pasan unos filamentos que son responsables de la conexión de tus sentidos con el cerebro. En resumen, queremos saber si ha habido alteraciones en tu olfato, oído, gusto, vista o tacto.
- Acerca tu entrepierna lo suficiente para hacerte silbar, y saldremos de dudas respecto al tacto.
- Dejaremos eso para después. Empecemos por el principio: ¿me ves igual de bien que antes del accidente?
- Pues te veo bastante chungo, gordo, calvo y desmejorado...Pero, en realidad, te veo exactamente igual que antes, sí. Aunque puede que algo mas coloreado, ya que lo dices.

Continúan analizando de forma doméstica, uno por uno, las percepciones sensoriales de Víctor, en espera de que el médico aporte medios posteriores más fiables para diagnosticar.
Víctor parece captar olores, sabores, sensaciones táctiles, visuales y auditivas sin ninguna diferencia que resaltar. Solamente hay esa su curiosa sensación de que Rafael va mucho más bien vestido de lo habitual, el color de su piel es mucho más intenso de lo que su hermano recordaba y, extrañamente, Víctor percibe un cierto atractivo en él que le resulta nuevo.

Cuando finalmente le dan el alta para volverse a casa, las instrucciones del médico son claras : debe reincorporarse cuanto antes a su vida normal, ya que en realidad esa será la manera mas fácil de ir confirmando las observaciones técnicas, que no muestran tipo alguno de lesión. Si nota algo extraño, le han dicho, alguna disminución de sus capacidades sensoriales, debe llamar al médico y explicárselo; en el caso de que en el término de uno o dos meses no haya novedades, puede dar el asunto por olvidado


3

Baja, como cada día, las escaleras de su casa, que, esa mañana, parecen más relucientes que nunca; las paredes están recién pintadas y los granulados blancos destilan un maravilloso olor a limpio. –Tengo que comentarle al presidente de la comunidad lo que ha mejorado esta finca desde que él ocupó el cargo-piensa Víctor.
Abre el portal con una bocanada de optimismo en los pulmones, y el aire de la calle, fresco y agradable le anima más que el café de las mañanas.
La argentina delgadísima de la floristería, junto a su portal, inicia su rutina mañanera. Se saludan con la cabeza. Qué mirada tan limpia tiene esa chica. Además, es evidente que su trabajo le gusta, esa forma delicada y llena de cariño con que va colocando las macetas en la acera. Me gusta como lleva el pelo, le da un aspecto juvenil precioso.
Unos pocos pasos hasta el bar del café cotidiano. El aroma inconfundible del café recién hecho, qué delicia.
- Buenos días, Pepe
- Buenos días. ¿Cortado, con leche natural?
- No, por favor, dame un café con leche y uno de esos croissant. Huelen que alimentan. Oye, ese reloj estaba ayer ahí?
- Pues claro, está desde que abrimos el bar
- Ni lo había visto, Pepe, me encanta ese diseño
El del bar sonríe, encogiendo los hombros

- Hasta luego
-Adiós

En el semáforo, la misma catalana de cada laborable, con las dos gemelas a sus lados vestidas con el uniforme del colegio. Esa mujer es feliz. Las manitas de las pequeñas le llenan con su contacto de ternura y satisfacción en ese camino diario y su cara lo trasluce. Saludo mutuo, con sonrisa, y prisas rutinarias al cruzarse en dirección contraria. Víctor se asombra de no haber reparado antes en las dos niñas y se queda mirándolas pasar, embobado. Los colores de sus uniformes, su forma de caminar, la expresión de sus pequeños rostros, tan parecidos pero tan distintos, con una marca tan clara de sus diferentes personalidades. Me gustaría pararme un día a hacerlas hablar...

A su izquierda, el taller de electricidad del automóvil va a abrir sus puertas; el dueño, mono de trabajo limpísimo e impecable, pasa junto a Víctor. Está silbando una canción, y hay un halo apacible a su alrededor. Feliz rutina diaria, cuando todo lo que uno sabe de sus días le llena de bienestar y alegría de vivir, así suena la cancioncilla.

En la plaza, una docena de palomas presurosas picotean el suelo, esquivando con leves movimientos el caminar de los viandantes, que ni las ven. Los árboles parecen observar, sin embargo, enormes y vigilantes, amorosos y atentos, que ninguna de ellas sufra accidentes. Ante la avalancha de niños corriendo hacia su aventura de hoy, el más cercano de los gigantes tiende imperceptiblemente una de sus ramas bajas, para que la bandada de palomas blancas, azuladas, rojizas y blanquinegras se ponga a salvo.

El suelo tiene el mismo color que si hubiera llovido, aunque no ha caído una gota de agua. La niebla, tenue y fría, va cediendo terreno a la luz de la mañana, que dibuja geometrías, a su través, en los escaparates. La luz que ilumina balcones llenos de plantas, baldosas coloreadas en los portales, camisetas apelotonadas en la puerta de la academia de informática, cabellos de nieve en el ordenanza del banco.

La misma preciosidad de mujer, larga melena negra y gesto de decisión en sus andares, la misma mirada rápida al cruzarse. Y un atisbo de complicidad nueva en la de hoy, de reconocimiento de la mutua existencia real. Se diría que los labios de ambos han iniciado también su saludo matinal.


4

Al llegar de vuelta a su casa, mientras calienta lo que va a comer y la cocina se llena de olores estimulantes, suena el teléfono.

- ¿Sí?
- Hola, qué tal la vuelta al trabajo?
- Hola, Rafael, bien, todo muy normal.
- ¿Sí, de veras? ¿Ninguna anomalía de?...bueno, ya sabes
- Pues no. Todo está bien, de veras
- Me alegro. Igual no hará falta que vuelvas a ver al médico ese
- .........
- ¿Víctor?
- Al médico ese, Rafael, me parece que lo va a ir a ver su padre...