
Aventuras programadas
Hace tiempo, en una tarde de verano
-me han contado- un caminante viajero
se detuvo ante un desvío en el sendero.
Tras dudar, de su mochila sacó un plano,
sobre el suelo lo extendió con una mano.
Para entonces acercósele un anciano
procedente de la senda desviada
ojos limpios y brillante la mirada,
le indicaba al viajero el más cercano
de los caminos, amable,...pero en vano.
Pues que quiso el caminante empecinado
confiar en las reseñas de su mapa
que le había señalado cada etapa
sin haberle de su ruta desviado,
y continuó su camino al otro lado.
Y así llegó sin demora a su destino
exactamente como estaba trazado
Sólo después, el país ya abandonado,
ya vuelto a casa, escuchó de su vecino:
que fuera enorme y tremendo desatino
dejar la India y no haber visto el Taj Mahal
Y en el mapa el viajero, abochornado,
comprendió que el mausoleo había tapado
con una piedra, y recordó para su mal
que el noble anciano, en aquel cruce fatal,
intentaba dirigirle al buen camino.
Cuántas veces rechazamos del destino
la ocasión de descubrir mil maravillas
por negarnos a tirar esas plantillas
que encorsetan nuestro paso por la vida
y nos ofrecen, a cambio, la manida,
engañosa sensación, de que a lo nuevo
viajaremos con la cáscara de huevo
que nos brinda, desde siempre, protección,
aunque, por contra...nos tapa la visión.